Por JHONNY TRINIDAD
Por años celebramos la cifra como si fuera un logro de gestión. Cada mes el Banco Central anuncia: más de mil millones de dólares. En 2025 fueron US$11,866.3 millones, un récord histórico con un crecimiento de 10.3%. De enero a agosto de 2026 ya van US$8,432.7 millones, un 6.5% más que el año pasado. Y el gobierno de turno lo presenta como estabilidad cambiaria, como reservas, como éxito.
Pero nadie lo dice claro: las remesas no son un logro del Estado. Son un subsidio. El subsidio más grande, más constante y más invisible que sostiene a la República Dominicana.
LO QUE EL ESTADO NO PAGA, LO PAGA LA DIÁSPORA
Sin remesas, 176,964 personas caerían en pobreza de golpe, según el BID. Con remesas, una madre en Los Mina paga el colegio, un abuelo en San Francisco de Macorís compra sus medicamentos, un joven en Azua no abandona la universidad.
Ese dinero no sale de un ministerio. Sale de una mujer que limpia oficinas en El Bronx a las 4 de la mañana para mandar US$200. De un varillero en Madrid que trabaja a 40 grados para mandar 150 euros. De un taxista en Lawrence que no toma vacaciones en cinco años. Es trabajo precario convertido en techo de zinc que se vuelve de concreto, en colmado que se surte, en receta que se paga.
El 80.8% de todo ese dinero viene de Estados Unidos. Es decir, nuestra estabilidad social depende del turno extra de nuestra gente en otro país.
LA ECONOMÍA DEL DESARRAIGO
La diáspora dominicana no se fue por aventura. Se fue expulsada. Primero por la dictadura, luego por el colapso de los 80, por el modelo que nunca generó empleo digno para todos. Nos acostumbramos a exportar gente como exportamos azúcar.

Y esa gente, al irse, creó una economía paralela que el país no contabiliza como subsidio, pero que funciona como tal. Si el Estado tuviera que cubrir lo que cubren las remesas en alimentación, vivienda, salud y educación, quebraría. Las remesas representan más del 9% del PIB y el 25% de todas las divisas que entran al país, por encima del turismo y la inversión extranjera directa. Son el verdadero programa social del país, pero sin oficina, sin burocracia y sin aplausos.
EL COSTO HUMANO QUE NO APARECE EN INFORME DEL BCRD
El informe del Banco Central habla de «estabilidad del tipo de cambio» y de «reservas internacionales en US$14,691 millones». Lo que no dice es el precio.
El precio es una generación de niños criados por abuelas porque sus padres están fuera. Es la culpa del que se fue. Es la llamada de WhatsApp donde se dice «mándame algo que la luz llegó cara». Es el impuesto del 1% que Estados Unidos empezó a cobrar en enero de 2026 a cada envío y que el BCRD ya reconoce como un riesgo para la proyección de US$12,200 millones de este año.
Cada dólar que llega aquí es un dólar que no se invirtió en retiro, en vivienda propia, en salud mental allá. El dominicano en el exterior subsidia dos países y no termina de pertenecer a ninguno.
CUANDO EL SUBSIDIO SE VUELVE DEPENDENCIA
Aquí está el peligro más grande. Nos hemos vuelto adictos al subsidio invisible. ¿Para qué reformar el campo si llegan los dólares? ¿Para qué crear empleo de calidad para jóvenes en Duarte — que recibió casi US$500 millones solo en 2025 — si el muchacho sueña con que su tío lo pida?
Las remesas sostienen el consumo, pero no crean desarrollo. Construyen casas, pero no fábricas. Pagan universidades, pero no garantizan que esos profesionales encuentren trabajo aquí. Son un analgésico que alivia el dolor pero no cura la enfermedad. Y mientras tanto, el Estado se lava las manos: celebra el número y se atribuye el mérito.
Atribuirse las remesas como éxito de política pública es una expropiación simbólica.
LA PREGUNTA QUE NADIE QUIERE HACER
La pregunta no es cuánto mandaron este mes. La pregunta es: ¿hasta cuándo?
¿Qué pasa si Estados Unidos entra en recesión? ¿Qué pasa si endurecen más las políticas migratorias y nuestros trabajadores del sector servicios — donde hoy el empleo sigue creciendo — pierden sus empleos? ¿Qué pasa si ese impuesto del 1% se convierte en 5%?
El subsidio invisible no es eterno. Y un país que basa su paz social en el sacrificio de los que se fueron, es un país que ha renunciado a crear futuro para los que se quedaron.
Honrar las remesas no es aplaudir la cifra. Es crear las condiciones para que algún día no sean necesarias.





