Lula da Silva y Flavio Bolsonaro

Por JAVIER FUENTES

Lo ocurrido en Brasil trasciende la disputa entre Ignacio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Porque puede entenderse como una de las grandes pruebas electorales de la hipótesis que he venido planteando desde hace meses: en que las guerras arancelarias, los conflictos bélicos y las tensiones de la economía global, al encarecer el costo de vida, harían que los gobiernos y sus candidatos paguen el precio en las urnas, aun aquellos que no sean responsables directos de la crisis.

Estas elecciones en Brasil constituyen un gran laboratorio para comprobar hasta qué punto esta dinámica supera ideologías y continentes.

Haciendo algo de historia, Lula regresó al Palacio de Planalto el 1 de enero de 2023 y recibió una economía que ya mostraba señales de recuperación tras la pandemia, aunque mantenía importantes desafíos estructurales.

El país había crecido cerca de un 3 % en 2022 y la inflación comenzaba a moderarse, aun con tasas de interés elevadas, presiones fiscales y problemas históricos de productividad.

Conviene recordar este punto como partida para cualquier análisis serio de los hechos electorales y evitar reconstruir retrospectivamente un escenario que realmente no existía.

Lula y Bolsonaro

Durante el mandato de Lula, la economía continuó creciendo, el desempleo cayó hasta niveles muy bajos, la inflación permaneció controlada y millones de ciudadanos mejoraron sus ingresos.

Por ello, reducir la evaluación de su gobierno a un resultado electoral no sería correcto. Existen cuestionamientos sobre las cuentas públicas y el aumento de la deuda, pero también avances económicos que no pueden ignorarse. Sin embargo, la política rara vez se decide en los informes técnicos.

Una cosa es que la inflación disminuya y otra muy distinta que los precios vuelvan a los niveles anteriores.

Si un producto costaba diez y ahora cuesta doce, una menor inflación no significa que vuelva a costar diez. Simplemente, su precio puede continuar aumentando a un ritmo más lento.

De ahí el refranero popular: “todo sube y nada baja”.

Lo que para los economistas es una distinción técnica, para millones de ciudadanos representa una realidad cotidiana. La población no mide la economía por porcentajes o proyecciones; la mide por lo que paga cada día en alimentos, transporte, luz, gas, vivienda, etc…

Ahí comienza la distancia entre los indicadores y la percepción de la realidad.

Los alimentos esenciales convierten una discusión macroeconómica en una experiencia personal. Muchas personas desconocen la cifra exacta de PIB, crecimiento económico, volumen de las reservas internacionales, calidad del gasto, pero saben cuánto gastan en comida y que el salario no les alcanza.

Si los ingresos no aumentan, el bienestar se deteriora incluso cuando los principales indicadores macroeconómicos mantengan una evolución favorable

A eso se suma otro factor sensible: la inseguridad, un problema capaz de desgastar a cualquier gobernante. Una parte importante de la población puede tener empleo y, al mismo tiempo, sentir que vive con mayor incertidumbre. La combinación de ambas preocupaciones termina influyendo en la valoración política del gobierno.

Pregunta

Entonces aquí surge la pregunta: ¿por qué ha pagado Lula por una crisis que no provocó?

La lógica suele ser simple. Los ciudadanos no votan contra fenómenos económicos globales ni contra conflictos internacionales. Votan sobre quienes gobiernan, aunque las causas de las dificultades estén fuera de su país.

Las guerras comerciales impulsadas por Donald Trump, las restricciones al comercio internacional y la creciente rivalidad bélica entre potencias añadieron presión a una economía mundial que todavía arrastraba las secuelas de la pandemia.

A ello se suman las tensiones en regiones estratégicas para el suministro energético mundial.

Las guerras no permanecen confinadas a los campos de batalla: sus efectos alcanzan los suministros de bienes en careciendo los fletes de transporte aéreo y marítimo, los seguros, los fertilizantes, la agropecuaria y, finalmente, los precios.

En torno a Brasil es importante destacar que posee ventajas importantes por ser  uno de los mayores productores de petróleo del continente y cuenta con una matriz energética donde las fuentes renovables tienen un peso considerable. Y a pesar de ello, depende de la importación de fertilizantes y otras materias primas.

Por tanto, un conflicto que se desarrolla a miles de kilómetros geográficos puede terminar encareciendo y paralizando la producción.

Ese es el núcleo de la cuestión: la inflación no tiene ideología. Los costos internacionales pueden trasladarse a la economía doméstica sin importar quién ocupe el gobierno.

Fenómeno

Lo ocurrido en Brasil no es mero rechazo personal a Lula sino que es la expresión local de un fenómeno socioeconómico y político más amplio, dado que la pérdida de poder adquisitivo puede convertirse en una factura electoral para gobiernos que, incluso han gobernado bien.

Estados Unidos tampoco está aislado de esta realidad. La guerra, la crisis energética y las tensiones comerciales continúan generando incertidumbre relacionadas con el costo de vida.

La administración Trump las provocó en parte, pero también enfrenta las consecuencias de un escenario económico internacional que trasciende sus fronteras.

Los gobiernos pueden administrar mejor o peor, pero ninguno controla por completo los precios, las tasas de interés, las cadenas logísticas globales ni las decisiones de las grandes potencias.

Trump empezó este desequilibrio y se le fue de las manos. Y en Brasil se acaba de ver la primera señal electoral.

Lula, aunque logró avanzar a la segunda vuelta, lo ha hecho en un contexto marcado por un visible malestar social y una oposición, —mayoría— con fuerza suficiente para vencerlo.

La segunda vuelta permitirá medir hasta qué punto ese descontento consolida el voto rechazo. La cuestión de fondo trasciende a Brasil.

Cuando la percepción de bienestar se distancia de la experiencia económica cotidiana, los gobiernos llegan a las elecciones en condiciones muy difíciles. No importa si son de izquierda, de derecha o de centro: la ciudadanía puede terminar imponiéndose sobre los resultados de los indicadores macroeconómicos.

Por eso considero que este año y el próximo pueden resultar complejos para los gobiernos que vayan a elecciones porque sino se busca una solución a los conflictos bélicos y arancelarios alrededor del mundo, cada partido en el poder perderá la candidatura presidencial.

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