Por JHONNY TRINIDAD
Las naciones no mueren de un disparo. Mueren de gangrena. La decadencia es ese proceso silencioso donde un país empieza a pudrirse por dentro mientras la fachada sigue pintada. Y cuando la descomposición llega a los huesos, la muerte es solo trámite.
La decadencia no avisa: se instala. Empieza cuando la ley se vuelve opcional para el que tiene poder y obligatoria para el que no lo tiene. Cuando el mérito es sustituido por el apellido, el carnet o el sobre. Cuando robar al Estado deja de ser delito y pasa a ser “habilidad”. Cuando el maestro gana menos que el motoconchista y el médico emigra antes de terminar la residencia. Roma no cayó el día que entraron los bárbaros. Cayó el día que sus senadores vendían votos, sus legiones saqueaban a su propio pueblo y sus ciudadanos prefirieron pan y circo antes que responsabilidad.
Una nación en decadencia tiene señales claras. Las instituciones se vuelven de cartón: tribunales que fallan por teléfono, congresos que legislan de espaldas, policía que recauda en vez de proteger. El éxodo se convierte en proyecto de vida: cuando el sueño de los jóvenes es irse, no quedarse a construir. Cada visa aprobada es un acta de defunción del futuro. Se impone la cultura del atajo: el “búscatela” reemplaza al “trabájala”. La trampa es más rentable que el talento. Y se borra la memoria: se olvida a Duarte para idolatrar al influencer. Se cambia la historia en los libros porque la verdad incomoda.
La decadencia es cómoda al principio. Nadie protesta cuando el agua llega sucia si el wifi funciona. Nadie marcha cuando el hospital no tiene gasa si la banca abrió en línea. Hasta que un día el wifi se cae, la banca quiebra y el hospital cierra. Y ya no hay país, solo territorio.
Miremos sin eufemismos. ¿Qué pasa cuando el 40% de una promoción de bachilleres no comprende lo que lee? ¿Cuando un contrato público cuesta tres veces su valor y nadie va preso? ¿Cuando la justicia es noticia solo si el acusado es pobre? ¿Cuando aplaudimos al que “coronó” con una vuelta y despreciamos al que paga impuestos? No estamos condenados, pero sí advertidos.
La muerte de una nación no la decreta un invasor. La firma su propia gente cada vez que normaliza lo inaceptable. Cada vez que dice “así es aquí” y se encoge de hombros.
La buena noticia es que la decadencia es reversible. La mala es que requiere incomodidad. Exige dejar de votar por el que “resuelve” y empezar a votar por el que construye. Exige meter preso al amigo y al enemigo cuando violan la ley. Exige pagarle bien al policía, al profesor, al juez, y exigirles igual. Exige que el empresario compita sin peaje y que el ciudadano deje de pedir “ayuda” para violar la norma.
Las naciones no se salvan con discursos en el Altar de la Patria cada 27 de febrero. Se salvan en el aula, en la oficina pública, en la empresa, en la casa, cuando alguien decide no ser cómplice.
La historia no perdona a los pueblos que se suicidan por apatía. Haití, Venezuela, Cuba, son espejos rotos donde podemos vernos si seguimos por el mismo camino.
La decadencia de una nación es, en efecto, la antesala de su muerte. Pero las antesalas tienen dos puertas: una da al cementerio, la otra al quirófano. Nosotros todavía podemos elegir por cuál entrar. Mañana, tal vez, ya no.






