Por JHONNY TRINIDAD
Las encuestas llegaron para medir. Hoy, además, cuentan historias. Y quien controla la historia, controla el tablero.Cada porcentaje que aparece en un titular es más que un dato. Es un encuadre. Cuando leemos “candidato A: 42%, candidato B: 31%”, no solo vemos una diferencia de 11 puntos. Vemos un líder y un rezagado. Un ganador probable y un retador. La narrativa se instala antes de que el votante llegue a la urna.
El poder del orden
El primer dato que se menciona en una encuesta no es casual. Es ancla. Si durante tres meses una firma publica primero a quien va ganando, aunque sea por poco, el cerebro del lector registra estabilidad, dominio, inevitabilidad. Cambiar ese orden es noticia. Mantenerlo es profecía. Las campañas lo saben. Por eso pelean el “primer lugar” en la encuesta tanto como en la boleta.
La pregunta crea la respuesta
“¿Aprueba usted la gestión del presidente?” no produce lo mismo que “¿Cree que el país va por buen camino?”. La primera pregunta personaliza. La segunda despersonaliza. Una encuesta puede legitimar o erosionar un gobierno solo con el verbo que elige. Las casas encuestadoras no inventan datos, pero sí diseñan el campo de juego. Y el campo condiciona el gol.

La omisión también habla
Decidir qué temas medir es decidir qué temas importan. Si durante un año ninguna encuesta pregunta por salud mental, salud mental no existe en la conversación pública. Si todas preguntan por seguridad, seguridad domina la agenda. Las encuestas no reflejan la realidad: la editan. Como un director de cine, eligen qué entra en cuadro y qué queda fuera.
El “empate técnico” como arma
Cuando dos candidatos están a 3 puntos con un margen de error de 2.5, el titular honesto diría “empate”. El titular estratégico dirá “X lidera con 3 puntos” o “Y recorta distancia”. La misma tabla, dos narrativas. Una moviliza al votante del favorito para “asegurar la victoria”. La otra moviliza al del retador para “dar la sorpresa”. El número es igual. El efecto político, opuesto.
El efecto manada
Publicar una encuesta no es tomarle la temperatura al país. Es también subirle o bajarle la fiebre. El votante indeciso, el donante, el dirigente medio, todos leen señales. Una ventaja sostenida atrae dinero, alianzas y cobertura. Una caída sostenida espanta todo eso. Las encuestas no predicen el futuro: lo financian.
¿Entonces no sirven?
Sirven, y mucho. Son termómetros, no oráculos. El problema no es el instrumento. Es creer que es neutral. No lo es. Tiene método, pero también intención, cliente, calendario y titulares.
Qué hacer como ciudadano
Mira la ficha técnica: quién paga, quién pregunta, a quién y cuándo. Una encuesta en julio no explica octubre.
Desconfía del decimal: 41.7% vs 40.3% es empate, no ventaja.
Lee varias casas: si todas cuentan la misma historia, probablemente haya algo. Si solo una lo hace, pregunta por qué.
Separa dato de relato: el número es el “qué”. El titular es el “para qué”.
La democracia necesita encuestas. Pero necesita más lectores de encuestas que sepan que detrás de cada gráfico hay una redacción. Porque los números no votan. Las narrativas sí. Y en política, gana quien logra que su narrativa parezca un número.






