Por JHONNY TRINIDAD
Hay que decirlo sin eufemismos y sin miedo: muchos consulados dominicanos no están en manos de diplomáticos. Están en manos de los desechos de la política vernácula.
De lo que sobra. De lo que no sirve para nada en Santo Domingo pero hay que premiar, esconder o exiliar. De lo que perdió, de lo que estorba, de lo que no cabe en el reparto ministerial pero exige su parte del botín.
Y a la diáspora, que es la que más aporta y menos pide, le mandan eso: los desechos.
EL ZAFACÓN DIPLOMÁTICO
En la política dominicana hay un ciclo que todo el mundo conoce. Se acercan las elecciones. Aparecen los aspirantes. Los que buscan senaduría, diputación, alcaldía, dirección de distrito. Compiten, gastan, movilizan, hacen bulla. Algunos ganan. La mayoría pierde.
¿Qué se hace con los que pierden pero que invirtieron dinero, que tienen una bocina, que controlan 200 votos en El Bronx o 500 en Madrid? No se les puede dejar fuera. Se molestan. Hablan. Traicionan.
Entonces entra el zafacón diplomático: el consulado.
Toma, te perdiste como candidato a diputado por El Seibo, vete de cónsul a Valencia. Toma, no te pude hacer senador pero te voy a poner vicecónsul en Nueva York. Toma, me apoyaste en la campaña de la circunscripción 1, te nombro auxiliar consular en Boston con 3 mil dólares.

El consulado se convirtió en el premio de consolación de la politiquería. En el zafacón donde se tiran los residuos de una campaña. No importa si sabe leer un balance, si habla el idioma del país donde va, si entiende de derecho consular, si alguna vez ha defendido a un dominicano. Lo que importa es que hay que resolverle. Hay que darle algo que pague en dólares y que lo saque del país para que no moleste.
Y así, lo que era basura política en la vernácula local, de repente aparece con traje de cónsul en una avenida de Nueva Jersey.
VERNÁCULO NO ES ORIGEN, ES MENTALIDAD
Cuando digo política vernácula no me refiero al origen humilde. La mayoría de la diáspora es de origen humilde y es gente digna y trabajadora. Vernáculo me refiero a la mentalidad chiquita, al caudillismo de patio, a la política del colmado.
Es el político que cree que gobernar es repartir cargos entre compadres. Que cree que un consulado se administra como se administra una sindicatura de un municipio pequeño: con el primo en la caja, con la amante en cultura, con el compadre en la seguridad, con el hijo en la nómina aunque viva en Santiago.
Es el político que no entiende lo que es una comunidad en el exterior. Cree que la diáspora es el mismo barrio que dejó hace 30 años. Que la gente se conforma con un picapollo, un perico ripiao y una foto con él. Subestima a una comunidad que ya es transnacional, que es bilingüe, que vota en Estados Unidos y en España, que tiene concejales, diputados, empresarios, profesores universitarios.
Les mandan un desecho de la política vernácula y pretenden que la diáspora lo aplauda como si fuera un embajador.
LO QUE LLEVA EL DESECHO EN LA MALETA
El problema no es solo que es un desecho. Es lo que ese desecho lleva en la maleta cuando llega.
Lleva clientelismo. Lo primero que hace es llamar a todos sus compañeros de partido en la ciudad y decirles: «llegué yo, ahora sí nos toca». El consulado deja de ser de todos los dominicanos y pasa a ser la seccional de su partido.
Lleva mediocridad. Como nunca ha administrado nada más grande que una carpa de campaña, no sabe cómo se moderniza un servicio. No sabe qué es un sistema de citas en línea, una atención al cliente, una auditoría. Solo sabe cómo se reparte un picapollo y cómo se hace una caravana.
Lleva prepotencia. Porque el desecho, cuando le dan un poco de poder en dólares, se vuelve virrey. Se desquita. Ahora todos tienen que decirle «cónsul», «honorable», «excelencia». El que ayer pedía en las esquinas que votaran por él, hoy no le coge el teléfono a nadie si no le dicen «jefe».
Lleva corrupción chiquita y grande. La chiquita: cobrar por agilizar un pasaporte, por adelantar una cita, por conseguir una carta de ruta. La grande: inflar alquileres del local, contratar empresas de amigos para servicios, usar el presupuesto de cultura para fiestas privadas, usar la valija diplomática para negocios.
Todo eso viaja en la maleta del desecho.
EL CONTRASTE QUE DUELE
Lo que más indigna es el contraste.
A la diáspora más exitosa de nuestra historia, a la que le exige sacrificio, remesas y voto, el Estado dominicano le responde mandándole lo peor de su política.
Mientras países como México, Colombia o El Salvador tienen consulados que son verdaderos centros de protección legal, de defensa de derechos, de promoción económica, con abogados, con defensores, con gente que habla el idioma y conoce las leyes del país receptor, nosotros tenemos consulados que son locales partidarios con bandera.
México defiende a sus mexicanos de la migra con un ejército de abogados. Nosotros ni siquiera contestamos el teléfono cuando un dominicano está detenido.
Colombia hace ferias de inversión para que sus emigrados inviertan en vivienda. Nosotros les cobramos impuestos por la maleta cuando van en diciembre.
Esa es la diferencia entre un servicio exterior profesional y un zafacón de desechos.
DIGNIFICAR LA DIÁSPORA
La diáspora dominicana no merece que le manden desechos. Merece que le manden lo mejor.
Merece que el cónsul sea un gerente de primer nivel, no un perdedor de una convención. Que el personal sea bilingüe, evaluado, concursado. Que el consulado sea una oficina de servicios eficiente, barata, digital, abierta los fines de semana. Que sea una casa de protección, no una casa de campaña.
Pero eso no va a pasar hasta que entendamos algo fundamental: el problema no es el cónsul. El problema es el sistema que permite que un consulado sea usado como zafacón.
Mientras la política vernácula vea a la diáspora como una vaca que solo sirve para dar leche en forma de remesas y votos, seguirá mandándole lo que le sobra.
Y lo que le sobra a la política vernácula son desechos.
La diáspora ya lo entendió. Por eso no va al consulado si no es obligada. Por eso lo desprecia. Por eso resolvió su vida a pesar del consulado, no gracias al consulado.
Hasta que no saquemos los desechos de la política vernácula de nuestros consulados, seguiremos teniendo consulados que dan vergüenza en países que no perdonan la mediocridad.





