Por JHONNY TRINIDAD
Hay un personaje que la diáspora dominicana conoce demasiado bien. No importa el gobierno, no importa el partido, no importa el color. Siempre aparece. Es el cónsul con ínfulas de virrey.
Llega a Nueva York, a Madrid, a Boston, a Miami, y cree que ha llegado a gobernar una colonia. No a servir. A gobernar. Cree que el consulado es su palacio, que los empleados son sus súbditos, que la comunidad es su vasallaje y que el sello consular es su cetro.
Es una figura patética y peligrosa. Patética porque confunde un nombramiento político temporal con nobleza. Peligrosa porque con esa mentalidad destruye el único vínculo institucional que tiene el dominicano de fuera con su país.
EL VIRREINATO DEL SELLITO
El cónsul-virrey no entiende que es un servidor público. Él entiende que es una autoridad.
Por eso lo primero que hace es remodelar. Cambiar la oficina, poner una puerta más grande, un escritorio más imponente, una bandera más brillante. Lo segundo que hace es filtrar. ¿Quién puede entrar a verlo? ¿Quién puede tomarse una foto? ¿Quién es digno de su audiencia?
El dominicano común, el que necesita un acta, un pasaporte, una carta de ruta porque lo deportan, ese no entra. Para ese está la ventanilla 5, la fila de 4 horas, el «vuelva mañana». El virrey solo recibe a empresarios, a políticos locales que le pueden servir, a periodistas que le hacen loas, a los amigos de su partido.

Y si habla, habla como virrey. «Mi consulado», «mi comunidad», «yo dispuse», «yo ordené», «yo traje». Todo es yo. Yo, yo, yo. El pronombre favorito del narcisista con pasaporte diplomático.
Se rodea de una corte de aduladores. Vicecónsules que le dicen «jefe» con miedo, asistentes que le cargan la cartera, choferes que le abren la puerta, lambones profesionales que le organizan reconocimientos que él mismo se entrega. Cada semana hay un homenaje, una placa, un «hijo distinguido» que le otorgan sus propios amigos, para que él pueda salir en Instagram con cara de estadista.
EL DESPRECIO POR LA DIÁSPORA
Lo más grave del cónsul-virrey no es su vanidad. Es su desprecio profundo por la gente que dice representar.
El virrey no conoce la diáspora. Le da asco la diáspora. Ve a los dominicanos de Washington Heights, de Corona, de Lawrence, de El Bronx, como bultos, como ruido, como pobreza que le afea el cargo. Él no vino a sentarse con la señora que vende habichuelas con dulce en la iglesia, ni con el taxista que trabaja 12 horas, ni con la madre soltera que limpia oficinas. Él vino a codearse con congresistas y concejales, aunque no hable inglés.
Por eso no pisa un barrio si no hay prensa. Por eso no va a un velorio comunitario, ni a una cancha, ni a una asociación de padres. Porque su modelo no es el del servidor. Es el del virrey colonial que gobernaba Santo Domingo desde la Torre del Homenaje, sin mezclarse con los indios.
Y cuando la comunidad lo critica, se ofende. Saca su linaje. «A mí me nombró el Presidente». «Yo represento al Estado dominicano». «Me faltaron al respeto». Como si criticar a un funcionario ineficiente fuera traición a la patria. No entiende que el cargo no da respeto. El respeto se gana sirviendo.
La diáspora lo ve claro: este señor no vino a trabajar. Vino a que lo sirvan.
SALARIO EN DÓLARES, MENTALIDAD DE FEUDO
El cónsul-virrey cobra en dólares, vive con visa diplomática, tiene exoneraciones, seguro internacional y un sueldo que ningún profesional de la diáspora que trabaja honradamente podría soñar. Pero trabaja con mentalidad de feudo del siglo XV.
No rinde cuentas. No presenta un plan. No publica su presupuesto. No explica cuánto entra por pasaportes ni en qué se gasta. No hace una rendición de cuentas abierta. ¿Para qué? Un virrey no rinde cuentas. El virrey impone.
No institucionaliza nada. Todo lo que hace es personalista. Si él consigue un operativo médico es «gracias a su gestión». Si llega un dominicano deportado y el consulado lo ayuda, es «por su sensibilidad humana». Si alguien le regala juguetes a niños pobres en diciembre, es «por su amor a la niñez». Todo es una dádiva del virrey, no un derecho del ciudadano.
Y cuando se va, no queda nada. Porque no construyó institución. Construyó culto a la personalidad. Se lleva sus fotos, sus placas, y deja el mismo consulado roto, lento y caro que encontró. O peor.
LA DIÁSPORA NO NECESITA VIRREYES, NECESITA SERVIDORES
La comunidad dominicana en el exterior es una de las más trabajadoras, más solidarias y más organizadas de América Latina. Sobrevivió a la nieve, al racismo, a la explotación, a la nostalgia. Levantó negocios, iglesias, ligas deportivas, asociaciones, sin ayuda de ningún cónsul.
Lo que necesita no es un virrey que venga a mandarla. Necesita un servidor que venga a servirle. Un gerente eficiente que baje el costo del pasaporte, que digitalice los servicios, que abra el consulado los sábados, que defienda a un dominicano preso, que acompañe a una familia que no puede repatriar a su muerto, que hable inglés para defender a su gente frente a las autoridades.
Necesita a alguien que entienda que el consulado no es una embajada del gobierno ante la diáspora, sino la embajada de la diáspora ante el gobierno dominicano.
Mientras sigamos nombrando cónsules con ínfulas de virrey, seguiremos teniendo consulados que parecen cortes coloniales: lujosos por dentro, desconectados por fuera, caros para el pueblo y útiles solo para el ego del que los ocupa.
Y la diáspora seguirá haciendo lo que siempre ha hecho: resolviendo sola, a pesar del virrey de turno.





