¿Hasta cuándo vamos a aceptar que nos impongan cónsules?

Por JHONNY TRINIDAD

Esa es la pregunta que la diáspora dominicana debería hacerse todos los días frente al espejo. ¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo vamos a aceptar que desde Santo Domingo, en una oficina cerrada, entre cuatro paredes, sin consultarnos, sin preguntarnos, sin evaluarnos, nos impongan como nuestro representante a una persona que no conocemos, que no respetamos y que no nos representa?

¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando al súbdito agradecido que aplaude a cada cónsul que nos mandan, aunque sea un desastre?

COMO SE IMPONÍA EL COLONIZADOR

La historia se repite y no aprendemos.

Hace 500 años nos imponían gobernadores desde España. No hablaban nuestra lengua, no conocían nuestra tierra, pero venían a mandar porque el Rey los había nombrado. Hoy nos imponen cónsules desde Santo Domingo con la misma lógica colonial.

No nos preguntan: ¿a quién quieren ustedes como cónsul? ¿Qué perfil necesita Nueva York, que tiene 900 mil dominicanos? ¿Qué necesita Madrid, que tiene dominicanos que se enfrentan a la Ley de Extranjería todos los días? ¿Qué necesita Boston, que tiene jóvenes que necesitan becas, no fiestas?

No. Nos lo imponen. Y nos imponen casi siempre el mismo perfil: un político que necesita ser premiado, que necesita dólares, que necesita visa diplomática, que necesita un exilio dorado lejos de la justicia o de la competencia interna de su partido.

Nos imponen un jefe. Y la diáspora, que es gente libre en países libres, agacha la cabeza y lo acepta. Va a su toma de posesión, le lleva una placa, le pide una foto, le hace una entrevista complaciente. Lo legitima.

¿Hasta cuándo?

LA DIÁSPORA PAGA, PERO NO ELIGE

Hablemos claro: la diáspora mantiene a la República Dominicana.

Somos 2.8 millones fuera. Mandamos más de 10 mil millones de dólares en remesas cada año. Pagamos los pasaportes más caros del continente. Pagamos por cada documento, por cada legalización, por cada poder. Mantenemos con nuestro dinero a la familia que el Estado no mantiene.

El autor es periodista. Reside en Nueva York

Con ese dinero, el Estado dominicano paga parte de su estabilidad macroeconómica. Con nuestro voto en el exterior, se ganan y se pierden senadores y hasta presidencias. Con nuestro trabajo, se sostiene la imagen de un país trabajador.

Y a cambio de todo eso, no tenemos el derecho más elemental: elegir o al menos vetar a quien nos va a representar.

En cualquier empresa del mundo, si tú eres el cliente que paga, tú eliges el servicio. En la política dominicana, tú pagas y te imponen el servicio. Y si te quejas, te dicen que no eres de verdad dominicano porque vives fuera. O te acusan de estar con la oposición.

Es una estafa moral. Pagamos como ciudadanos de primera y nos tratan como ciudadanos de segunda.

EL MIEDO QUE NOS IMPUSIERON

¿Por qué lo aceptamos? Por miedo. Por un miedo aprendido.

Miedo a que si criticamos al cónsul, nos cierren las puertas del consulado y no nos den el pasaporte. Miedo a que si decimos la verdad, nos quiten la ayudita para la asociación, el patrocinio para el festival, la silla en la mesa del 27 de Febrero.

Miedo a que nos etiqueten como «conflictivos» en una comunidad donde todo el mundo se conoce y donde muchos comunicadores viven de la publicidad del consulado.

Nos impusieron el cónsul y también nos impusieron el silencio. Crearon una red de bocinas comunitarias pagadas con nombramientos de 1,500 dólares y con anuncios de 300 dólares, que se encargan de aplaudir todo lo que hace el cónsul de turno, por más mediocre que sea. Y el que se atreve a criticar, lo crucifican entre todos.

Así han operado por 30 años. Imponiendo y callando.

YA SABEMOS LO QUE PASA CUANDO NOS IMPONEN

Ya sabemos la película. Porque la hemos visto 20 veces.

Nos imponen un cónsul. Llega con promesas. «Voy a modernizar», «voy a estar con la comunidad», «mi gestión será diferente». Los primeros tres meses hace bulla. Después se encierra. Se rodea de su gente. Empieza a viajar a RD cada dos semanas. Empieza a usar el consulado para su proyecto político personal. Empieza a cobrar.

Los servicios siguen caros. Las citas siguen lejos. El maltrato sigue igual. No hay defensa legal real. No hay programa de vivienda. No hay apoyo a los estudiantes. No hay acompañamiento a los presos. Pero sí hay muchas fotos.

Termina su periodo. Se va con su dinero ahorrado en dólares y deja el consulado peor. Y nos imponen otro igual. Y volvemos a aplaudir.

¿Hasta cuándo vamos a repetir el mismo ciclo esperando resultados diferentes?

HAY QUE ROMPER LA IMPOSICIÓN

Ningún país serio impone cónsules a una diáspora del tamaño de la nuestra. Los consulta.

La diáspora dominicana tiene que dejar de pedir permiso y empezar a exigir poder.

Tenemos que exigir:

CONSULTA VINCULANTE: Que antes de nombrar a un cónsul general en Nueva York, Boston, Miami, Madrid, el Presidente presente una terna y la comunidad organizada vote o al menos pueda vetar. Que haya vistas públicas en la comunidad, no solo en el Senado.

CONCURSO Y PERFIL: Que se establezca por ley el perfil del cónsul: mínimo bilingüe, con experiencia en gestión, en leyes migratorias, en administración pública, sin antecedentes de corrupción. Que no pueda ser nombrado alguien que perdió unas elecciones hace seis meses. Eso no es diplomacia, es reciclaje.

EVALUACIÓN ANUAL POR LA DIÁSPORA: Que cada año la diáspora evalúe a su cónsul con una encuesta independiente. Que si el 60% lo reprueba, sea destituido. Que su permanencia dependa de nosotros, que somos sus jefes, no de su padrino político en Santo Domingo.

CONSEJO COMUNITARIO CON PODER REAL: No un consejo de lambones nombrados por el mismo cónsul para aplaudirlo. Un consejo electo por la diáspora, con capacidad para auditar el presupuesto consular y para denunciar.

Si no hacemos eso, nos seguirán imponiendo cónsules. Porque les conviene. Un cónsul impuesto no le rinde cuentas a la comunidad, le rinde cuentas al que lo impuso. Y por eso puede maltratarla sin consecuencias.

LA PREGUNTA FINAL

¿Hasta cuándo vamos a aceptar que nos impongan cónsules?

Hasta que entendamos que nadie nos va a regalar el respeto. El respeto se conquista. Y se conquista dejando de ser una comunidad de aplausos y convirtiéndonos en una comunidad que exige, que fiscaliza y que castiga con el voto y con la denuncia.

El día que la diáspora diga «este cónsul no nos representa y no entra a nuestra comunidad», ese día se acabará la imposición.

Mientras sigamos poniendo la otra mejilla, nos seguirán dando la bofetada en dólares. Y nos la seguirán dando con una sonrisa y con una bandera detrás.

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