PLD: los partidos de masas no desaparecen por la fuerza de un sermón mediático

Por RAFAEL MENDEZ

En el escenario público de la República Dominicana reaparece con insistencia la afición por los descubrimientos tardíos, encarnada en figuras que comparecen ante los micrófonos para proclamar diagnósticos que la realidad nacional archivó hace décadas, fascinadas por el eco de sus propias intervenciones y asumiéndose portadoras exclusivas de clarividencias que nadie reclama.

Tal es el caso del comunicador y exdiputado José Laluz, quien desde las oficinas del Centro de Documentación del Partido de la Liberación Dominicana dio el salto hacia la notoriedad mediática y una posterior curul legislativa, apoyado en la misma estructura que hoy pretende invalidar mediante conceptos reciclados, recurriendo a la marcha atrás discursiva para acomodar su navegación en aguas de temperaturas convenientes.

En la ventilación de sus nostalgias, el exlegislador reduce el curso morado a una condena sumaria al sostener que la entidad donde se formó bajo los textos de Juan Bosch renunció a su vocación de laboratorio formador para degenerar en un simple «cascarón electoral», extraviado en la persecución del poder por el poder y mudo ante debates como la explotación de tierras raras o la invasión del sargazo.

Sin embargo, ese lamento pasa por alto que fue precisamente aquella maquinaria pragmática la que facilitó su banca en la Cámara de Diputados durante cuatro años, desnudando una prédica tardía donde el afán vanguardista no alcanza a encubrir el extravío de su propio horizonte político ni la incongruencia de reclamar purezas a la estructura que impulsó su ascenso.

Visión objetiva del nuevo escenario 

En mi condición de analista político no puedo pasar por alto un acontecimiento de tanta trascendencia partidaria, pero al examinarlo tampoco puedo despojarme de los más de treinta años de militancia que consagré al Partido de la Liberación Dominicana, donde alcancé la membresía de su Comité Central, desempeñé funciones de Estado y tuve el honor de representar a mi querida provincia Bahoruco durante catorce años en la Cámara de Diputados.

De ahí que, por elemental decencia y por el profundo respeto que guardo hacia miles de compañeros valiosos que aún militan en esa organización —empezando por figuras con las que compartí tantas jornadas como el expresidente Danilo Medina, Temístocles Montás, Gonzalo Castillo y una legión de dirigentes imposible de enumerar por razones de espacio—, abordo esta coyuntura desde la objetividad más rigurosa, pues militar hoy en la Dirección Central de la Fuerza del Pueblo no me exime de actuar con la ecuanimidad y la ética que demanda el juicio público.

Al margen de consideraciones afectivas, la suspensión de la consulta interna y el diferimiento de las definiciones presidenciales han instalado en el debate nacional dos lecturas radicalmente opuestas sobre el destino del PLD.

Por una parte, proliferan los análisis que decretan el agotamiento terminal de su ciclo histórico, argumentando que las fricciones públicas, el desgaste tras dos décadas de gobierno y la imposibilidad de concertar una competencia interna sin traumas revelan una crisis estructural insalvable, cuyo desenlace inexorable sería la pérdida progresiva de relevancia electoral.

Frente a esa mirada apocalíptica, otros observadores sostienen que se trata de un traspié estrictamente logístico y superable, propio de las complejas dinámicas de adecuación que experimentan las grandes maquinarias de masas en períodos de transición.

Quienes defienden esta postura razonan que el partido conserva intacta una extendida capilaridad territorial, liderazgos con honda implantación comunitaria y un sentido de cuerpo que no se desmorona por la falta momentánea de equipos técnicos, sugiriendo que la pausa puede servir para auditar con rigor el padrón y reencontrar la disciplina orgánica.

Sin embargo, desprovistos de triunfalismos y de fatalismos, la realidad impone reconocer que el partido se adentra en un desfiladero colmado de dificultades prácticas para sostener la cohesión de su militancia.

Mantener en suspenso la cabeza de la boleta prolongará el desgaste logístico y emocional de sus aspirantes, alimentará la incertidumbre en los comités provinciales y municipales y pondrá a prueba la autoridad institucional de sus organismos de dirección, obligando a su alta dirigencia a demostrar una madurez excepcional si aspira a evitar que el compás de espera degenere en una perjudicial parálisis orgánica.

De la lección de Don Rafael

Esta ola de descalificaciones reproduce la atmósfera que rodeó a la política vernácula a finales de noviembre de 1973, cuando el profesor Juan Bosch renunció a la presidencia del Partido Revolucionario Dominicano en medio del asedio de sus antiguos compañeros y adversarios conservadores, momento en el cual don Rafael Herrera Cabral escribió en las páginas del Listín Diario su célebre advertencia: “No pateen a Bosch”.

Con su proverbial lucidez, el veterano director advertía en aquellas líneas:
“A un hombre de la estatura histórica, de la reciedumbre cívica y de la dimensión de Juan Bosch no se le acorrala ni se le despacha con el desdén de los triunfadores del momento; porque un líder herido en su amor propio, pero con arraigo en las masas, suele dar el zarpazo más contundente cuando sus adversarios lo creen vencido en el suelo”.

Para don Rafael, resultaba claro que decretar la defunción prematura de una fuerza con arraigo social constituía una peligrosa ligereza, premisa que hoy cobra vigencia frente al morbo de quienes pretenden patear al PLD por sus contratiempos administrativos, ignorando que una organización con presencia territorial acumulada durante dos décadas no se disuelve por una dificultad técnica ni por el ruido de tribunas que confunden la inercia con el sepelio.

Subestimar el instinto de preservación de un aparato que conserva representación congresual y municipal suele resultar un error costoso para tirios y troyanos, pues en el equilibrio del tablero dominicano los partidos de masas no desaparecen por la fuerza de un sermón mediático, advirtiendo la historia que el ensañamiento sobre el que tropieza suele terminar despertando al adversario que se daba por liquidado. Bien lo sentenciaba don Rafael en aquel cierre memorable:

“Cometen una imprudencia imperdonable quienes celebran el fin de su carrera y pretenden ensañarse contra él en medio de la polvareda de la división; en política, arrinconar al vencido que aún respira es la manera más segura de obligarlo a levantarse con mayor fuerza y determinación”.

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