Por Jhonny Trinidad
En República Dominicana hablamos de las remesas con orgullo. Cada año, los dominicanos en el exterior envían más de 10 mil millones de dólares. Es la segunda fuente de divisas, solo detrás del turismo. Las celebramos en discursos, las agradecemos en campañas y las contamos como parte del PIB. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar: ¿qué significa que una economía dependa tanto del dinero que mandan los que se fueron?
Las remesas no son solo transferencias. Son la prueba de un pacto tácito. El país no pudo garantizar empleos dignos, salarios suficientes ni seguridad en los barrios, así que diseñó —sin admitirlo— un plan de escape: exportar gente.
LOS DOLARES SOSTIENEN LA NEVERA
Primero se fueron los padres, luego los hijos, después familias enteras. Se vaciaron campos, se cerraron casas y se llenaron aviones. A cambio, llegaron dólares que hoy sostienen la nevera, pagan el colegio privado, financian la farmacia y levantan la segunda planta de la casa que el que se fue no va a habitar.
El modelo funciona, pero tiene un costo. Hemos construido una economía que respira con un pulmón prestado. Si mañana Estados Unidos entra en recesión, si Europa endurece sus políticas migratorias o si un nuevo gobierno pone impuestos a los envíos, la estantería tiembla. Ya pasó en 2008 y volvió a sentirse con la pandemia. La vulnerabilidad no es solo macroeconómica. Es humana: millones de hogares organizan su vida alrededor de una llamada por WhatsApp y una transferencia quincenal. El padre ausente, la madre que cría desde lejos, el hijo que crece con abuelos. Ese es el precio social que no entra en el informe del Banco Central.
EXPULSAR TALENTO Y RECIBIR REMESAS
El Estado, mientras tanto, administra la dependencia. Facilita los canales de envío, firma acuerdos para abaratar comisiones y coloca oficinas de atención al dominicano en el exterior. Lo que no hace es crear las condiciones para que la gente no tenga que irse. No hay una política industrial seria, la educación técnica sigue rezagada y el salario mínimo no alcanza para la canasta básica. Expulsar talento y recibir remesas se volvió política pública por omisión.
Llamarle “plan de escape” no es cinismo. Es describir lo que ocurre. Diseñamos un país donde irse es la forma más rápida de progresar y quedarse es un acto de resistencia. Las remesas nos salvan del colapso, pero también nos condenan a la fuga. Mientras sigamos midiendo el éxito por cuánto entra desde fuera, y no por cuántas oportunidades creamos dentro, seguiremos exportando dominicanos e importando su nostalgia en dólares.
El día que las remesas dejen de crecer, no solo caerá un indicador. Caerá la máscara. Y descubriremos que nunca tuvimos un plan de desarrollo. Solo tuvimos un plan de escape.






