Exportar gente para que envíen dinero: el modelo que nadie quiere nombrar

Por JHONNY TRINIDAD

Ningún gobierno lo dice en voz alta, pero todos lo practican: República Dominicana tiene un modelo económico basado en exportar gente. No café, no cacao, no zonas francas. Personas. Se van por Las Américas o por la vuelta por México, y su misión es clara: trabajar afuera para sostener a los de adentro.

LA REMESA COMO POLITICA DE ESTADO 

En 2025, la diáspora mandó más de $10 mil millones. Eso es más que el turismo, más que todas las zonas francas juntas y el doble de la inversión extranjera directa. Las remesas pagan el 60% de la comida en miles de hogares, la universidad de los primos y la insulina de la abuela.

Sin esa inyección, el colapso social sería inmediato. Por eso, aunque se hable de “fuga de cerebros” con preocupación, en la práctica no se frena. Al contrario: se facilita. Un pasaporte sale más rápido que un permiso para abrir una fábrica. Y cada vez que EE.UU. endurece la visa, el silencio oficial es ensordecedor. Conviene que se vayan.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

EL NEGOCIO REDONDO

Es un esquema perfecto para el Estado:

No gastas en ellos: No usas hospitales, escuelas ni subsidios para los 2.5 millones que viven fuera.

No te reclaman: Están lejos, no protestan en el Palacio, no trancan calles.

Sí te mantienen: Envían dólares constantes, estables, sin pedir contratos ni exoneraciones. Es más rentable que cualquier mina.

La mina Romero en San Juan desató un lío nacional. La “mina humana” de El Bronx y Lawrence produce miles de millones sin una huelga, sin estudio ambiental y sin que el Congreso tenga que aprobar nada.

EL COSTO QUE NO SE CALCULA

El problema es que la gente no es un commodity. Exportar dominicanos significa desintegrar familias, perder maestros, enfermeras, técnicos. Significa que San Juan se queda sin jóvenes para sembrar, que Nagua envejece y que la segunda generación ya no vuelve ni de visita. Y significa algo peor: dependencia.

Un país que basa el 8% de su PIB en que su gente se vaya, está admitiendo que no puede generar oportunidades adentro. Las remesas tapan el fracaso de no crear empleos dignos, de no blindar el campo y de no frenar la corrupción que espanta la inversión.

¿HASTA CUANDO?

El modelo aguanta mientras EE.UU. y España sigan recibiendo mano de obra. Pero ya vemos señales: deportaciones masivas, discurso antiinmigrante, automatización de trabajos.

El día que ese flujo baje 20%, tendremos una crisis social que ningún gobierno podrá maquillar con picazos.

La diáspora no es huérfana por accidente. Es huérfana por diseño. Porque si la trataras como ciudadana plena, con derechos y poder real, un día dejaría de aceptar el rol de cajero automático. Y eso, para el modelo actual, sería un problema.

Dejar de exportar gente exige algo que da más trabajo que abrir consulados: hacer un país donde quedarse sea negocio. Y a eso todavía le tenemos miedo.

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