Por JHONNY TRINIDAD
SANTO DOMINGO.- El 5 de agosto de 2004, Hipólito Mejía firmó en Washington el DR-CAFTA con la promesa de “modernizar la economía” y “abrir mercados”. Veinte años después, el balance es claro: fue un acuerdo diseñado en inglés, para beneficiar a empresas de EE.UU., mientras desmantelaba sectores productivos dominicanos y ataba al país a reglas que aún hoy nos pasan factura.
Lo vendieron como libre comercio. En la práctica fue comercio amarrado. EE.UU. protegió con subsidios su arroz, maíz y habichuelas, pero exigió que nosotros desmontáramos aranceles. El resultado: el campo dominicano quedó compitiendo contra el Tesoro de Washington. Miles de productores quebraron. De ser autosuficientes en varios rubros, pasamos a importar hasta el plátano congelado.
LA SOBERANÍA QUE ENTREGAMOS EN LETRA PEQUEÑA
El DR-CAFTA no fue solo sobre aranceles. En sus 22 capítulos entregamos soberanía jurídica, alimentaria y regulatoria. El capítulo de inversión permite que empresas estadounidenses demanden al Estado dominicano en tribunales privados de arbitraje si una ley afecta sus “ganancias futuras”. Por eso no podemos regular el precio de medicamentos, ni frenar concesiones mineras, ni aplicar moratorias ambientales sin el miedo a una demanda multimillonaria en el CIADI.
La propiedad intelectual nos obligó a extender patentes de fármacos y a criminalizar genéricos, encareciendo la salud. Las reglas de origen convirtieron nuestras zonas francas en ensambladoras dependientes de insumos gringos, sin eslabonamientos locales. Y el famoso “acceso al mercado de EE.UU.” vino con cuotas, con barreras fitosanitarias y con un Departamento de Comercio que cierra la puerta cuando le conviene.
Mientras tanto, el déficit comercial con EE.UU. se disparó. En 2006 exportábamos US$4,500 millones e importábamos US$5,200 millones. En 2024 exportamos US$6,800 millones, pero importamos US$12,100 millones. El doble. Vendemos zonas francas y compramos comida, combustibles y bienes terminados. Eso no es integración, es dependencia.
EL COSTO SOCIAL QUE NADIE QUISO MEDIR
Detrás de las cifras hay gente. El arroz del Cibao central, los pollos de Moca, la leche de San Francisco: todos golpeados por importaciones subsidiadas. El Estado tuvo que crear programas de “pignoración” y compensaciones que hoy cuestan miles de millones al presupuesto, solo para evitar un estallido rural.
El empleo que prometieron nunca llegó. Las zonas francas generan trabajo, sí, pero con salarios de miseria y sin encadenamiento productivo. Y cada vez que un gobierno intenta subir el salario mínimo, regular las AFP o defender el medioambiente, aparece una carta de la Embajada recordando “nuestros compromisos bajo el DR-CAFTA”.
¿Lo peor? No podemos salirnos. Denunciar el tratado implica 6 meses de espera y represalias comerciales. Nos amarraron. Y ningún gobierno, ni el de Leonel que lo ratificó, ni Danilo que lo administró, ni Abinader que lo defiende, se ha atrevido a renegociarlo de frente.
RENEGOCIAR NO ES TRAICIÓN, ES SOBERANÍA
Veinte años después, toca decir la verdad: el DR-CAFTA fue funesto porque se firmó sin estudios de impacto serios, sin proteger sectores sensibles y sin clausulas de salida. Benefició a importadores, a bancos y a cuatro consorcios. Perjudicó al productor, al consumidor y al Estado.
¿Qué hacer? Primero, auditar el acuerdo capítulo por capítulo y publicar cuánto nos ha costado en demandas, subsidios y empleo perdido. Segundo, activar la cláusula de revisión y exigir cuotas reales, no teóricas, para nuestros productos agrícolas. Tercero, sacar de la mesa de negociación los temas de salud, agua y ambiente: ningún tratado puede estar por encima del derecho a vivir.
Comerciar con EE.UU. es necesario. Pero hacerlo de rodillas, no. El DR-CAFTA no es la Biblia. Es un contrato. Y los contratos leoninos se revisan o se rompen. Si no, seguiremos celebrando “exportaciones récord” mientras el país importa todo lo que come y paga en dólares lo que podría sembrar en su tierra.
La soberanía no se negocia. Y si ya se negoció mal una vez, el deber es corregirla, no maquillarla con más ruedas de prensa.





