Cuando nadie incomoda a nadie el periodismo muere

Por Jhonny Trinidad

Hay una métrica perversa que se ha instalado en las redacciones y que nadie se atreve a poner en el manual de estilo: medir el éxito de una publicación por la cantidad de gente a la que no ofendió.

Si no te atacó la oposición ni el oficialismo, bien. Si no te reclamó el empresario ni el sindicato, bien. Si tu nota pudo ser compartida por izquierda y derecha sin que nadie se ruborice, excelente. Hiciste periodismo «objetivo», «equilibrado», «profesional».

Mentira. Hiciste relaciones públicas.

El periodismo no nació para caer bien. Nació para incomodar. Esa es su función social, su contrato con la democracia, su razón de existir. Cuando renuncia a esa incomodidad, puede seguir llamándose periodismo por inercia, pero ya es otra cosa: es boletín, es propaganda, es entretenimiento, es gestión de reputaciones.

EL PERIODISMO QUE NO DUELE NO SIRVE

Nos vendieron durante años la fantasía de la objetividad aséptica. El periodista como notario frío que solo transcribe. Pero incluso el acto de elegir qué transcribir es una decisión que incomoda a alguien.

Si decides titular que la desnutrición infantil aumentó un 14%, incomodas al gobierno.

Si decides titular que el gobierno entregó 300 mil raciones alimentarias, incomodas a la oposición que quiere instalar que nada se hace.

Si decides poner en portada el contrato millonario sin licitación, incomodas al anunciante.

Si decides no ponerlo, incomodas a tu conciencia, y eventualmente, a tu lector.

No hay periodismo sin incomodidad. Porque la realidad misma es incómoda. Es conflictiva, contradictoria, injusta. Pretender narrarla sin que nadie se sienta aludido es falsearla.

Hemos confundido equilibrio con equidistancia cobarde. El equilibrio no es darle el mismo peso a la verdad y a la mentira. No es poner en la misma página al médico y al curandero. No es decir «unos dicen que hubo corrupción, otros dicen que no». El equilibrio es contar la verdad con rigor y darle a cada parte la oportunidad de responder, no la garantía de quedar bien parada.

El periodismo que no incomoda a nadie es el periodismo que ha pactado, explícita o tácitamente, no tocar el nervio. Y cuando no toca el nervio, no sirve para nada.

Un profesor mío decía: si después de publicar una investigación, todos los protagonistas te siguen saludando con la misma sonrisa, es que algo hiciste mal. Te faltó una pregunta.

LA COMODIDAD COMO MODELO DE NEGOCIO

¿Por qué hoy nadie quiere incomodar?

Porque incomodar ya no tiene modelo de negocio.

Antes, el lector pagaba por la verdad aunque doliera. Hoy, el algoritmo premia lo que no duele. Lo que entretiene, lo que confirma mis prejuicios, lo que me hace sentir inteligente sin exigirme pensar. La incomodidad no viraliza. La complacencia sí.

Entonces los medios aprendieron la lección: si molestas al poder político, te quitan la pauta oficial. Si molestas al poder económico, te quitan la pauta privada. Si molestas a tu audiencia, te quita el clic, te deja de seguir, te cancela. Y sin pauta oficial, sin pauta privada y sin clics, cierras.

Así nació el periodismo de consenso preventivo. Ese que antes de publicar ya se pregunta: ¿a quién va a molestar esto y cuánto nos cuesta que se moleste? Es una contabilidad, no una vocación.

Por eso vemos portadas idénticas, titulares que no dicen nada, entrevistas que parecen cuestionarios de recursos humanos. Por eso vemos a políticos que conceden entrevistas solo si les mandan las preguntas antes, y a medios que aceptan. Porque ambas partes entendieron que el trato es: yo no te incomodo, tú no me incomodas. Todos contentos. Todos cómplices.

El resultado es una sociedad sobreinformada y subenterada. Sabemos todo de todos, menos lo que importa.

INCOMODAR NO ES INSULTAR

Ojo, incomodar no es gritar más fuerte. No es ser agresivo, ni cínico, ni buscar el escándalo por el escándalo. El insulto incomoda un segundo y luego entretiene. La pregunta precisa incomoda durante meses.

Incomodar es preguntar lo que todos evitan preguntar. Es sostener la pregunta cuando el entrevistado se molesta. Es volver a un tema cuando ya pasó la fiebre y nadie quiere hablar de él. Es publicar el dato que rompe el relato oficial de tu propio bando.

Eso requiere algo que escasea: carácter.

El periodismo dominicano, latinoamericano, mundial, está lleno de gente talentosa. Con buena pluma, con buen manejo de datos, con buen olfato. Lo que a veces falta no es talento, es coraje. El coraje de saber que después de publicar esa nota, te van a llamar traidor, vendido, enemigo. Y publicarla igual.

Porque al final, el lector no es tonto. Sabe perfectamente quién lo está cuidando y quién lo está usando. Sabe distinguir entre el medio que le da lo que quiere oír y el medio que le da lo que necesita saber, aunque le amargue el desayuno.

Cuando nadie incomoda a nadie, el periodismo muere. Pero no muere con un gran estallido, con un cierre espectacular. Muere con un suspiro. Se va apagando lentamente, convertido en un boletín amable, en un club de amigos donde todos se felicitan, se citan y se protegen.

Y cuando el periodismo muere así, no solo perdemos noticias. Perdemos el espejo que nos obligaba a mirarnos, con todas nuestras miserias. Y sin espejo, cualquier poder puede decirnos que somos más altos, más flacos, más prósperos, más felices de lo que realmente somos.

Hasta que un día nos creemos la mentira.

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