Se llama poder blando

Por JHONNY TRINIDAD

Y República Dominicana todavía no lo entiende. Seguimos creyendo que el poder es duro: soldados en la frontera, aranceles, discursos en la ONU, una nota de protesta. Eso es poder duro. Sirve para contener, pero no sirve para convencer. Y en el siglo XXI, nadie gana solo conteniendo. Se gana convenciendo. Eso es el poder blando.

El concepto lo acuñó Joseph Nye en 1990: el poder blando es la capacidad de un país de conseguir lo que quiere no por coerción o por pago, sino por atracción. Que otros quieran lo que tú quieres porque admiran tu cultura, tus valores, tu forma de hacer las cosas.

Estados Unidos no dominó el mundo solo con portaaviones. Lo dominó con Hollywood, con Harvard, con Coca-Cola. Corea del Sur no se hizo relevante solo exportando autos. Se hizo indispensable exportando K-pop y doramas. Qatar, un país del tamaño de El Seibo, no se hizo intocable organizando mundiales por amor al fútbol. Lo hizo por poder blando.

El poder duro te hace temido. El poder blando te hace querido. Y cuando eres querido, no necesitas explicar cada vez que no eres el villano. La gente ya lo sabe.

POR QUE RD NO TIENE PODER BLANDO

Tenemos todo para tenerlo y no lo usamos.

Tenemos la cultura más exportable del Caribe: merengue, bachata, béisbol. Tenemos una diáspora de casi tres millones de personas que son embajadores naturales en cada esquina de Nueva York, Madrid y Boston. Tenemos una historia de resiliencia democrática en una región llena de autoritarismos. Tenemos playas, tenemos alegría, tenemos una forma de ser que el mundo, cuando nos conoce, ama.

Pero no lo convertimos en estrategia.

Nuestra cultura se exporta sola, sin Estado. Nuestra diáspora sobrevive sola, sin vínculo institucional real. Nuestra marca país es un logo de turismo, no una narrativa de nación. No tenemos un Instituto Cervantes, no tenemos una Alianza Francesa, no tenemos un Consejo Británico. No tenemos una voz que traduzca lo dominicano al idioma del mundo.

Entonces, ¿qué pasa? El espacio lo ocupa otro. Y ese otro cuenta que somos racistas, que somos anti-haitianos, que somos el problema. Y como no hay una película dominicana en Netflix contando la frontera, ni un libro dominicano en inglés contando nuestra negritud, ni un centro cultural dominicano en Washington contando nuestra versión, esa mentira se vuelve verdad.

EL COSTO REAL DE NO TENERLO

La gente cree que esto es un tema de imagen, de vanidad. No lo es. Es un tema de dinero y de soberanía.

Sin poder blando, cada crisis migratoria se convierte en una condena internacional y en una amenaza de sanciones.

Sin poder blando, cada informe sesgado de una ONG se convierte en una verdad oficial que tenemos que desmentir con un comunicado gris que nadie lee.

Sin poder blando, nuestros estudiantes no consiguen becas porque no hay lobby cultural, nuestros productos no entran a ciertos mercados porque no hay simpatía, nuestra voz no pesa en la OEA porque no generamos atracción, solo generamos ruido.

El poder duro cuesta. Cada patrulla, cada muro, cada hospital. El poder blando paga. Cada canción que el mundo baila, cada pelotero que el mundo admira, cada dominicano que triunfa afuera es una inversión que debería estar al servicio del país.

COMO SE CONSTRUYE EL PODER BLANDO DOMINICANO

No es con más anuncios del Ministerio de Turismo. Es con una doctrina completa. Necesitamos llevar la bachata y el merengue a la UNESCO no solo como patrimonio, sino como herramienta diplomática. Festivales dominicanos en París, en Ciudad de México, en Johannesburgo. Cine dominicano que hable de nosotros sin complejo, sin pedir permiso. No solo películas de miseria y barrio, también películas de clase media, de frontera, de identidad. El que no cuenta su cultura, deja que se la inventen.

La diáspora dominicana es el mayor activo de poder blando que tiene cualquier país caribeño. No es solo remesas. Son concejales, congresistas, artistas, chefs, profesores. Pero la tratamos como una alcancía, no como una cancillería. Necesitamos un programa real de dominicanos globales, formados, conectados, orgullosos, que defiendan la narrativa dominicana donde estén.

Tenemos que financiar cátedras de estudios dominicanos en universidades americanas. No para que hablen bien de nosotros, sino para que hablen con datos. Hoy, quien estudia la isla en el extranjero, la estudia desde la perspectiva haitiana porque hay más fondos para eso. Eso se cambia invirtiendo. Un millón de dólares en becas y cátedras vale más que cien notas diplomáticas.

SOLIDARIDAD COMO RELATO

Somos solidarios y no lo sabemos vender. Fuimos los primeros en Haití en 2010. Somos los que más pacientes haitianos atendemos en el mundo sin cobrarles un centavo a su gobierno. Eso no es para esconderlo por miedo a parecer chovinistas. Es para contarlo con dignidad, con números, con historias humanas.

El poder blando no se trata de mentir. Se trata de no dejar que tu verdad se muera en tu boca.

LA LECCION FINAL

El mundo no está dividido entre buenos y malos. Está dividido entre los que cuentan historias y los que son contados en las historias de otros.

República Dominicana lleva demasiado tiempo siendo contada. A veces como paraíso turístico, a veces como infierno fronterizo. Nunca como lo que realmente es: un país pequeño, mestizo, alegre y terco que ha sobrevivido a todo y que ha cargado con mucho más de lo que le toca.

Eso no se defiende con un fusil. Se defiende con una canción, con una película, con un libro, con un profesor, con un embajador que no solo hable de comercio, sino de cultura.

Eso, y no otra cosa, se llama poder blando.

Y hasta que no lo entendamos, seguiremos ganando partidos de béisbol y perdiendo todas las batallas donde realmente se decide el futuro: la batalla por cómo nos ve el mundo.

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