Por Dany Pujols

La reforma policial dominicana vuelve a quedar en entredicho tras la trágica muerte de Darlin Mercado Reyes, un joven de 19 años que perdió la vida tras recibir un disparo a quemarropa por parte de un agente de la Policía Nacional en La Cañada de Guajimía, en Herrera. Este lamentable hecho nos obliga a formular una pregunta dolorosa pero urgente: ¿Cuál fue el delito cometido por Darlin? Al parecer, su único pecado fue vivir en un barrio popular y andar en una motocicleta. ¿Acaso las autoridades tienen una licencia implícita para matar a los jóvenes de nuestras barriadas?
La indignación colectiva no es fortuita. Existe un sesgo social evidente en el uso letal de la fuerza en la República Dominicana. Nunca se ha visto un «intercambio de disparos» o una ejecución sumaria en un sector de tutumpotes, como dirían los abuelos. El ensañamiento y la presunción de culpabilidad parecen estar reservados exclusivamente para los jóvenes de los sectores marginados. En nuestros barrios hay miles de muchachos como Darlin: trabajadores, decentes y con deseos de superación, que hoy viven bajo el temor constante de quienes constitucionalmente deberían protegerlos.
El protocolo del disparo frente a la realidad de las calles
Resulta inadmisible la ligereza con la que se actúa en las intervenciones callejeras. Partiendo del supuesto negado de que un ciudadano no porte los documentos de su motocicleta, ¿el protocolo de actuación es dispararle? Absolutamente no. La ley establece mecanismos claros de fiscalización, detención y sometimiento a la justicia, jamás la ejecución. Peor aún, en el caso de Darlin, las versiones de los testigos confirman que el joven sí andaba con sus papeles en regla, se los mostró a los agentes y, tras una discusión, el uniformado le disparó a sangre fría.
Es aquí donde el discurso de la tan cacareada reforma policial dominicana se desmorona por completo ante la realidad de los hechos. Nos han vendido un proceso profundo de modernización donde se cambiaron los uniformes, se dotó a los agentes de tecnología de punta y se contrataron asesores internacionales que cobran en dólares. Sin embargo, la fiebre no está en la sábana. De nada sirven los uniformes nuevos ni los discursos tecnócratas si no se cambia la doctrina de actuación de los agentes en las calles y la mentalidad de quienes dirigen la institución.
¿Justicia o impunidad sistémica?
Como ya es costumbre, ante la presión social, la institución del orden presenta al agente agresor y los estamentos oficiales piden que le caiga todo el peso de la ley. El Ministerio Público lo someterá, un tribunal lo juzgará y, con suerte, lo condenarán. Pero la pregunta humana y desgarradora permanece en el aire: ¿Quién le devuelve la vida a Darlin? ¿Quién repara el daño irreparable causado a sus familiares?
Hoy le tocó a Darlin Mercado Reyes en Herrera, pero mañana puede ser otro Darlin en cualquier barrio de la capital o del país si no se detiene de inmediato esta práctica salvaje. La reforma policial dominicana no puede seguir siendo un maquillaje presupuestario o un show de relaciones públicas. O se asume una verdadera reingeniería humana, ética y civil de los agentes, o el Estado seguirá siendo cómplice del fusilamiento del futuro de nuestras barriadas. ¡Ni un joven más!





