Hay una frase que se repite cada mes en República Dominicana con orgullo oficial y titular grande: “Remesas rompen récord”. Y cada vez que la leemos, deberíamos sentir vergüenza, no orgullo.
Porque celebrar solo las remesas es celebrar el síntoma de nuestro fracaso. Es aplaudir que 2.8 millones de dominicanos tengan que irse para que sus familias puedan vivir.
Durante 40 años hemos construido la relación más transaccional y más injusta con nuestra propia gente. Los hemos convertido en cajero automático. Los recordamos cuando el Banco Central publica la cifra. Los abrazamos en diciembre en el aeropuerto. Y los olvidamos el resto del año.
Esa mirada es pobre. Y nos está empobreciendo como país.
EL CAJERO QUE NUNCA FALLA
Piénsalo. ¿Qué le pide República Dominicana a su diáspora?
Que mande dólares. Que pague la casa. Que pague la universidad del sobrino. Que llene la maleta de tenis, de tabletas y de chocolatitos. Que venga a gastar en diciembre. Que invierta en un solar aunque no tenga título claro. Que no hable mucho de política porque “se fue”.

¿Y qué le da República Dominicana a su diáspora?
Un pasaporte que se vence y cuesta más caro que en cualquier parte del mundo. Un consulado donde tiene que hacer fila. Una ley de aduanas que le cobra como turista por lo que trae a su propia casa. Un discurso de “héroes” que dura dos semanas al año. Y una amenaza permanente de quitarle el voto.
Es la relación de un hijo que solo llama a su madre para pedirle dinero. Solo que aquí, la madre es la que está fuera, trabajando doble turno en el frío, y el hijo es el Estado, que estira la mano.
Reducir a la diáspora a remesadora es una forma de violencia simbólica. Le dices: tu único valor para nosotros es monetario. No nos importa que seas jefa de enfermeras en el Bronx. No nos importa que seas profesor en la Complutense. No nos importa que seas concejal en Lawrence. Solo nos importa cuánto depositaste por Caribe Express.
LO QUE PERDEMOS CUANDO SOLO CONTAMOS DÓLARES
Cuando solo ves un cajero, no ves a la persona detrás. Y detrás de cada remesa hay un capital que vale mil veces más que los 200 dólares enviados.
Detrás hay conocimiento.
Una dominicana que lleva 15 años trabajando en logística en el puerto de Nueva York sabe más de cadena de frío y de exportación que cualquier funcionario que nunca ha salido de una oficina en Santo Domingo. Un dominicano que montó tres restaurantes en Madrid sabe más de permisos, de servicio al cliente y de cómo tratar al turista que muchos directores regionales.
Detrás hay contactos.
Un dominicano en Boston conoce al director de un laboratorio que quiere probar medicamentos para diabetes en el Caribe. Un dominicano en Silicon Valley conoce a un fondo que quiere invertir en startups latinas. Un dominicano en Italia conoce a compradores de cacao orgánico que pagarían el triple de lo que pagan los intermediarios aquí.
Detrás hay poder blando.
Cada vez que un dominicano entra al Salón de la Fama, gana un premio, dirige una orquesta, gana una alcaldía en Estados Unidos o en España, está haciendo por la Marca País lo que el Estado no ha podido hacer con 100 millones de dólares en publicidad. Está diciendo al mundo: los dominicanos no somos solo playa. Somos competencia, somos talento, somos gente que triunfa donde la pongan.
Si solo le pedimos remesas, perderemos todo eso. Porque el dinero se manda por una app. El conocimiento requiere confianza, requiere puentes, requiere que el país le diga a su diáspora: te necesito para pensar, no solo para pagar.
DE CAJERO A SOCIO
El mundo ya entendió esto. Irlanda no se hizo rica pidiéndole a sus irlandeses-americanos que mandaran 100 dólares a Dublín. Se hizo rica convirtiéndolos en su principal lobby de inversión, en su conexión con Google, Apple y Pfizer.
India no se convirtió en potencia tecnológica pidiéndole remesas a sus ingenieros en California. Los convirtió en embajadores que trajeron de vuelta capital, patentes y universidades.
Israel no sostiene su innovación pidiendo donaciones. Tiene una estrategia deliberada para que cada judío en el mundo se sienta parte del proyecto nacional.
¿Qué hace República Dominicana? Le discute a su diáspora si debe votar.
Quitarle el voto a la diáspora es el acto final de la mentalidad de cajero automático. Es decirle: tu dinero sí cruza la frontera, pero tu ciudadanía no. Tu aporte económico vale, pero tu voz no. Eres lo suficientemente dominicano para mantener a tu familia, pero no lo suficientemente dominicano para elegir el destino de tu país.
Es absurdo. Y es peligroso.
Necesitamos pasar, de una vez por todas, de la lógica del cajero a la lógica del socio.
Un socio tiene silla en la mesa. Un socio tiene un Ministerio que lo represente, no una ventanilla. Un socio no es un dominicano ausente. Es un dominicano extendido. No se fue. Se expandió.
Un socio trae ideas, no solo dólares. Un socio critica, propone, incomoda. Un socio no viene solo en Navidad. Se queda, aunque sea a través de una videollamada, de un proyecto, de una inversión, de una cátedra compartida.
Reducir a la diáspora a remesadora es condenarla a ser cajero automático. Y condenar a un cajero automático es fácil: se usa, se vacía y se deja.
Convertir a la diáspora en socia es lo difícil. Exige humildad del Estado. Exige reconocer que allá afuera hay dominicanos que saben más que nosotros de muchas cosas. Exige dejar de verlos como los que se fueron, y empezar a verlos como los que nos hicieron grandes cuando el mundo solo nos veía como una playa.





