Por qué la Iglesia grita contra la clonación humana y calla ante las semillas patentadas

Por JHONNY TRINIDAD

Por qué la Iglesia grita contra la clonación humana y calla ante las semillas patentadas

El escándalo no es la técnica. Es lo que la técnica revela sobre quién es dueño de la vida.

Cuando se habla de clonar un ser humano, la Iglesia Católica, las evangélicas y buena parte del mundo cristiano reaccionan con una velocidad y una contundencia que no se ven en casi ningún otro tema bioético. Comunicados del Vaticano, pastorales, vigilias, pronunciamientos ecuménicos. La palabra es clara: eso no se toca.

En cambio, cuando se habla de semillas —de la soja RR, del maíz Bt, del arroz dorado, del trigo editado con CRISPR, del contrato que obliga al campesino de San Juan o de Iowa a no guardar semilla para la próxima cosecha— hay un silencio espeso. A lo sumo, una mención genérica en Laudato Si’ sobre la biodiversidad. Pero no hay excomuniones, no hay campañas, no hay púlpitos encendidos.

¿Por qué? No es por ignorancia científica. Es por teología, por poder y por miedo.

LA CLONACIÓN TOCA EL DOGMA FUNDANTE: EL ALMA

Para la antropología cristiana clásica, el ser humano no es solo biología. Es cuerpo y alma, creado a imagen y semejanza de Dios, con un instante de infusión del alma que marca el inicio de la persona.

La clonación humana es intolerable teológicamente porque rompe tres pilares a la vez:

a) Rompe la narrativa de la procedencia. Ya no somos fruto del amor de un hombre y una mujer, ni siquiera de la técnica asistida que imita ese encuentro. Somos fruto de una fotocopiadora celular. Un laboratorio se convierte en origen. Eso desplaza a Dios como dador de vida y a los padres como co-creadores.

b) Rompe la unicidad. El cristianismo necesita que cada ser humano sea irrepetible. La clonación introduce la idea herética de un ser humano repetible, serializable. Si puedo clonar tu cuerpo, ¿puedo clonar tu alma? La Iglesia dice no, el alma no se clona, pero entonces tendría que admitir que un clon es un humano completo, con alma, y por tanto matable, bautizable, salvable. El dilema la paraliza, y por eso prefiere prohibir la pregunta.

c) Rompe el misterio. El nacimiento siempre ha sido administrado simbólicamente por la Iglesia. La clonación lo desacraliza totalmente. Es Prometeo con bata blanca.

Por eso el grito. Porque la clonación humana es una herejía antropológica.

LA SEMILLA TOCA LA ECONOMÍA, NO EL DOGMA

Una semilla transgénica o editada no parece tocar el alma. Parece tocar el estómago. Y la Iglesia, desde Constantino, ha aprendido a distinguir muy bien entre lo que amenaza su doctrina y lo que solo amenaza la justicia.

Una semilla patentada por Bayer-Monsanto, Corteva o Syngenta hace lo siguiente:

– Inserta un gen de resistencia al glifosato.
– Patentiza ese gen.
– Vende la semilla con un contrato que prohíbe resembrar.
– Cuando el polen contamina un campo vecino, demanda al vecino por uso indebido de patente.

Eso no es biología. Es biopolítica. Es convertir la condición misma de la vida —su capacidad de reproducirse— en propiedad privada.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

¿Por qué la Iglesia calla?

Primero, porque no tiene una teología de la semilla. Tiene una teología del hombre. El Génesis dice «creced y multiplicaos», pero nunca dice «y que nadie cobre royalty por multiplicarse». La semilla no es persona, no tiene alma, no va al cielo ni al infierno. Por tanto, queda en el terreno de lo opinable, de lo técnico, de lo que pueden discutir los agrónomos.

Segundo, porque hablar de semillas obliga a hablar de capitalismo agrario, de tratados de libre comercio, de UPOV 91, de la Ley de Semillas. Y eso obliga a enfrentarse a los mismos gobiernos y empresarios que financian colegios, universidades, bancadas y campañas. Gritar contra un científico loco que clona humanos en un sótano es gratis. Gritar contra el modelo agroindustrial que sostiene a medio continente tiene costo.

Tercero, porque la Iglesia misma es terrateniente. Es incómodo denunciar la mercantilización de la semilla cuando se ha beneficiado por siglos de la mercantilización de la tierra.

EL VERDADERO PUNTO CIEGO: AMBAS SON LO MISMO

Y aquí está la profunda contradicción que la Iglesia no quiere ver.

¿Qué es una semilla transgénica patentada sino una clonación vegetal institucionalizada?

Se toma un genoma, se le corta, se le pega, se le clona millones de veces en plantas genéticamente idénticas, se les esteriliza —como en el caso de la tecnología Terminator— para que no puedan reproducirse sin permiso. Es la clonación perfecta, pero a escala de millones de hectáreas.

Si la clonación humana es inmoral porque instrumentaliza la vida, convierte a la persona en producto y usurpa el papel de Dios, ¿por qué la clonación, esterilización y patentamiento de la vida vegetal no lo es?

La respuesta honesta es que sí lo es. Solo que una afecta a la clase media urbana que va a misa el domingo y teme un futuro distópico al estilo «Un mundo feliz». La otra afecta al campesino de la loma, al que nunca se escucha en la homilía.

La Iglesia se alborota con la clonación humana porque ve en ella al Anticristo con pipeta. Se calla con las semillas porque ve en ellas un simple negocio. Y en ambos casos se equivoca.

El Anticristo no vendrá clonando humanos en un laboratorio de Seúl. Ya vino, patentando la vida, cobrando por lo que Dios dio gratis, y haciendo que el agricultor tenga que pedir permiso para sembrar lo que su abuelo sembraba libremente.

LO QUE UNA IGLESIA COHERENTE DEBERÍA DECIR

Si la defensa de la vida fuera realmente coherente, el discurso debería ser uno solo:

Toda vida, humana o no humana, no puede ser reducida a mercancía patentable. No se puede patentar un humano, pero tampoco se debería poder patentar el principio reproductivo de una planta que alimenta a la humanidad desde hace 10,000 años.

Defender al embrión clonado y no defender la semilla libre es defender al rey y abandonar al reino.

Francisco lo intuyó en Laudato Si’ cuando habló de la «apropiación indebida» de los recursos genéticos por parte de las empresas. Pero no se atrevió a dar el paso siguiente: declarar que la semilla es patrimonio común de la humanidad, res communis, y que su privatización es un pecado social tan grave como la clonación reproductiva.

Mientras no lo haga, seguiremos con esta teología de dos varas: ultra sensible para lo que pasa en un útero de laboratorio, y anestesiada para lo que pasa en un surco.

Y el campesino, que sí sabe lo que es ver una semilla que ya no germina porque está programada para no hacerlo, seguirá preguntándose con razón: ¿por qué mi semilla no vale la indignación de un sermón?

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