Los 10 millones de turistas al año: el cuento chino de Collado y el Gobierno

La narrativa oficial de los “10 millones de visitantes” oculta un modelo de enclave que genera crecimiento macroeconómico, pero reproduce desigualdad, precariedad laboral y exclusión social.

Por: Jhonny González

La narrativa oficial del Ministerio de Turismo de la República Dominicana se ha transformado en una maquinaria de propaganda que celebra cifras con el entusiasmo de quien ha descubierto la fórmula del agua tibia. Sin embargo, tras el confeti de los «10 millones de visitantes», se esconde una realidad estructural que el ministro David Collado prefiere ocultar: el turismo dominicano sigue siendo un modelo de crecimiento sin desarrollo, una bonanza de enclave donde el éxito macroeconómico convive con la precariedad microeconómica.

David Collado

La primera gran falacia de este «cuento chino» es el supuesto bienestar que estas cifras derraman sobre la población. La realidad técnica es que el sector opera bajo un esquema de integración vertical y repatriación de capitales. Los beneficios de esos millones de turistas no circulan por las venas de la economía popular; se quedan, de forma casi íntegra, en los bolsillos del gran empresariado y de las cadenas hoteleras transnacionales.

Mientras las estadísticas de ocupación rompen récords, la rentabilidad de la actividad se queda estancada en los resorts de lujo. Para la gran mayoría de los dominicanos, los 10 millones de turistas son solo una cifra borrosa en el horizonte de Punta Cana, Puerto Plata o Miches, una estadística que no se traduce en mejores servicios públicos, infraestructuras comunitarias o una reducción real de la desigualdad.

El gobierno enarbola la creación de empleos como la gran panacea del sector turístico en la economía nacional. No obstante, al analizar la calidad de esos puestos de trabajo, nos encontramos con un sistema que muchos expertos ya califican como esclavitud moderna.

Las remuneraciones en el sector hotelero son, históricamente, de las más bajas en comparación con el costo de la canasta básica, que se caracterizan por jornadas extenuantes, contratos temporales y una dependencia absoluta de las propinas de ley que, a menudo, sufren manejos turbios. El sistema actual no satisface las expectativas de la clase trabajadora dominicana. Se ofrece un empleo que permite «sobrevivir», pero que anula cualquier posibilidad de ascenso social o ahorro significativo.

El trabajador dominicano es el rostro amable de la publicidad oficial, pero es también el eslabón más débil de una cadena que prioriza el margen de beneficio corporativo por encima de la dignidad humana.

Vender el éxito de una gestión basándose únicamente en el volumen de personas que visitan el país por razones turísticas, es un error de visión. El turismo debería medirse por su capacidad transformadora en el territorio, por su impacto ambiental controlado y, sobre todo, por la mejora tangible en la calidad de vida de quienes residen en las zonas turísticas.

Continuar con el discurso de los 10 millones sin cuestionar quién se queda con el dinero y bajo qué condiciones trabajan los dominicanos, es seguir alimentando una ilusión que solo beneficia a unos pocos. Es hora de dejar de contar cabezas y empezar a contar el bienestar de la gente.

La Paradoja del Enclave: PIB Turístico vs. Desarrollo Humano

En economía, el sector turístico dominicano funciona bajo el modelo de «economía de enclave». Esto significa que la actividad está geográficamente concentrada y desconectada del tejido productivo local, generando una burbuja de riqueza rodeada de cinturones de pobreza.

Aunque el turismo aporta aproximadamente el 15% del PIB nacional, gran parte de ese valor no se queda en el país. Para satisfacer los estándares del turista internacional, los grandes hoteles importan insumos masivos (alimentos procesados, tecnología, mobiliario), lo que debilita el encadenamiento con el agro y la industria local. Al ser capitales mayoritariamente extranjeros, las utilidades netas vuelan hacia las sedes matrices en Europa, Estados Unidos o México, dejando en la República Dominicana solo el residuo de salarios bajos y algunos impuestos locales.

Mientras el ministro Collado celebra el volumen de llegadas, el Coeficiente de Gini (que mide la desigualdad) en las zonas turísticas suele ser más crítico que en el promedio nacional. La riqueza generada por metro cuadrado en un hotel de lujo es de las más altas del Caribe, pero el trabajador que limpia la habitación o sirve el cóctel vive, en muchos casos, en asentamientos informales sin saneamiento básico.

El modelo actual de «10 millones» ejerce una presión insostenible sobre los recursos naturales. Erosión de playas por construcciones mal planificadas, contaminación de acuíferos por el manejo deficiente de desechos sólidos y aguas residuales de las zonas urbanas de apoyo (donde vive la mano de obra). Este costo ambiental es una deuda que pagarán las futuras generaciones de dominicanos, mientras el beneficio económico inmediato ya habrá sido retirado por los inversionistas.

Pero lo grande del caso es que, estos grandes representantes y promotores de este “negocio” desigual, pretenden seguir dirigiendo el Estado para continuar sembrando de iniquidad y miseria a nuestra amada República Dominicana.

El autor es licenciado en Estudios Internacionales, Periodista, ex Diplomático y Catedrático

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