La representacion dominicana no se define por el lugar de nacimiento

Por Antonio A. Méndez

Las declaraciones de la asambleísta estatal Yudelka Tapia durante la clausura del Festival Sabor Dominicano, al afirmar que la salida del congresista Adriano Espaillat el próximo enero significaría el fin de la representación dominicana en el gobierno federal, abren un debate sobre el verdadero significado de la representación política de la diáspora.

Aunque esta percepción puede ser compartida por parte de la primera generación de inmigrantes, no refleja plenamente la evolución de la comunidad dominicana ni el funcionamiento de las instituciones democráticas de Estados Unidos.

Después de más de seis décadas de presencia en Estados Unidos, la diáspora dominicana ha alcanzado una etapa que puede entenderse como posmigratoria. Esto no implica el abandono de los vínculos con la República Dominicana, sino el paso de una comunidad definida principalmente por la experiencia de emigrar a otras cuyas nuevas generaciones construyen su identidad y su participación política desde las instituciones estadounidenses, sin dejar de valorar sus raíces.

En este contexto, la representación política ya no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la primera generación ni desde las necesidades de la política dominicana. El Congreso de Estados Unidos no representa nacionalidades, sino ciudadanos y distritos electorales.

En comunidades diversas como el distrito 13 de Nueva York, un representante tiene la responsabilidad de servir por igual a todos sus constituyentes. Tal vez, este fue uno de los errores de Adriano Espaillat. La legitimidad de un funcionario no depende de su lugar de nacimiento, sino de su compromiso con quienes lo eligen y de su capacidad para responder a sus necesidades.

Por ello, la posible elección de Darializa Ávila Chevalier este próximo noviembre no representa una pérdida de representación dominicana, sino la continuidad natural del desarrollo político de la comunidad. Como dominicano-estadounidense nacida y criada en Estados Unidos, su identidad dominicana forma parte de su historia familiar y cultural, mientras que su visión del servicio público responde también a la realidad del país donde ejerce su ciudadanía. No se trata de abandonar la dominicanidad, sino de expresarla desde una nueva generación.

Durante décadas, las prioridades de la primera generación estuvieron centradas en la inmigración, la reunificación familiar y la estabilidad económica. Y esto era importante en su momento y hay que darle las gracias a todos esos lideres de la primera generación que crearon el espacio para que estos nuevos lideres de la segunda generación se desarrollaran. Pero, hoy, una segunda y tercera generación, profundamente vinculada a sus raíces, enfrenta desafíos distintos, como la educación, la vivienda, la seguridad, el desarrollo económico y la igualdad de oportunidades. Esta transformación no sustituye la agenda dominicana; la amplía y la adapta a una comunidad que se ha consolidado dentro de la sociedad estadounidense.

Al mismo tiempo, los lazos con la República Dominicana continúan siendo sólidos mediante las remesas, las inversiones, los viajes, las relaciones familiares y el interés por el desarrollo nacional. Propongo que la diáspora dominicana ha entrado en un proceso posmigratorio, donde la comunidad ya no puede verse solo como inmigrante, sino también como una etnia que es parte intrínseca de esta sociedad. Esta etapa posmigratoria no supone un distanciamiento de las luchas que afectan al país de origen, sino una redefinición de la forma en que estas se articulan. Las nuevas generaciones mantienen un vínculo cultural y afectivo con la República Dominicana, pero su responsabilidad política inmediata es responder a las necesidades de las comunidades que representan en Estados Unidos.

Precisamente, el mayor logro de la diáspora ha sido transformar la experiencia migratoria en una presencia política permanente dentro de las instituciones estadounidenses.

La aparición de líderes de ascendencia dominicana nacidos en Estados Unidos demuestra que el esfuerzo de la primera generación produjo una comunidad capaz de formar servidores públicos que participan plenamente en la democracia estadounidense sin renunciar a su identidad. Un ejemplo de esto es mi hijo mayor. Nació en la ciudad de Nueva York y nunca ha vivido en la República Dominicana, pero todavía se considera dominicano, y la música que más le gusta es el merengue. Fue el primer dominicano-estadounidense en ser Director Nacional del Cuerpo de Paz y el primer director latino del Cuerpo de Paz en México. También fue el primer dominicano-estadounidense en dirigir una agencia estatal de servicio (Servir Colorado) y el primer dominicano-estadounidense en ser director de un condado en el estado de Colorado. Como segunda generación su visión está ligada a esta nación, pero siempre pendiente de la República Dominicana.

La historia de los dominicanos en Estados Unidos es, en esencia, una historia de adaptación sin pérdida de identidad. Las nuevas generaciones no reemplazan a las anteriores; continúan el camino que ellas abrieron y fortalecen la presencia dominicana en la vida pública desde una realidad distinta.

La posible victoria de Darializa Ávila Chevalier el próximo noviembre no debe interpretarse como el fin de la representación dominicana, sino como una nueva etapa de su evolución. Más que cuestionar a estos nuevos liderazgos por haber nacido en Estados Unidos, corresponde apoyarlos y fortalecer una representación inclusiva que beneficie a toda la comunidad, manteniendo vivos los vínculos y el compromiso con la República Dominicana desde una diáspora plenamente integrada y políticamente madura.

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