La diáspora merece que le manden lo mejor

Por Jhonny Trinidad

Por qué no se puede seguir tratando como ciudadanos de segunda a los que sostienen a la patria desde afuera.

Hay un país afuera del país. Uno que no cabe en los 48 mil kilómetros cuadrados de la isla, pero que la sostiene todos los días.

Son tres millones de dominicanos viviendo fuera. Más de dos millones solo en Estados Unidos. Nueva York, Nueva Jersey, Boston, Providence, Miami, Orlando. Y cada uno de ellos tiene una historia que empieza igual: una maleta, una despedida en el AILA, y la promesa de volver mejor.

Y volvieron mejor. Mejoraron ellos, y mejoraron a los que se quedaron.

La diáspora dominicana no es un apéndice. Es una columna vertebral.

El año pasado mandó más de 10,800 millones de dólares en remesas. Más que el turismo. Más que todas las zonas francas juntas. Más que cualquier inversión extranjera. Esos dólares no van a cuentas en Suiza. Van a la farmacia de la madre, al colegio del sobrino, al zinc que se cambia por block, a la pequeña ferretería que abre en Villa Mella con el ahorro de diez años lavando platos en el Bronx.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

Pero cuando ese dominicano de afuera va a buscar un servicio de su propio Estado, ¿qué recibe? Lo peor.

Recibe consulados que parecen oficinas de castigo. Citas de tres meses para un pasaporte que debería salir en 72 horas. Cobros de 150, 200 dólares por un poder notarial que en República Dominicana cuesta 1,000 pesos. Filas bajo nieve en invierno y bajo sol de 40 grados en verano en el consulado de Nueva York. Funciones consulares repartidas como botín político entre compañeros de campaña que ni hablan inglés y que nunca han cruzado la calle 34.

Eso no es gestión pública. Es desprecio.

Y es un desprecio costoso. Porque le estamos diciendo al dominicano que más aporta, que es el que menos importa.

La diáspora merece que le manden lo mejor, no lo que sobra. 

REPRESENTACIÓN POLÍTICA REAL, NO SIMBÓLICA

Tenemos siete diputados de ultramar. Siete. ¿Cuántos conocen el problema de un dominicano indocumentado que no puede viajar a enterrar a su madre? ¿Cuántos han peleado por la homologación de licencias de conducir, por acuerdos para que nuestros títulos universitarios valgan algo allá, por defensa legal frente a redadas migratorias? La representación no puede ser un premio de consolación para el que perdió aquí. Debe ser un líder que ya haya triunfado allá.

Nuestros consulados no pueden seguir viéndose como cajas registradoras. Cobran de los más caros del mundo y dan de los peores servicios. Un dominicano en Nueva York paga tres veces más por un pasaporte que un mexicano en la misma ciudad, y el mexicano lo recibe en un consulado limpio, digitalizado y con respeto. Nosotros merecemos la misma revolución: cita en línea que funcione, pasaporte en 3 días, apostillas digitales, notarios que no abusen, y personal de carrera del MIREX, no activistas políticos con visa diplomática.

INVERSIÓN Y CONEXIÓN ECONÓMICA

El dominicano de afuera no solo quiere mandar, quiere invertir. Quiere comprar su apartamentito en Santo Domingo Este sin que lo estafen. Quiere poner una nave en Santiago. Quiere que su hijo, nacido en Paterson, pueda ir a estudiar un semestre a la UASD sin un calvario burocrático. Para eso necesitamos una ventanilla única de inversión de la diáspora, con seguridad jurídica real, con título garantizado, con exenciones pensadas no para los grandes hoteleros, sino para el pequeño inversionista que quiere volver.

Dejemos de tratar a la diáspora como «los que se fueron». Son los que se quedaron, de otra forma. Son los que mantienen vivo el merengue en un sótano de Queens. Los que llenan el Yankee Stadium con la bandera. Los que le enseñan a sus hijos a hacer mangú aunque hayan nacido hablando inglés. Son más dominicanos que muchos que nunca han salido de la isla, porque ser dominicano allá es una decisión diaria, no una costumbre.

Washington entendió hace 30 años que el 202 no es solo un código de área. Es un símbolo de poder. Por eso todo el mundo quiere un número 202. Nosotros tenemos que entender que el 347, el 718, el 201, el 973, también son códigos dominicanos. Donde hay un dominicano, hay patria.

La historia nos juzgará por cómo tratamos a los que sostuvieron al país cuando el país no podía sostenerlos a ellos.

La diáspora ya hizo su parte. Mandó el dinero. Mandó las cajas. Mandó las medicinas. Soportó la discriminación, el frío y la nostalgia para que aquí estuviéramos mejor.

Ahora nos toca a nosotros. Y no nos toca mandarle migajas.

Nos toca mandarle lo mejor.

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