Por Jhonny Trinidad
Hay dos Repúblicas Dominicanas. Una cabe en 48,310 kilómetros cuadrados. La otra no cabe en ningún mapa. Vive en El Bronx, en Washington Heights, en Lawrence, en Providence, en Orlando, en Madrid, en San Martín. Habla español con acento mezclado, trabaja doble turno, manda 200 dólares cada quince días y sueña con volver, aunque en el fondo sabe que quizá no vuelva nunca.
Esa segunda República es la que sostiene a la primera. Y todavía no la hemos entendido.
Nos gusta decir que la diáspora es importante. Lo decimos en cada discurso del 27 de Febrero. Lo repetimos en cada campaña cuando venimos a buscar votos a El Bronx o a Boston. Pero la tratamos como una alcancía, no como una comunidad. Nos interesa lo que envía, no lo que piensa. Nos importa la remesa, no la persona.
En 2024, los dominicanos en el exterior enviaron más de 10,800 millones de dólares. Pongámoslo en perspectiva neoyorquina: eso es más que todo lo que genera el turismo neto y casi cuatro veces más que la inversión extranjera directa.
Sin esa segunda República, la primera colapsa. Sin Washington Heights, no hay estabilidad cambiaria en la avenida Winston Churchill. Sin la bodega de Lawrence y la factoría de Paterson, no hay dólares para sostener el peso. Es así de simple y así de brutal.
Yo vivo en Nueva York y lo veo todos los días. Veo al hombre que se levanta a las 4 de la mañana para manejar un camión de basura en Queens y a las 6 de la tarde se pone a hacer Uber. Veo a la mujer que limpia oficinas en Manhattan y todavía saca tiempo para hacer un zancocho los domingos y llamar a su madre en Moca. Esa gente no está enviando «ayuda». Está sosteniendo un país.
LO QUE LE DEVOLVEMOS
¿Y qué le devolvemos nosotros, el Estado dominicano?
Le devolvemos consulados que parecen un castigo. Lo digo porque lo he vivido. Filas desde las 4 de la mañana en el consulado de la avenida Amsterdam para una cita de pasaporte. Un poder notarial que cuesta 125 dólares por una firma que en Santiago cuesta 500 pesos. Una renovación de cédula que tarda seis meses porque «la valija diplomática no ha llegado». Una Junta Central Electoral que abre tres centros para 2.5 millones de dominicanos en Estados Unidos, como si estuviéramos todavía en 1970.

Le devolvemos diputados de ultramar que no viven donde viven sus votantes. Que no sufren la renta de 2,200 dólares por un apartamento de una habitación en Queens, ni el miedo a una carta del ICE, ni la angustia de un hijo que nació en Elmhurst, no habla bien español y se nos está perdiendo. En muchos casos, la curul de ultramar se ha convertido en el premio de consolación de una lucha interna en Santo Domingo. Se gana en un barrio de la capital y se cobra representando a un barrio de El Bronx. Eso es una estafa democrática.
Le devolvemos indiferencia.
EL DOMINICANO DE AQUÍ NO ES UN DOMINICANO A MEDIAS
El dominicano en el exterior no es un dominicano a medias. Es un dominicano completo, con derechos completos. Dejó el país, pero el país no lo dejó a él. Sigue pagando el solar de su madre en Villa Mella, sigue pendiente de si el primo consiguió trabajo en la zona franca de Santiago, sigue opinando a las 11 de la noche, hora de Nueva York, en el grupo de WhatsApp del barrio.
Pero el Estado lo sigue viendo como un visitante. Como alguien que «ya se fue». Y esa es la gran traición histórica de la política dominicana.
Desde Nueva York se ve claro: mientras México tiene 53 consulados en EE.UU. con programas de defensa legal y ventanillas de salud, nosotros tenemos 12 consulados mal equipados. Mientras El Salvador permite a su diáspora invertir con bonos garantizados por el Estado, nosotros todavía obligamos a que el dominicano de Boston le mande el dinero a un primo para que le construya una casa que nunca termina.
EL NUEVO PACTO QUE NECESITAMOS
Necesitamos cambiar el pacto con la diáspora. No con discursos en el United Palace, con leyes.
El dominicano en el exterior debe poder hacer todo lo que hace un dominicano allá, desde aquí. Cédula, pasaporte, acta de nacimiento, doble nacionalidad para sus hijos nacidos aquí, afiliación a SENASA, pago de impuestos, todo en línea. Si un banco de Nueva York me permite abrir una cuenta con Face ID, ¿por qué el Estado dominicano me obliga a tomar un autobús de cinco horas a Nueva York para buscar un papel?
Más de 300 mil dominicanos están hoy en situación migratoria vulnerable en Estados Unidos y Europa. ¿Dónde está la defensa legal del Estado dominicano? Necesitamos una red de abogados de oficio pagados por la Cancillería en las diez ciudades con mayor concentración dominicana, como ya lo hace México. No es caridad, es una obligación constitucional del artículo 3 que dice que el Estado protege a sus nacionales donde quiera que estén.
Seguimos permitiendo que 10 mil millones se vayan en consumo puro: electrodomésticos comprados en Miami, clavos, y una nevera que se daña a los dos años. ¿Por qué no existe un Fondo de Inversión de la Diáspora, regulado por la Superintendencia de Bancos, que permita a un dominicano en Yonkers invertir con seguridad jurídica en una nave en San Francisco de Macorís, en una finca en Constanza o en un edificio de apartamentos en Santiago, sin tener que depender del cuñado?
Proponemos que el diputado de ultramar tenga que vivir al menos cinco años en la comunidad que representa. Que tenga oficina abierta en Lawrence, en Paterson y en Washington Heights, no en Gazcue. Que rinda cuentas aquí, donde vivimos los que lo elegimos.
El que se fue no es menos patriota que el que se quedó. A veces es más patriota. Porque quedarse es difícil, pero irse y seguir amando a tu país desde una factoría en invierno en Nueva Jersey, con las manos rotas por el frío y la nostalgia atravesada en la garganta, eso también es patriotismo. Quizá del más puro que existe.
Hay una segunda República Dominicana que no nos pide que la mantengamos. Nos pide que la respetemos.
Ya es hora de que la primera entienda que sin la segunda, sencillamente, no hay país.






