Por JHONNY TRINIDAD
Hay una frase que ningún político dominicano quiere decir en voz alta en un foro internacional, pero que todo el mundo repite en voz baja en un colmado, en una parada de guagua o en una sala de redacción: es muy difícil avanzar cuando tu único vecino terrestre es un Estado fallido.
No se trata de odio. Se trata de geografía trágica. La República Dominicana no comparte isla con un país pobre. Comparte isla con el colapso. Con Haití. Y esa palabra ya no describe una nacionalidad, describe una condición: el infierno en la tierra.
Y llamarlo infierno no es un insulto. Es la descripción técnica que hace la ONU, la que hacen los médicos sin fronteras, la que hacen los propios haitianos que huyen. Un territorio donde el Estado no existe, donde el 85% de la capital está controlado por pandillas, donde no hay elecciones desde hace años, donde un hospital es una lotería y una escuela es un milagro, donde violar, matar y quemar son parte del control territorial de bandas que el mundo mira como si fuera una película lejana.
¿Cómo se avanza así al lado?
EL PESO DE UNA FRONTERA QUE NO ES FRONTERA
Ningún país del mundo desarrollado tiene nuestra frontera. Estados Unidos tiene un muro con México, pero México tiene Estado. Europa tiene vallas, pero al otro lado hay Estados. Nosotros tenemos 391 kilómetros de línea porosa con el vacío.
Y ese vacío genera una presión constante y brutal sobre todo lo que en República Dominicana es precario:
-Presión sobre el sistema de salud. No hay un hospital del Sur o del Cibao donde el 30, 40 o 50% de los partos no sean de madres haitianas indocumentadas que cruzan a parir. No por maldad, sino por supervivencia. Pero ¿quién paga esa factura? Un sistema dominicano que ya no da abasto para los dominicanos.
-Presión sobre la educación, sobre el jornal agrícola, sobre la construcción. Una mano de obra barata, sin papeles y sin derechos que deprime salarios y que crea un círculo perverso: el empresario la prefiere, el trabajador dominicano se siente desplazado, y el haitiano sigue siendo explotado.
-Presión sobre la seguridad. Porque cuando no hay Estado del otro lado, no hay control de quién cruza. No cruzan solo madres desesperadas. Cruzan también armas, cruzan pandilleros, cruza el modelo de la extorsión que ya empieza a aparecer en comunidades fronterizas.
LA HIPOCRESÍA INTERNACIONAL
Lo más obsceno de tener al infierno como vecino es que el mundo te exige que lo administres tú solo.
La comunidad internacional, esa que nos da lecciones, hizo exactamente esto: abandonó Haití. Estados Unidos, Francia, Canadá, la ONU. Todos fracasaron en sus intervenciones. Gastaron miles de millones, no construyeron una sola institución sólida y se fueron. Hoy, la solución que proponen es que la República Dominicana sea la solución.
Que seamos el hospital de Haití, la escuela de Haití, el mercado de Haití y el campo de refugiados de Haití. Y cuando decimos que no podemos, nos acusan de racistas.
No. No es racismo. Es realismo. Ningún país de 11 millones de habitantes, con deudas sociales gigantescas, con escuelas por construir y hospitales por mejorar, puede cargar sobre sus hombros a otro país de 12 millones en colapso total. No es solidaridad, es suicidio.
La solidaridad dominicana ha sido infinita y está documentada. Hemos sido los primeros en llegar después de cada terremoto, de cada huracán. Pero una cosa es la ayuda humanitaria y otra es pedirnos que normalicemos lo anormal.
EL DILEMA MORAL DOMINICANO
Aquí está el nudo que nos desgarra.
Porque el dominicano no odia al haitiano. El dominicano convive con él. Lo emplea, lo tiene de vecino, comparte con él. En los barrios, la relación es humana. El problema no es el haitiano que quiere trabajar. El problema es el sistema que nos obliga a ambos a competir por las migajas.
Y mientras tanto, nosotros avanzamos a medias. Porque todo el plan de desarrollo dominicano tiene un impuesto invisible: el impuesto haitiano.
¿Queremos discutir un pacto por la seguridad social? Hay que calcular la presión fronteriza. ¿Queremos discutir aumento salarial? Hay que calcular la mano de obra indocumentada. ¿Queremos atraer turismo de lujo? Hay que explicar por qué tenemos que militarizar la frontera.
Es como intentar subir una escalera con alguien agarrándote los pies. No porque esa persona sea mala, sino porque se está ahogando y se agarra de lo único firme que tiene cerca.
Haití no necesita que le regalemos nuestra estabilidad. Necesita que el mundo le ayude a construir la suya. Y eso no se logra con comunicados de la OEA. Se logra con lo que nadie quiere hacer: una intervención real, larga, costosa y políticamente incorrecta para desarmar pandillas, reconstruir instituciones y devolverle el Estado a los haitianos.
Hasta que eso pase – y no pasará pronto – la República Dominicana tiene que entender algo duro y necesario:
No podemos salvar a Haití, pero tampoco podemos salvarnos sin contener a Haití.
Eso significa tres cosas sin eufemismos:
Primero, frontera dura. No por odio, sino por orden. Tecnología, muro donde haga falta, control biométrico, cero tolerancia al tráfico humano. Un país que no controla su frontera no es un país.
Segundo, mano firme con lo interno. Acabar con el negocio de los traficantes, con los militares que cobran peaje, con los empresarios que quieren mano de obra esclava y luego se quejan de la haitianización. Sin hipocresía.
Tercero, voz clara afuera. Dejar de pedir perdón por defendernos. El relato internacional no puede seguir siendo que República Dominicana es el villano. El villano es el abandono internacional. Hay que decirlo en cada foro, con datos, con hospitales, con números.
Avanzar con el infierno al lado es posible. Israel lo hace, Corea del Sur lo hace, Polonia lo hace. Pero ninguno lo hace fingiendo que el infierno no existe o que es un vecino normal.
Es difícil avanzar con Haití como vecino. Es casi imposible si seguimos mintiéndonos sobre lo que ese vecino es hoy: un territorio sin ley cuyo dolor nos sangra todos los días.
Reconocerlo no es falta de compasión. Es el primer acto de compasión real hacia nosotros mismos y, a la larga, hacia el propio pueblo haitiano, que no merece que le llamemos «vecino» para quedar bien, sino que alguien tenga el coraje de decir que necesita, con urgencia, volver a ser un país.





