Por JHONNY TRINIDAD
Cuando ya no hay plan de volver, cuando la patria es postal y volver da miedo, solo queda una cosa: el recuerdo. El recuerdo no paga la luz, no cura la soledad, no te abraza en Navidad. Pero es gratis. Y por eso, para millones que se fueron, el recuerdo se volvió consuelo.
El pasaje a República Dominicana está en US$700 en temporada. El colegio de los muchachos no da break. El trabajo no te suelta dos semanas. Entonces abres el celular. Ves la foto del Malecón. Pones un merengue de los 90. Llamas a tu mamá y le dices “qué buena estaba la habichuela tuya”. Y con eso pasas el día. Recordar vale cero. Volver vale un riñón. El consuelo es cuestión de presupuesto.
EL RECUERDO NO DISCUTE
La República Dominicana que recuerdas no tiene tapones. El colmado te fiaba. El barrio era sano. El río bajaba limpio. No hay facturas de Edesur en el recuerdo. No hay atracos. No hay políticos. Es una versión editada, sin comerciales, sin problemas. Por eso gusta tanto. Porque la República Dominicana real cansa, ofende, indigna. La RD del recuerdo solo abraza. Y cuando la vida afuera se pone dura, uno no necesita verdades. Necesita abrazos.

Le cuentas a tu hijo que República Dominicana es “lo mejor del mundo”. Que la gente es alegre, que la comida es única, que la playa es eterna. No le cuentas del hospital sin insumos. No le cuentas de los 12 años para un título. No le cuentas por qué te fuiste. Y él crece amando un país que no conoce. El recuerdo pasa de consuelo a mito. Y el mito se vuelve identidad. Una identidad que no se vive, solo se recuerda.
EL PAIS LO FOMENTA
El Gobierno no te da razones para volver. Te da razones para recordar. “Mes de la Herencia Dominicana” en Nueva York. “Noche Larga de Museos” en agosto. Desfile en la Sexta Avenida. Banderitas en el consulado. Todo diseñado para que te sientas cerca sin estar. Para que mandes remesa con culpa y con amor. Porque el que recuerda, manda. El que vuelve, exige. Y exigir sale caro.
El recuerdo calma hoy, pero mata mañana. Calma porque te dice que vienes de un lugar bonito. Mata porque te impide pedir que ese lugar sea habitable. Nos conformamos con la bachata el domingo porque no creemos que podamos tener el país el lunes. Cambiamos derecho por nostalgia. Cambiamos futuro por anécdota. Y así se nos va la vida: recordando un país en el que no vivimos, para no enfrentar el país en el que no queremos vivir.
CUANDO EL CONSUELO NO ALCANCE
Va a llegar un día en que el recuerdo no tape el hueco. El día que tu mamá muera y no haya a quién llamar. El día que tus hijos te digan “papi, yo soy de aquí” sin acento. El día que RD te duela menos porque ya no es tuya. Ese día el consuelo se gasta. Y solo queda la pregunta: ¿qué hicimos, además de recordar?
El recuerdo como consuelo es el último recurso del que se resignó. Es la almohada del que sabe que no vuelve. Sirve para dormir, no para despertar.
Y un país no se construye con gente dormida en la nostalgia. Se construye con gente despierta en la exigencia.
Mientras República Dominicana solo nos sirva para recordar, seguirá expulsando. Y nosotros seguiremos, desde lejos, consolándonos con un país que solo existe cuando cerramos los ojos.






