Por JHONNY TRINIDAD
En la tradición bíblica, el rey solo tiene sentido si hay reino. Sin reino, el rey es un delirante con corona.
La Iglesia contemporánea se ha vuelto especialista en defender al Rey —la persona humana abstracta, el embrión en el laboratorio, el principio inviolable de la dignidad— pero ha olvidado defender el Reino, que es el entramado material que hace posible que ese Rey viva.
¿De qué sirve defender teológicamente que todo ser humano es irrepetible si permites que el alimento que debe comer ese ser humano irrepetible sea repetible, patentado, controlado y esterilizado por cuatro corporaciones?
Es como declarar sagrada la vida humana en el púlpito y, a la salida de misa, entregar las llaves de la despensa al mercader.
La semilla libre es el reino. Es lo común. Es el pan de mañana. El embrión clonado es el caso límite, el rey hipotético. Uno ocurre en un paper de Nature que quizá nunca se aplique. El otro ocurre todos los días a las 6 de la mañana cuando un agricultor en Constanza, en Azua, en Mato Grosso, tiene que firmar que no guardará su propia cosecha.
Una Iglesia que solo defiende casos límite y no defiende lo cotidiano, no defiende la vida. Defiende una idea de la vida.
LA COHERENCIA PERDIDA ENTRE ÚTERO Y SURCO
Hay un paralelismo que la teología moral no ha querido hacer:
– El útero es el lugar donde la vida humana se gesta sin que nadie pueda patentar el proceso.
– El surco es el lugar donde la vida vegetal se gesta sin que nadie pueda patentar el proceso.
Ambos son espacios sagrados de gratuidad. La tierra da sin pedir factura. La mujer da sin pedir royalty.
La clonación humana dice: «Yo puedo fabricar un humano en un laboratorio y ser su dueño técnico.»
La semilla patentada dice: «Yo puedo fabricar un maíz en un laboratorio y ser su dueño legal, y tú, campesino, serás mi arrendatario perpetuo.»
Es la misma lógica de dominio. Cambia el objeto, no cambia el sujeto que domina. Por eso es una esquizofrenia moral condenar uno y tolerar el otro.
Si aceptas que se puede patentar la vida que se reproduce sola, ya aceptaste el principio filosófico que permite clonar humanos. Solo te falta la tecnología.
POR QUÉ EL REY VENDE MÁS QUE EL REINO
Y aquí viene lo incómodo. ¿Por qué la Iglesia prefiere al rey?
Porque defender al embrión clonado le da tres réditos inmediatos:
a) Claridad moral. Es blanco y negro. No hay matices. No divide a su feligresía. Todo el mundo entiende «no clonar humanos».
b) Poder político. Le permite sentarse frente al Estado y a la ciencia y decir: «Aquí pongo yo el límite». Es un marcador de frontera.
c) Costo cero. Nadie en la curia pierde un contrato por oponerse a la clonación humana.
Defender la semilla libre, en cambio:
a) Exige complejidad. Obliga a entender UPOV, ADPIC, CRISPR, glifosato, contratos de licencia. No cabe en un titular.
b) Rompe alianzas. Te enfrenta con el agro-negocio, con el gobierno de turno, con la USAID que financia proyectos, con la universidad que recibe fondos.
c) Tiene costo. Te obliga a estar del lado del pequeño contra el grande. Y la Iglesia, desde el Imperio Romano, siempre ha dudado cuando tiene que elegir entre esos dos.
Es más rentable teológicamente defender al rey que defender al reino, porque el rey te aplaude en la plaza. El reino te reclama en el surco.
LA INVERSIÓN EVANGÉLICA
Jesús hizo exactamente lo contrario.
Nunca habló del embrión clonado, porque no existía. Pero habló todo el tiempo del reino, y lo explicó siempre con semillas: el sembrador, el grano de mostaza, la cizaña y el trigo.
Y en todas esas parábolas hay una idea subversiva: la semilla no es de nadie y es de todos. Cae en todo tipo de tierra. Crece mientras el hombre duerme. No pide permiso a una oficina de patentes para germinar.
Si la semilla no fuera libre, ninguna de esas parábolas tendría sentido. El sembrador sería un infractor de propiedad intelectual.
Defender al embrión clonado y no defender la semilla libre es, al final, defender la metafísica y abandonar el Evangelio. Es defender al rey abstracto y dejar que le quemen el reino concreto al pobre.
Por eso tu frase duele. Porque es cierta.





