Por Jhonny Trinidad
Hay una ley no escrita de la vida: cuando llega el miedo, la gente se divide en dos.
Están los que se achican. Y estamos nosotros, los que crecemos.
El miedo achica el mundo. Cierra fronteras, cierra negocios, cierra corazones. El miedo dice «no salgas», «no inviertas», «no hables», «escóndete». El miedo es un gran encogedor de sueños.
Y frente a ese miedo, hay una comunidad en este país que nunca ha sabido achicarse: la dominicana en el exterior.
Nosotros no nos achicamos. No sabemos. No está en nuestro diccionario.
Nosotros, cuando el mundo se achica por miedo, crecemos por fe.
NOSOTROS NACIMOS EN LA CRISIS
Para entender por qué no nos achicamos, hay que entender de dónde venimos.
Nosotros no salimos de República Dominicana en un crucero. Salimos huyéndole a algo, o buscándole algo a alguien.
Salimos de una casa con goteras, pero con una madre que decía «mi hijo va a ser grande». Salimos de un barrio donde la luz se iba, pero la esperanza nunca se iba. Salimos de un país que nos enseñó que cuando no hay agua, se busca un cubo. Cuando no hay luz, se prende una vela. Cuando no hay comida, se comparte la poca que hay.
Esa es la escuela de la fe.
El dominicano que está afuera no aprendió fe en una iglesia. La aprendió en su casa. La aprendió viendo a su abuela orar por un hijo que se fue en yola y que duró tres días sin saberse de él. La aprendió viendo a su padre levantarse a las 5 de la mañana a conchar, aunque solo hiciera 200 pesos. La aprendió viendo a su madre hacer cena con dos huevos para cinco muchachos y decir «coman, que yo comí en la tarde».
Por eso, cuando llegamos a Nueva York, a Boston, a Madrid, a Lawrence, y vimos que todo era difícil, no nos asustamos. Dijimos: «¿Esto es difícil? Difícil era allá. Esto es trabajo».
El miedo paraliza al que siempre tuvo comodidad. Al que viene de la carencia, el miedo lo activa.
EL MUNDO SE ACHICÓ. NOSOTROS NO
Hagamos memoria, que la memoria es importante para no dejarnos engañar.
Cuando pasó el 11 de septiembre, el mundo se achicó. Manhattan se vació. Todo el mundo tenía miedo de montar un tren, de entrar a un edificio alto, de ser inmigrante. ¿Quiénes mantuvieron las bodegas abiertas? ¿Quiénes siguieron manejando taxis? ¿Quiénes limpiaron los escombros? Nosotros.
Cuando vino la crisis del 2008, el mundo se achicó. Bancos quebrados, casas perdidas, gente durmiendo en la calle. Muchos americanos se devolvieron a casa de sus padres. Muchos inmigrantes de otros países se regresaron a su país. El dominicano no. El dominicano buscó dos trabajos. El dominicano metió a su familia en un apartamento de un cuarto para no perder la casa. Y en medio de esa crisis, ¿qué hizo? Abrió más barberías. Abrió más salones. Compró la casa que el otro perdió, con mucho sacrificio.
Cuando vino la pandemia, el mundo se achicó de verdad. Literalmente, el mundo se encerró. Se puso una máscara y se metió en su casa. El planeta entero se achicó a una sala, a un celular, a un miedo mortal.
¿Y nosotros? Nosotros crecimos.
Crecimos en fe. Porque mientras el mundo rezaba con miedo a morirse, nosotros rezábamos con fe de que íbamos a vivir. Y salimos. Salimos a llevar comida. Salimos a cuidar enfermos. Salimos a manejar autobuses vacíos. Salimos a entregar paquetes. Salimos a trabajar en supermercados donde entraba gente tosiendo.
En el momento en que el mundo dijo «me escondo», nosotros dijimos «yo voy».
Esa es la diferencia.
LA FE NO ES REZAR. ES HACER
Que nadie confunda la fe de la que hablo con una fe pasiva, de esperar sentado.
Nuestra fe no es de iglesia los domingos y nada más. Nuestra fe es de lunes a lunes.
Fe es la doña que limpia tres casas y manda 300 dólares a Baní, aunque le queden 50 para ella, porque tiene fe de que su hija va a ser doctora.
Fe es el muchacho que llegó por la vuelta de México, que durmió en un shelter, que lo atracaron, que lo humillaron, y que a los seis meses ya está trabajando 12 horas en construcción y ahorrando para traer a su esposa, porque tiene fe de que esto va a cambiar.
Fe es el bodeguero que lo asaltan dos veces y no cierra. Pone un cristal más grueso y sigue. Porque tiene fe en su esquina.
Fe es la madre soltera en el Bronx que no tiene papeles, que sabe que si la agarra ICE se jode, pero todos los días lleva a sus hijos a la escuela, los peina, les pone su uniforme limpio y les dice «ustedes van a ser grandes aquí». Esa mujer no está sobreviviendo. Está ejerciendo una fe más grande que cualquier sermón.
El miedo achica. La fe expande.
El miedo dice «no puedo». La fe dice «yo puedo con Dios y con mi trabajo».
El miedo dice «me van a quitar». La fe dice «nadie me quita lo que me gané con sudor».
Por eso, cuando otros cierran, nosotros abrimos. Cuando otros venden, nosotros compramos. Cuando otros se van, nosotros nos quedamos.
SOMOS LA PRUEBA DE QUE LA FE MUEVE MONTAÑAS… Y EDIFICIOS
Mire a su alrededor en Nueva York.
¿Qué ve? El skyline está lleno de edificios que nosotros limpiamos, que nosotros construimos, que nosotros pintamos, que nosotros cuidamos.
La economía de esta ciudad está llena de negocios que nosotros levantamos con fe. Porque ningún banco nos prestó al principio. Nos prestamos entre nosotros. Hicimos el famoso «san». 20 dominicanos poniendo 500 dólares cada quincena para que uno coja 10 mil y abra su negocio. ¿Qué banco hace eso? Solo la fe hace eso.
Somos la única comunidad que convirtió una parada de tren, la 181 y St. Nicholas, en una embajada. En un país dentro de otro país. Con su música, con su comida, con su gente, con su orgullo.
Eso no se hace con miedo. Eso se hace con una fe inquebrantable de que nosotros pertenecemos aquí.
Y pertenecemos. Porque el que trabaja una tierra, esa tierra es suya. Y nosotros hemos trabajado esta tierra como nadie.
LO QUE VIENE REQUIERE MÁS FE, NO MENOS MIEDO
No voy a mentirle. Vienen tiempos donde el miedo va a querer volver a achicar el mundo.
Viene la persecución política disfrazada de control migratorio. Viene el discurso de odio que quiere hacernos sentir que no valemos. Viene la renta que no se puede pagar. Viene la ansiedad de nuestros hijos que nacieron aquí y que a veces se avergüenzan de nosotros.
Y la tentación será achicarnos. Volvernos chiquitos. No hablar. No reclamar. Esconder la bandera. Bajar la música. Decir «yo no soy de esos dominicanos».
No lo haga.
Este es el momento exacto para crecer.
Crecer en organización. Que cada dominicano sea parte de una asociación, de un club, de una iglesia, de una junta de vecinos.
Crecer en voz. Que no nos dé miedo decir «soy dominicano y pago impuestos y exijo respeto».
Crecer en educación. Que nuestros hijos no solo aprendan inglés, que aprendan a defender su historia.
Crecer en unidad. Que dejemos la maldita costumbre de acabar con otro dominicano que está subiendo. Si uno abre una bodega, que el otro abra al lado y no lo vea como enemigo, que lo vea como que estamos conquistando la calle entera.
El miedo es contagioso, pero la fe también.
Y nosotros somos contagiosos de fe. Siempre lo hemos sido.
Al final de todo, cuando esta historia se escriba, ¿qué van a decir de nosotros?
Van a decir que llegamos sin nada y construimos todo.
Van a decir que cuando el mundo se encerró, nosotros salimos a abrirle la puerta.
Van a decir que cuando muchos se achicaron por miedo, por odio, por duda, nosotros nos hicimos gigantes por fe.
Porque esa es nuestra esencia. No somos víctimas. Somos creyentes. No somos los que piden. Somos los que dan. No somos los que se esconden. Somos los que dan la cara.
Cuando el mundo se achica por miedo, los del exterior crecemos por fe.
Y por eso, aunque nos duela, aunque nos cueste, aunque nos quieran hacer sentir pequeños…
Nosotros nunca seremos pequeños.
Porque el que crece por fe, nunca se achica por miedo.





