La diáspora como extensión de poder

Por JHONNY TRINIDAD

Durante un siglo nos enseñaron que el poder de un país termina donde termina su frontera. Que el mapa es el límite. Que la soberanía es un perímetro dibujado en la escuela.

Esa definición ya no sirve.

En el siglo XXI, los países más inteligentes del mundo entendieron algo elemental: tu poder no es el territorio que controlas, es la gente que logras proyectar. Israel lo entendió hace 70 años. India lo entendió hace 20. Hoy, la República Dominicana tiene que entenderlo.

La diáspora dominicana no es un apéndice sentimental del país. Es su extensión de poder más importante en Washington, en Nueva York y en Madrid. Y no la estamos usando como tal.

Vamos a decirlo sin romanticismo: somos 11 millones aquí y casi 3 millones allá. Pero esos 3 millones allá viven en el centro del poder que decide qué pasa aquí.

Cuando se discute la Ley de Aranceles en el Congreso de EE.UU., cuando se define si nos ponen o no en una lista de trata de personas, cuando se negocia un acuerdo de cielos abiertos, cuando se decide si nos dan o nos quitan visas, cuando se debate la política hacia Haití, cuando se define quién recibe fondos de USAID, ¿quién está en esa sala? Nadie que hable como nosotros. Casi nadie que nos deba su puesto a nosotros.

Defienden el voto en el exterior frente a propuestas de eliminacion
El autor es periodista. Reside en Nueva York.

Y eso es una falla geopolítica brutal.

Estados Unidos no es un país que toma decisiones solo por el Departamento de Estado. Es un país que toma decisiones por presión de sus distritos electorales. Un congresista de Nueva York no vota pensando en Santo Domingo; vota pensando en Washington Heights. Y Washington Heights es dominicano.

Ahí está el poder. No en una nota diplomática bien redactada en la Cancillería. Está en los 300 mil votantes dominicanos que pueden decidir si Adriano Espaillat se queda o se va. Está en la capacidad de esos votantes de decirle a su congresista: «Si no apoyas el DR-CAFTA, si no apoyas más fondos para la lucha contra el narcotráfico en el Caribe, si no defiendes el trato justo para nuestros plátanos y nuestros cigarros, no cuentas con nosotros».

Eso es poder. Poder duro. Poder electoral.

Pero para que funcione, tenemos que dejar de ver a la diáspora como una víctima a la que hay que ayudar con operativos de yuca y salami, y empezar a verla como lo que es: nuestro ejército de influencia.

¿Qué hacen los que sí lo entendieron?

Israel: Cada judío americano es un embajador de facto. AIPAC, su lobby, no es una organización del gobierno israelí. Es de judíos americanos que entendieron que defendiendo a Israel defienden su propia identidad. Resultado: 3.800 millones de dólares al año en ayuda militar garantizada por ley.

México: A pesar de todas sus tensiones con EE.UU., creó el Instituto de los Mexicanos en el Exterior y tiene 52 consulados que funcionan como centros de organización política. Cuando Texas quiso aprobar leyes anti-inmigrantes, fueron los consulados mexicanos los que organizaron la resistencia legal y mediática.

India: No le pide remesas a su gente en Silicon Valley. Les pide que convenzan a Google y a Microsoft de abrir centros en Hyderabad. Y lo lograron. Hoy India no exporta solo mano de obra, exporta CEOs. Y cada CEO indio es un cabildero de India.

¿Y nosotros? Nosotros todavía le pedimos a la diáspora que venga a una charla sobre «valores patrios» en una escuela.

La diáspora como extensión de poder implica tres cambios de mentalidad urgentes:

-De INDEX asistencialista a Cancillería de la diáspora. El INDEX no puede ser una agencia que reparte canastas en diciembre. Tiene que ser una escuela de liderazgo político. ¿Cuántos candidatos a concejales, a asambleístas, a juntas escolares estamos formando en EE.UU.? Cero. ¿Cuántos dominicanos estamos entrenando para que sean jefes de gabinete de un congresista americano? Cero. Y ahí es donde se escribe la letra pequeña de la ley que nos afecta.

-De dominicanos ausentes a dominicanos influyentes. Tenemos que dejar de llorar porque se fueron y empezar a invertir en donde están. Cada dominicano que llega a ser policía, fiscal, juez, maestro, presidente de una asociación de padres en Long Island, es más valioso para la seguridad nacional dominicana que 10 agregados militares en Washington. Porque él es el que va a evitar que nos estigmaticen.

-De pedir a articular. El Estado dominicano no debe pedirle a la diáspora que haga lobby por nosotros. Debe articular una agenda común. Cuando República Dominicana pide más vigilancia contra el fentanilo que entra por el Caribe, no es solo un favor a Washington. Es también proteger a los hijos de dominicanos en el Bronx que mueren por sobredosis. Esa es la narrativa compartida que genera poder. No la lástima.

La Semana Dominicana en EE.UU., que acaba de concluir con éxito en Washington y Nueva York, es el ejemplo perfecto de lo que sí funciona. Cuando Amchamdr sienta en la misma mesa a Visa para hablar de stablecoins, a J.P. Morgan para hablar de flujos de capital y al congresista Espaillat para hablar de poder político, está entendiendo que el poder ya no es solo militar o diplomático. Es financiero, tecnológico y comunitario.

La pregunta no es si la diáspora quiere ser poder. Ya lo es. La pregunta es si el Estado dominicano va a tener la inteligencia de usarla como poder.

Porque en el mundo que viene, los países pequeños no van a sobrevivir porque tengan un ejército grande o una isla bonita. Van a sobrevivir porque tengan gente en todos los lugares donde se toman decisiones.

Y nosotros, sin querer, sin planificarlo, ya tenemos esa gente. Solo nos falta decidirnos a ser, de una vez por todas, un país transnacional.

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