Por Milton Olivo
La tarde caía sobre Santo Domingo cuando Gabriel llegó al Altar de la Patria. Tenía veintidós años, un título técnico, varios currículos enviados y demasiadas respuestas que nunca llegaron. Se sentó frente a las estatuas de Duarte, Sánchez y Mella y, con cierta amargura, dijo:
—Ustedes soñaron una patria que todavía no existe.
Un anciano que barría lentamente el lugar levantó la mirada.
—¿Estás seguro de que no existe?
—Mire alrededor: injusticias, desempleo, inseguridad, jóvenes que quieren marcharse, niños abandonados, envejecientes desamparados y ríos contaminados. ¿Esta es la República que soñó Duarte?
El hombre apoyó la escoba contra una pared y se sentó a su lado.
—Tal vez la pregunta no sea si esta es la patria que Duarte soñó, sino qué estamos haciendo nosotros para construirla.
Después sacó de su bolsillo una pequeña llave antigua.
—Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.
Caminaron hasta una vieja casa de la Ciudad Colonial. El anciano abrió una puerta de madera y entraron en una habitación sencilla. En el centro había una mesa rodeada por nueve sillas. Sobre ocho aparecían los nombres de los fundadores de La Trinitaria. La última no tenía nombre.
—¿De quién es esa silla? —preguntó Gabriel.
—Es la silla que Duarte dejó vacía.
—¿Para quién?
—Para cada dominicano dispuesto a continuar su obra.
Gabriel pasó la mano sobre el respaldo. Sintió que aquella silla había esperado mucho tiempo.
—Pero ¿qué puede hacer un ciudadano frente a tantos problemas?
—Todo cambio comienza cuando alguien deja de preguntar quién vendrá a salvar la patria y decide preguntarse qué puede hacer por ella.
Sobre la mesa había un cuaderno. En su primera página aparecía una pregunta: ¿Cómo construiremos una República verdaderamente justa?
—La justicia debe acercarse al pueblo —dijo el anciano—. Podemos estudiar la creación del sistema de jurado para que los ciudadanos sea quienes determinen la culpabilidad o inocencia de los imputados, mientras los jueces garantizan el debido proceso y el cumplimiento de la ley.
—¿Y la Policía?
—Necesitamos descentralizarla progresivamente y crear policías municipales profesionales, próximas a las comunidades, vigiladas por la ciudadanía y responsables ante cada municipio. Cuando las autoridades rinden cuentas, disminuyen los abusos y crece la confianza.
Gabriel continuó leyendo. En la página siguiente encontró otra pregunta: ¿Cómo crearemos empleos y oportunidades para todos?
—Produciendo —respondió el anciano—. Una nación no progresa solamente distribuyendo lo que posee. Progresa cuando aprende a crear riqueza.
Le habló de una República Dominicana con una Flota Mercante Nacional para transportar sus productos y multiplicar sus exportaciones; una Flota Pesquera que aprovechara responsablemente la riqueza del mar; industrias procesadoras de alimentos en cada provincia, para incentivar y multiplicar la producción agropecuaria, y fábricas de equipos solares, eólicos y tecnológicos.
También le habló de universidades conectadas con la producción y de jóvenes capacitados en robótica, microelectrónica, mecatrónica, biotecnología y nuevas tecnologías.
—Cada ciudadano debe tener la oportunidad de estudiar, aprender un oficio, obtener financiamiento y crear su propio negocio. No podemos continuar preparando a los jóvenes solamente para buscar empleos. También debemos formarlos para crear empresas y generar trabajo para otros.
Los ojos de Gabriel comenzaron a cambiar. Ya no veía los problemas como una pared, sino como puertas esperando ser abiertas.
—Si producimos más —dijo—, las empresas crecerán y podrán pagar mejores salarios.
—Exactamente. La verdadera riqueza de una nación no está en las arcas del Estado, sino en la prosperidad de su gente. El trabajo debe permitirle al ciudadano vivir con dignidad.
En otra página había fotografías de niños, envejecientes, ríos y montañas.
—¿Qué significa esto? —preguntó Gabriel.
—Que el progreso debe tener corazón. Debemos alimentar y educar a los niños, proteger a los envejecientes y garantizar oportunidades para las familias vulnerables. Una nación que abandona a sus niños destruye su futuro; una sociedad que olvida a sus envejecientes desprecia su propia historia.
Luego señaló las imágenes de los bosques y las costas.
—Tampoco podemos decir que amamos la patria mientras contaminamos sus ríos, destruimos sus montañas y llenamos sus playas de residuos. La bandera no es solamente un pedazo de tela: también representa la tierra, el agua y el cielo que debemos proteger.
El anciano le habló de una movilización nacional en la que estudiantes, militares, empleados, pensionados, empresarios y organizaciones comunitarias trabajaran en la recuperación de los ríos, la reforestación de las cuencas y la protección de las costas.
También le habló de un servicio militar obligatorio mediante el cual los jóvenes recibieran educación técnica, disciplina y formación ciudadana, mientras participaban en labores de protección civil, reforestación, atención de emergencias y servicio comunitario.
—La patria no necesita jóvenes resignados —afirmó—. Necesita jóvenes preparados para servir, producir y dirigir.
Gabriel cerró el cuaderno.
—Todo eso parece posible, pero hace falta un líder que lo haga.
El anciano negó con la cabeza.
—Hace falta liderazgo, pero ningún líder podrá hacerlo solo. Duarte necesitó a Sánchez, a Mella y a los trinitarios. Los trinitarios necesitaron al pueblo. Las grandes transformaciones son el resultado de una ciudadanía que despierta.
Señaló la silla vacía.
—Ese asiento representa al ciudadano que critica, pero también propone; que exige derechos, pero cumple sus deberes; que rechaza la corrupción y tampoco la practica; que reclama limpieza y no arroja basura; que pide justicia y no busca privilegios; que desea oportunidades y está dispuesto a educarse, trabajar y emprender.
Gabriel comprendió que la patria no era responsabilidad exclusiva del presidente, los ministros, los alcaldes o los legisladores. La patria comenzaba en cada hogar, escuela, empresa, barrio y conciencia.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
—La silla siempre ha sido tuya.
Gabriel tomó asiento y escribió en la última página del cuaderno: “Me comprometo a no abandonar el sueño de la patria.”
Al día siguiente regresó acompañado de varios jóvenes. Había estudiantes, emprendedores, deportistas, profesionales y muchachos que todavía esperaban una oportunidad. No llegaron para lamentarse. Llegaron con propuestas. Unos organizarían jornadas de reforestación; otros crearían clubes de emprendimiento; algunos ayudarían a capacitar jóvenes y varios trabajarían para recuperar y proteger los espacios públicos de sus comunidades.
Cuando Gabriel buscó al anciano para darle las gracias, no pudo encontrarlo. Preguntó a los vecinos, pero nadie conocía a un hombre con aquella descripción. Regresó al Altar de la Patria y, frente a la estatua de Duarte, encontró la pequeña llave antigua. Entonces comprendió.
Quizás aquel hombre había sido un cuidador. Quizás era su propia conciencia. O quizás representaba el espíritu de una patria que se negaba a morir. Gabriel observó a los jóvenes que caminaban por el parque. Ya no vio una generación indiferente. Vio una fuerza contenida, una paciencia reprimida y una esperanza creciente.
El sueño duartiano no había desaparecido. Permanece vivo en cada dominicano que desea justicia, oportunidades y progreso; en cada joven que se niega a abandonar su país, y en cada ciudadano dispuesto a transformar la crítica en participación y la esperanza en acción.
La República Dominicana brillante que anhelamos no llegará como un regalo. Tendremos que pensarla, producirla y construirla juntos. La silla continúa vacía. Espera por usted. Porque la patria no ha renunciado a su sueño. ¿Y usted, está dispuesto a ocupar su lugar?
*El autor es escritor, novelista, político y activista social por una Quisqueya potencia.





