Los del exterior y sus mundos

Por JHONNY TRINIDAD

Hay un país que no aparece en el mapa. No tiene presidente ni himno, pero tiene más de tres millones de habitantes. Se llama la diáspora.

El dominicano del exterior no emigró una vez. Emigra todos los días. Cada mañana cuando se monta al tren en El Bronx, en Lawrence, en Madrid o en Providence, y escucha a su alrededor un idioma que no es el de su infancia, vuelve a cruzar el mar.

Vivimos en dos mundos, pero no a medias. Vivimos en dos mundos completos, y esa es nuestra condena y nuestro privilegio.

Ningún dominicano se va del todo. Dejamos la casa de zinc o de block de la madre, pero nos llevamos el patio. Nos lo llevamos en la forma de hablar, en la bulla, en la necesidad de ponerle sazón a todo, hasta a la tristeza.

El dominicano del exterior es un administrador de la nostalgia. La administra como se administra un salario corto: con cuidado. Una llamada por videocámara a las 7 de la noche. Un viaje en diciembre aunque el pasaje esté carísimo. Un servicio de remesas que es, en realidad, un cordón umbilical. Según el Banco Central, mandamos más de once mil millones de dólares al año. Pero las estadísticas no dicen lo que realmente mandamos: mandamos la prueba de que no nos hemos olvidado, de que seguimos perteneciendo.

Y sin embargo, cuando volvemos, algo se ha movido sin nosotros. El colmado de la esquina ya no es del mismo dueño. El primo que dejamos niño ya tiene hijos. Nosotros hablamos con un acento levemente contaminado, decimos «guau» y «vaina» en la misma frase. Nos miran raro. Somos de allá, pero ya no del todo. En el aeropuerto Las Américas nos sellan el pasaporte como turistas en nuestra propia tierra.

Ese es el primer duelo: descubrir que la isla siguió sin ti.

En el segundo mundo lo tenemos todo y nos falta todo.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

Tenemos trabajo. Tenemos papeles, o estamos luchando por ellos. Tenemos el tren a tiempo, el crédito, la escuela que sí funciona. Tenemos la seguridad de que si llamas al 911, alguien viene. Lo que no tuvimos allá, lo construimos aquí a fuerza de dos trabajos, de madrugadas limpiando oficinas, de manejar taxi doce horas, de estudiar inglés con un hijo en brazos.

Pero aquí somos una nota al pie. Somos el «hispanic» en la planilla. El que tiene que explicar que dominicano no es lo mismo que mexicano o puertorriqueño. El que tiene que traducirse a sí mismo todo el tiempo: traducir su nombre para que lo pronuncien, traducir su humor para que no lo confundan con agresividad, traducir su dolor para que quepa en el formulario del seguro médico.

En Washington Heights tú puedes vivir toda tu vida en español. Puedes comprar plátanos, ir a la barbería, escuchar a Anthony Santos a todo volumen y pensar que nunca te fuiste. Pero basta con salir de la 181 para entender que eres minoría. Y el hijo que nace aquí lo entiende antes que tú. Él ya no sueña en español. Te responde en inglés aunque tú le hables en español. Y ahí empieza el segundo duelo: crías a un dominicano que no será dominicano como tú lo fuiste.

VIVIR EN EL GUION 

El dominicano del exterior vive en un guion. En ese guioncito que une dos palabras: dominicano-americano, dominican-york, dominicano en Europa. Ese guion es nuestro verdadero país.

Es un lugar incómodo. No te deja ser ingenuo. Te obliga a comparar todo el tiempo. Comparas el sistema de salud, la política, la forma en que la gente se saluda. Te vuelves un crítico feroz de ambos mundos porque conoces las mentiras de ambos. Sabes que en República Dominicana no todo es alegría y bachata, y que aquí no todo es oportunidad y orden. Has visto el racismo aquí y la corrupción allá. Ya no te venden paraísos.

Pero ese guion también te da una lucidez que nadie más tiene. Entiendes que la identidad no es un terreno, es una práctica. No eres dominicano porque naciste en Santiago o en San Pedro. Eres dominicano porque decides seguir siéndolo. Porque sigues haciendo el moro con guandules en un apartamento de 40 metros donde no entra bien el aire. Porque le pones a tu hija Altagracia aunque la maestra en la escuela no lo pueda pronunciar. Porque sigues mandando dinero aunque sabes que a veces lo malgastan. Porque votas allá sin vivir allá. Porque defiendes la bachata en una discoteca de Nueva Jersey como si defendieras una bandera.

Somos el puente que nadie agradece pero que todos usan. Sostenemos dos economías, dos familias, dos culturas con la espalda. El país nos necesita para sobrevivir y a veces nos acusa de habernos ido. Este país nos necesita para trabajar y a veces nos acusa de haber llegado.

LA RECONCILIACION

A cierta edad, el dominicano del exterior deja de querer elegir.

Deja de intentar demostrar que es más americano que los americanos o más dominicano que los de la isla. Entiende que su destino no es pertenecer por completo a ningún lado, sino pertenecer de forma diferente.

No somos mitad y mitad. Somos el doble. Tenemos dos formas de reírnos, dos formas de llorar a un muerto, dos formas de entender qué es la hora: la hora americana que es exacta, y la hora dominicana que es humana.

La gran victoria del dominicano del exterior no es la residencia, ni la casa, ni el carro. Es cuando logra que sus dos mundos dejen de pelearse dentro de él. Cuando entiende que no traicionó a la isla al irse, sino que la expandió. Que cada bodega, cada salón, cada taxista que pone a Luis Vargas a las 6 de la mañana en Queens es una embajada sin bandera.

No estamos perdidos. Estamos regados. Que no es lo mismo.

Y mientras haya un dominicano en Paterson pelando un plátano y escuchando al mismo tiempo la sirena de una ambulancia neoyorquina, la isla seguirá siendo más grande que sus 48 mil kilómetros cuadrados.

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