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¿Es difícil controlarlos?

La muerte de un chofer en Santiago reabre el debate sobre la violencia de motoconchistas, la falta de control del tránsito y la urgencia de sanciones ejemplares.

Por Manuel Vólquez

Ocho motoconchistas fueron arrestados por la muerte del conductor de un camión recolector de desechos sólidos del Ayuntamiento de Santiago, identificado como David Carlos Abreu Quesada. Se trató de un incidente aterrador que se originó tras un roce de tránsito y que desató una feroz persecución con propósitos, tal vez, de linchamiento. Actuaron con alevosía y premeditación contra un hombre asustado e indefenso. Esa actuación se castiga, a manera de escarmiento, con penalidades rigurosas, según lo contempla el Código Penal Dominicano, en su Artículo 296, que establece que el homicidio cometido con premeditación y alevosía, se califica como un asesinato.

El acoso quedó captado en video y ha sido ampliamente difundido en redes sociales y medios de comunicación. Resulta que el responsable del audiovisual iba narrando el seguimiento del vehículo por parte de un grupo de motoristas. El conductor, sintiéndose atemorizado, buscó refugio en el área de parqueo del Palacio de Justicia de Santiago. Al desmontarse, fue atacado en la pierna derecha por un enfurecido motorista. Herido, salió huyendo, se desplomó y luego logró desplazarse, arrastrándose, hasta un lugar de la sede judicial, donde fue auxiliado por agentes de seguridad. Esos momentos se registraron en la grabación.

Mientras esperaba la llegada de una unidad del Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1, el autor del vídeo, en vez de socorrerlo o llamar una ambulancia, lo interrogaba como si fuera un juez formulándole insistentes preguntas: ¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde vives? ¿Con quién tu vives? ¿Qué fue lo que pasó, por qué te perseguían? En medio de las lluvias de preguntas necias, el hombre gritaba por ayuda: “Ay, me mataron”, “No me dejen morir, por favor”. “Estoy apuñalado. ¡Ay Dios! No me deje desangrar Dios mío, padre eterno!» Pero nadie hacía nada, mientras la sangre salía rauda de la pierda atacada. Lamentablemente, perdió mucha sangre y falleció mientras recibía atenciones en un centro de salud. Esa situación no debe continuar, bajo ninguna circunstancia.

Los ataques de algunos motoristas son frecuentes. Es el menú que caracteriza el tránsito vehicular en nuestro país. Lo cierto es que hay conductores que, con mucha precaución, extreman las medidas defensivas frente al volante para no atropellarlos, cuando realizan rebases cruzados con maniobras temerarias en calles, avenidas o carreteras. La mayoría de los motorizados llevan el código de imprudencia en la sangre. Por demás, son agresivos, irracionales, salvajes, profanadores persistentes de la Ley de Tránsito y se creen los dueños de las calles. La mayoría conduce sin licencia ni seguro vehicular. Las autoridades del tránsito lo saben, pero pocas veces los intervienen.

Casos similares han difundido las redes sociales en años anteriores. Los motoristas, que se sienten intocables, mantienen la repudiada conducta de agredir a conductores por ligeros roces de vehículos. Es una narrativa que se ha repetido en diferentes puntos del país. Atacan en manadas, como los lobos, con piedras, botellas y otros objetos rústicos; después desaparecen raudos de la escena para eludir a los agentes policiales. ¿Qué pasaría si algún conductor agredido portara un arma de fuego?

Según cifras oficiales de 2025, en la República Dominicana, el parque vehicular total alcanzó 6,608,779 unidades, con una predominancia de 3,825,353 motocicletas (57.88%). Se registraron 270,801 nuevos vehículos de dos ruedas durante el año, pero solo 10,827 personas tienen licencia para conducirlas, lo que representa apenas el 0.3% de la población autorizada a manejar ese medio de transporte. Es un caos total.

Esos individuos operan como chivos sin ley y con absoluto libre albedrío. La dirección  ejecutiva del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre ha insistido en la necesidad de reforzar la regulación de las motocicletas y de combatir las confrontaciones en las vías públicas. No dudamos de esas buenas intenciones. No obstante, si están trabajando en ese asunto, la estrategia no ha dado resultados, no ha funcionado, a juzgar por las cuotas de incidentes como el de Santiago. ¿Es tan difícil controlarlos? No lo creo. Pienso que ha faltado coraje y, sobre todo, voluntad política para erradicar de las vías esa pandemia vial, que acumula muchas tragedias innecesarias.

 

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