Por JHONNY TRINIDAD
Hay una enfermedad democrática que no aparece en los indicadores macroeconómicos, pero que explica muchas de nuestras desgracias: la trivialización de la Presidencia de la República.
En República Dominicana hemos llegado a un punto peligroso. El cargo más exigente del Estado, el que decide entre la guerra y la paz, el que maneja el 30% del Producto Interno Bruto, el que negocia con Washington, con el FMI, con Haití y con el narco, se ha convertido en una ocurrencia de sobremesa. Basta tener una cuenta de TikTok con muchos seguidores, haber sonado en la radio, haber hecho un dinero rápido o simplemente estar aburrido, para que cualquier saltapatrás amanezca creyéndose presidenciable.
No es democracia. Es degradación.
DE LA CARRERA POLÍTICA AL CASTING DE FAMOSOS
Antes, con todos sus defectos, la política dominicana exigía un cursus honorum. Se empezaba en un comité de base, se era dirigente medio, regidor, diputado, se pasaba por una secretaría de Estado, se leía un libro. Había que formarse en la escuela de Bosch, de Peña Gómez, de Balaguer. La Presidencia era la culminación de una vida.
Hoy esa escalera se rompió.
El sistema de partidos, que la Constitución manda como garante de la democracia, se convirtió en una franquicia que se alquila. No necesitas militancia ni ideología. Solo necesitas dinero para comprar un sello, un abogado que te inscriba en la JCE y un equipo que te haga tres jingles.
Vivimos la era del outsider como fetiche. Como la clase política tradicional ha fallado -y ha fallado mucho- el elector, con razón, desprecia a los políticos. Pero de ese desprecio legítimo hemos pasado a una conclusión absurda: que cualquiera que no sea político está más capacitado que un político. Como si para operar a corazón abierto prefiriéramos a un mecánico porque desconfiamos de los cirujanos.

Y ahí aparecen ellos: el empresario que quebró tres empresas pero se cree gerente de un país, el comunicador que nunca ha administrado ni una junta de vecinos, el expelotero, el exponente urbano, el pastor, el que se hizo viral por una frase. Gente que no distingue entre deuda externa y deuda interna, entre política monetaria y fiscal, entre OTAN y OEA, pero que con una cachucha y un slogan creen que pueden sentarse en el sillón de Palacio.
EL CULPABLE NO ES EL SALTAPATRÁS. SOMOS NOSOTROS
No culpemos al saltapatrás. El saltapatrás hace lo que le permite el sistema.
El primer culpable es un sistema electoral que no filtra nada. En RD para ser candidato presidencial solo necesitas ser dominicano, tener 30 años y no tener antecedentes penales. No se exige ni siquiera haber terminado el bachillerato, ni presentar un programa de gobierno auditado, ni demostrar competencia mínima. En cualquier empresa seria para ser mensajero piden más requisitos que para ser Presidente de una nación de 11 millones.
El segundo culpable son las redes sociales. Antes el aspirante tenía que convencer a una estructura, a intelectuales, a periodistas serios. Hoy le basta con pagar 5 mil dólares en pauta segmentada y crear una burbuja de aplausos. El algoritmo premia la estupidez, no la profundidad. Un bailecito en TikTok vale más que 40 años de militancia. Hemos confundido popularidad con liderazgo y alcance con autoridad.
El tercer culpable somos los partidos mayoritarios. PLD, PRM, Fuerza del Pueblo, PRD. Cuando los partidos dejan de formar cuadros, cuando convierten sus primarias en subastas, cuando venden candidaturas al mejor postor, le mandan un mensaje al país: aquí no se necesitan ideas, se necesita dinero. Y si es dinero lo que se necesita, el narco, el lavador y el buscón entienden que también pueden jugar.
LO QUE CUESTA LA IMPROVISACIÓN
Esta no es una queja elitista. Es una advertencia práctica.
Un país no se gobierna con ocurrencias. Un Presidente que no entiende el Estado es un peligro para la estabilidad. Lo hemos visto en América Latina. Improvisados que llegan, destruyen lo poco institucional que hay, reparten el Estado entre amigos, se rodean de adulones porque no toleran un técnico que les diga que no, y terminan generando crisis que pagamos todos.
Ser Presidente de República Dominicana hoy exige entender la complejidad del tema haitiano sin caer en el discurso fácil, negociar un tratado de cielos abiertos sin entregar la soberanía, manejar una deuda de 70 mil millones de dólares sin quebrar al Banco Central, reformar la Policía sin que te hagan un golpe blando, y lidiar con dos potencias que nos ven como patio trasero.
Eso no se aprende en un live de Instagram. Eso se estudia, se sufre y se aprende al lado de gente que sabe.
RESTAURAR EL RESPETO POR LA PRESIDENCIA
Si queremos salvar la democracia dominicana, tenemos que volver a hacer difícil llegar a Presidente.
1. Ley de partidos real: Que obligue a todo candidato presidencial a tener al menos 10 años de militancia probada y formación política certificada. Que elimine el alquiler de partidos.
2. Debates obligatorios y técnicos: No debates de frases hechas en televisión. Debates con pizarra, con datos, con un panel de economistas, de abogados constitucionalistas y de expertos en relaciones internacionales que desnuden al improvisado.
3. Financiamiento transparente: Que la JCE y la Procuraduría expliquen de dónde sacó un recién llegado 500 millones de pesos para poner vallas en todo el país en tres meses.
4. Voto consciente: Y aquí nos toca a nosotros, el ciudadano. Tenemos que dejar de votar por el que nos cae simpático y empezar a votar por el que está preparado. El carisma sin competencia es un accidente esperando a ocurrir.
La Presidencia de la República no es un premio de consolación para el ego. No es un reality show. No es el siguiente escalón después de ser regidor, diputado o influencer.
Es el destino de un pueblo.
Y hasta que no entendamos que no cualquier saltapatrás puede -ni debe- ser presidente, seguiremos condenados a elegir entre lo malo y lo peor, mientras los mejores, los que sí se han preparado, miran la política con asco y deciden no participar.
Y cuando los buenos se retiran, los saltapatrases gobiernan.





