Por JHONNY TRINIDAD
Nadie se va de su país por gusto. Esa mentira romántica de que nos fuimos «buscando sueños» es una forma elegante de no decir la verdad. Nos fuimos porque el Estado dominicano nos falló. A todos. En todo. Y nos sigue fallando desde lejos.
Nos fuimos no porque no amáramos a República Dominicana. Nos fuimos porque la amábamos y no podíamos vivir en ella.
NOS FALLÓ CUANDO NECESITÁBAMOS SEGURIDAD
Nos falló cuando salíamos a las 6 de la mañana a trabajar y no sabíamos si íbamos a volver vivos. Cuando nos atracaron frente a nuestra propia casa y la Policía nos dijo «eso no aparece». Cuando mataron al primo, al vecino, al hijo de la doña del colmado, y el caso se quedó en un acta que nadie investigó.
Nos fuimos porque estábamos hartos de vivir con el miedo como uniforme. De mirar por el retrovisor, de no sacar el celular en la calle, de tener que pagar peaje a un delincuente para que no nos robe. Un Estado que no te puede garantizar que vas a llegar vivo a tu casa no es un Estado. Es un territorio sin ley. Y de ahí uno huye.
CUANDO NECESITÁBAMOS SALUD
Nos falló cuando fuimos a un hospital y no había ni gasa. Cuando tuvimos que comprar la jeringuilla, el suero, la receta y pagarle a la camillera para que atendiera a nuestra madre. Cuando vimos a nuestra abuela morir en una camilla en el pasillo porque no había cama, mientras por televisión inauguraban un hospital de lujo que nunca funcionó.

Nos falló cuando entendimos que en República Dominicana la salud es un privilegio, no un derecho. Si tienes dinero, vives. Si no tienes, te mueres. Y la mayoría de nosotros no teníamos dinero para comprar la vida.
Nos fuimos buscando un lugar donde una fiebre no fuera una sentencia de bancarrota.
CUANDO NECESITÁBAMOS TRABAJO DIGNO
Nos falló cuando nos graduamos con honores y el único trabajo que encontramos fue en una banca, en un call center por 15 mil pesos, o de asistente del asistente del primo de un funcionario. Cuando vimos que para entrar a cualquier sitio no necesitabas currículum, sino padrino. Cuando entendimos que el apellido pesaba más que el título y la militancia partidaria más que la capacidad.
Nos falló cuando trabajábamos 44 horas a la semana y no nos alcanzaba para pagar una casa, una luz cara, una comida cara, una gasolina más cara que en Estados Unidos ganando diez veces menos.
Nos fuimos porque nos cansamos de ser profesionales de la miseria. De trabajar mucho y no progresar nunca.
CUANDO NECESITÁBAMOS JUSTICIA
Nos falló cuando fuimos a poner una querella y nos pidieron «para la gasolina». Cuando vimos al que nos robó salir libre a los dos días porque tenía un tío coronel. Cuando vimos a los políticos robarse miles de millones y salir en libertad con brazalete en su mansión, mientras al hijo del barrio le echan 20 años por robarse un salami.
Nos falló cuando entendimos que en RD la justicia no es ciega. Es bizca. Mira para un solo lado. Para el lado del que tiene poder.
Nos fuimos porque no queríamos criar a nuestros hijos en un país donde lo malo se premia y lo bueno se castiga.
Y NOS SIGUE FALLANDO DESDE FUERA
Lo más doloroso es que incluso después de irnos, el Estado nos sigue fallando.
Nos falla en el consulado, donde nos cobra el pasaporte más caro del mundo y nos trata como limosneros. Nos falla cuando queremos invertir en RD y nos topamos con la misma burocracia, la misma corrupción, el mismo «búscate un buscón». Nos falla cuando deportan a un dominicano que cometió un error hace 20 años y el Estado no es capaz de recibirlo con un programa real de reinserción.
Nos falla cuando cada cuatro años vienen a buscarnos como si fuéramos una alcancía. «Vengan a votar», «ustedes son la patria», «ustedes sostienen el país con las remesas». Y sí, sostenemos el país. Mandamos 10 mil millones de dólares al año. Más que el turismo. Más que la inversión extranjera. Sostenemos a nuestras familias porque el Estado no las sostiene. Y a cambio, ¿qué recibimos? Un discurso y una bandera en el aeropuerto.
Somos buenos para mandar dólares, pero no para exigir derechos.
NO SOMOS TRAIDORES, SOMOS SOBREVIVIENTES
Que nadie nos llame traidores. Traidor es el Estado que nos expulsó. Traidor es el sistema que hizo que una madre prefiriera despedir a su hijo en el aeropuerto con el corazón roto, antes que verlo sin futuro en su propia tierra.
Nosotros no abandonamos a República Dominicana. República Dominicana nos abandonó primero.
Nos fuimos llorando en un avión, con una maleta llena de ropa y de culpa. Nos fuimos dejando a nuestra madre, a nuestro barrio, a nuestro olor, a nuestra bachata del domingo. Nadie deja eso por ambición. Se deja por desesperación.
Y a pesar de todo, aquí estamos. Levantándonos a las 4 de la mañana en el frío de Boston, en el calor de Madrid, en el tráfico de Nueva York, para trabajar honradamente, para mandar 200 dólares a fin de mes, para mantener viva una casa allá que ya no es nuestra casa.
Seguimos siendo dominicanos. Más dominicanos que muchos que se llenan la boca con la patria mientras la saquean.
Nos fuimos porque el Estado nos falló. Pero no nos fuimos porque dejamos de querer a nuestro país. Nos fuimos, precisamente, porque lo queríamos tanto que no soportábamos ver cómo nos lo mataban todos los días frente a nuestros ojos.





