Por LUIS MARIA RUIZ POU
Se entiende como dogma, el principio innegable de creencias indiscutibles que obliga a sus seguidores a cumplir con su disciplina.
El hombre es un ser libre, con capacidad de autodeterminación, es decir, capaz de obrar luego de una libre elección. Esta elección se lleva a cabo como resultado de un conocimiento que define el carácter de una conducta, ya que está vinculado con una conciencia moral que aprueba o desaprueba un determinado acto.
El concepto de dogma implica la aceptación de principios innegociables, creencias indiscutibles que obligan a sus seguidores a una disciplina rígida. En el terreno político, cuando un movimiento se convierte en dogma, se anula la deliberación racional y se sustituye la ética por la obediencia. El hombre, al ser libre y capaz de autodeterminación, pierde su brújula moral cuando se somete a consignas absolutas.
Ralph Waldo Emerson se preguntaba si la humanidad podría renovar indefinidamente sus aspiraciones éticas sin depender de imperativos dogmáticos. La respuesta que ofrece el movimiento MAGA parece negativa: sus seguidores no apelan a la razón ni a la experiencia social, sino a un mandato incuestionable. La ética, entendida como el conjunto de valores que regulan el bien y el mal, queda subordinada a un eslogan político.

La moral, el derecho y los usos sociales forman parte de un todo mayor: la ética. Esta no es una abstracción, sino la relación con el otro. Cada acto repercute en una vida concreta. “Nunca se roba algo, se le roba a alguien”. Bajo esta premisa, la moral implica una autoimposición libre, no una obligación externa. Sin embargo, el MAGA transforma la moral en disciplina impuesta, donde el “bien” se define por la fidelidad a Trump y no por el respeto a la dignidad humana.
Sistema de creencias
Desde 2015, Donald Trump popularizó el lema “Make America Great Again”, convertido en bandera de un movimiento conservador y nativista. Aunque Reagan lo utilizó en 1980, fue Trump quien lo registró y lo transformó en doctrina. Sus seguidores lo interpretan como un llamado a recuperar la economía, el poder militar y los valores tradicionales frente al supuesto declive causado por inmigración, la globalización y el multiculturalismo. Lo que en apariencia es un proyecto de renovación nacional, en la práctica se convierte en un grito de guerra que sustituye la ética política por la obediencia dogmática.
El MAGA no es solo un lema de campaña: es un sistema de creencias que orbita alrededor de la figura de Trump. La administración lo impulsa como doctrina sustitutiva de la Doctrina Monroe, imponiendo aranceles y políticas de confrontación bajo la lógica del “recuperar lo perdido”. En este sentido, el MAGA se erige como una doctrina dogmática, donde la verdad política no se discute, se acata.
La pregunta central es: ¿dónde está la ética y la moral en este movimiento? La ética exige reconocer al otro, respetar la pluralidad y garantizar la justicia. El MAGA, en cambio, se construye sobre la exclusión del inmigrante, la negación del multiculturalismo y la exaltación de un nacionalismo rígido. La moral, que debería ser una elección libre hacia el bien, se convierte en disciplina impuesta por el líder. El resultado es una política sin ética, un dogma que sustituye la deliberación por la obediencia.
Cuando un movimiento político se convierte en dogma, la democracia se degrada en culto. El MAGA, al imponer una disciplina sin ética, erosiona la libertad y la conciencia moral de sus seguidores. Si Estados Unidos acepta esta doctrina como norma, corre el riesgo de sustituir la ética política por la obediencia ciega, y la deliberación democrática por la imposición autoritaria. La historia enseña que los dogmas políticos terminan en exclusión y violencia. La advertencia es clara: un pueblo que renuncia a la ética en nombre de un lema se expone a perder no solo su grandeza, sino su humanidad.





