Por JHONNY TRINIDAD
Esa es la realidad. Cruda, pero cierta. En la diáspora dominicana el premio mayor no se lo lleva el que más ha trabajado por la comunidad. Se lo lleva el que más cerca estuvo del candidato ganador.
Visa diplomática, pasaporte oficial, salario en dólares, chofer, oficina con vista a Manhattan, secretaria, viajes, cócteles y alfombra roja. Todo eso, para personas que nunca organizaron una colecta para repatriar un cadáver, nunca defendieron a un dominicano frente a un casero abusivo, nunca dieron una clase de inglés gratis, nunca aparecieron cuando la comunidad los necesitó.
Ese es el modelo consular dominicano. Y es una vergüenza.
EL NEGOCIO REDONDO
Ser cónsul, vicecónsul o empleado de confianza del Consulado Dominicano en Nueva York, Boston, Miami o Madrid es el negocio redondo de la política dominicana.
No hay que concursar. No hay que presentar credenciales. No hay que hablar inglés. No hay que haber vivido en la diáspora. Basta con haber estado en la tarima, con haber financiado, con haber sido leal.
De la noche a la mañana, el compañero que nunca tuvo un trabajo estable pasa a ganar 3,000, 5,000 y hasta 8,000 dólares mensuales, libres de impuestos locales, con seguro médico internacional, con visa diplomática que le permite entrar sin hacer fila, con pasaporte que lo hace sentir importante.

Y la diáspora mira. Mira atónita cómo llegan los mismos que nunca estuvieron. Cómo se instalan en oficinas lujosas pagadas con el dinero de los pasaportes carísimos que esa misma diáspora paga.
Porque hay que decirlo claro: el Consulado de Nueva York no lo mantiene el presupuesto nacional. Lo mantiene el bolsillo del dominicano de afuera. Cada pasaporte de 180 dólares, cada poder de 150, cada acta de 100, paga esos salarios. El dominicano que limpia pisos en Queens financia el lujo del funcionario que lo mira por encima del hombro.
FUNCIONARIOS SIN COMUNIDAD
Pregunte en cualquier barrio. En Washington Heights, en Lawrence, en Providence, en Paterson. ¿Quién es el vicecónsul? Nadie lo sabe. ¿Qué ha hecho por la comunidad? Nada. ¿Dónde estaba durante la pandemia, cuando cientos de dominicanos murieron sin poder enterrar a sus familiares? ¿Dónde estaba cuando redadas migratorias separaron familias? ¿Dónde estaba cuando los alquileres se dispararon y los dominicanos fueron desalojados?
No estaba. Nunca ha estado. Porque no es de ahí. No conoce a nadie. Llegó hace tres meses desde Santo Domingo con su visa diplomática y su contrato en dólares.
Y eso duele. Duele porque la diáspora tiene líderes de verdad. Mujeres que llevan 20 años dirigiendo organizaciones sin fines de lucro, abogados que defienden gratis a indocumentados, maestros que dan clases de español a los hijos de dominicanos, empresarios que crean empleos, activistas que luchan contra la violencia doméstica. Gente que sí ha hecho. Gente que sí conoce. Gente que sí merece representar al país.
Pero esa gente no cobra en dólares. Esa gente no tiene oficina lujosa. Esa gente es la que hace la fila en el consulado.
LA VISA DIPLOMÁTICA COMO SÍMBOLO DE LA DESCONEXIÓN
La visa diplomática A1 o G, que debería ser un instrumento para facilitar la labor de un servidor del Estado, se ha convertido en el símbolo de la desconexión.
Con esa visa, el funcionario entra a Estados Unidos como privilegiado, pero no puede entender la vida del que entró cruzando la frontera, o del que tiene 10 años esperando papeles, o del que vive con miedo a una carta de inmigración. ¿Cómo va a entender el drama migratorio alguien que nunca ha hecho una fila en inmigración? ¿Cómo va a defender a la diáspora alguien que ve la diáspora como un castigo temporal hasta que lo nombren en un ministerio en Santo Domingo?
Esa es la contradicción. Le damos el cargo más cercano a la diáspora a la persona más lejana a ella.
UN CONSULADO DE CARRERA, NO DE CAMPAÑA
La solución no es compleja. Es voluntad política.
Los consulados en ciudades con más de 100 mil dominicanos deben ser dirigidos por personal de carrera consular o por dominicanos de la diáspora con trayectoria comprobada. Concurso público, con requisitos claros: residencia mínima de 5 años en la jurisdicción, dominio del idioma, experiencia gerencial, hoja de servicio comunitario y plan de gestión.
Los sueldos en dólares deben justificarse con productividad. No puede ser que una persona gane 5,000 dólares por ir dos veces a la semana a una oficina lujosa. Cada cargo debe tener metas, horarios y evaluación pública.
Y las oficinas lujosas deben acabarse. Un consulado no necesita mármol ni cristales. Necesita computadoras que funcionen, personal que hable español e inglés, sillas para los envejecientes, un espacio para los niños, y un letrero que diga: aquí se respeta al dominicano.
Mientras sigamos premiando con visa diplomática, salario en dólares y oficina lujosa a quienes nunca han hecho nada por la diáspora, le estamos mandando un mensaje clarísimo a nuestra gente de fuera: para nosotros, ustedes no cuentan. Solo cuentan sus remesas y sus votos.
Y una comunidad que aporta más de 10 mil millones de dólares al año merece mucho más que eso. Merece respeto.





