Por Edwin Cuello
El estruendo de una traición suele ser tan ensordecedor que, con frecuencia, logra opacar el silencio laborioso de la lealtad. En el contexto actual, los recientes escándalos de corrupción que han sacudido los cimientos de la Policía Nacional y ciertos estamentos del Ministerio Público —como se ha evidenciado en recientes investigaciones de casos o megacasos de corrupción y en recientes acciones para desarticular redes criminales— generan una lógica indignación colectiva. Sin embargo, juzgar a la totalidad de estas instituciones por el accionar desviado de unos pocos es incurrir en un error de perspectiva. Estos casos no representan la norma, sino la anomalía; son el síntoma de individuos que, sucumbiendo a la ambición, traicionaron el juramento de servir a la sociedad. El ruido molestoso de la inconducta de algunos jamás opacará el combate frontal de la lucha contra la corrupción y la criminalidad en todas sus formas, porque como reza la frase: “El mundo no está en peligro por los que hacen el mal, sino por los que se sientan a observar y no hacen nada”.
Es fundamental postular que nuestras instituciones de control social poseen anticuerpos morales que ya han comenzado a reaccionar. La prueba más fehaciente de que la honestidad prevalece es que son los mismos órganos de persecución penal los que están identificando, procesando y encarcelando a sus propios miembros. Si la corrupción fuera la regla y no la excepción, no existiría la voluntad política ni técnica para desmantelar redes que operaban al margen de la ley o sustraían pertrechos oficiales. El hecho de que el sistema sea capaz de depurarse a sí mismo es una señal de vitalidad ética, confirmando que la integridad de la mayoría sigue siendo el motor que impulsa el Estado de Derecho.
Esta realidad encuentra un eco perfecto en la analogía histórica de los doce discípulos. Aquel grupo primigenio estaba compuesto por hombres con defectos y virtudes, seres humanos sujetos a las presiones de su tiempo, pero unidos por un marco de valores y el amor al prójimo dictado por su Maestro. De esa docena, solo uno, Judas Iscariote, optó por la traición a cambio de unas monedas. La infamia de Judas no invalidó la santidad de los otros once, ni restó mérito al sacrificio y la obra que estos continuaron. De la misma forma, el oficial que vende su integridad no borra el sacrificio del agente que patrulla bajo el sol, ni el fiscal que claudica puede anular la probidad de los cientos de fiscales que, con rigor científico y ético, logran sentencias condenatorias firmes contra el crimen organizado.
La eficacia de nuestro sistema de justicia se sostiene sobre la labor de una mayoría silenciosa que rechaza el soborno y elige la dignidad del deber cumplido. La desarticulación de redes criminales de alto perfil y la obtención de fallos irrevocables en los tribunales no son producto del azar, sino del esfuerzo de hombres y mujeres de uniforme y toga que actúan con honor y transparencia. Por tanto, al analizar la crisis de confianza que generan los corruptos, debemos recordar que la historia siempre registra el nombre del traidor por su rareza, mientras que la lealtad de los muchos se da por sentada. Al final del día, la balanza de la justicia sigue inclinada hacia la integridad, recordándonos que, aunque hagan mucho ruido, los Judas siempre son menos.
El autor es Procurador Fiscal





