Por Jhonny Trinidad
Hay dos Repúblicas Dominicanas. Una cabe en 48,310 kilómetros cuadrados. La otra no cabe en ningún mapa. Vive en El Bronx, en Lawrence, en Madrid, en San Martín, en Providence, en Orlando. Habla español con acento mezclado, trabaja doble turno, manda 200 dólares cada quince días y sueña con volver, aunque sabe que quizá no vuelva nunca.
Esa segunda República es la que sostiene a la primera. Y todavía no la hemos entendido.
Nos gusta decir que la diáspora es importante. Lo decimos en cada discurso. Lo repetimos en cada campaña. Pero la tratamos como una alcancía, no como una comunidad. Nos interesa lo que envía, no lo que piensa. Nos importa la remesa, no la persona.
En 2024, los dominicanos en el exterior enviaron más de 10,800 millones de dólares. Eso es más que todo lo que genera el turismo neto y casi cuatro veces más que la inversión extranjera directa. Sin esa segunda República, la primera colapsa. Sin Washington Heights, no hay estabilidad cambiaria en la Churchill. Es así de simple y así de brutal.
Y sin embargo, ¿qué le devolvemos?
Le devolvemos consulados que parecen castigo. Filas desde las 4 de la mañana para una cita de pasaporte. Un poder notarial que cuesta 125 dólares por una firma. Una renovación de cédula que tarda seis meses porque «la valija no ha llegado». Le devolvemos una JCE que abre tres centros para 2.5 millones de dominicanos en Estados Unidos.

Le devolvemos diputados que no viven donde viven sus votantes. Que no sufren la renta de Queens, ni el miedo a una redada del ICE, ni la angustia de un hijo que no habla bien español y se está perdiendo. Diputados que, en muchos casos, usan la curul de ultramar como premio de consolación de una lucha interna en Santo Domingo.
Le devolvemos indiferencia.
El dominicano en el exterior no es un dominicano a medias. Es un dominicano completo, con derechos completos. Dejó el país, pero el país no lo dejó a él. Sigue pagando por el solar de su madre en Villa Mella, sigue pendiente de si el primo consiguió trabajo en la zona franca, sigue votando, sigue opinando en los grupos de WhatsApp de su barrio a las 11 de la noche, hora de Nueva York.
Pero el Estado dominicano lo sigue viendo como un visitante. Como alguien que «ya se fue». Y esa es la gran traición.
Necesitamos cambiar el pacto con la diáspora. No con discursos, con leyes.
Primero: Ciudadanía de servicios, no de consignas. El dominicano en el exterior debe poder hacer todo lo que hace un dominicano aquí, desde allá. Cédula, pasaporte, acta de nacimiento, doble nacionalidad para sus hijos, afiliación a SENASA, pago de impuestos, todo en línea, sin tener que ir a un consulado que queda a cinco horas en autobús. Si podemos votar por internet, ¿por qué no podemos sacar un acta?
Segundo: Protección real, no retórica. Más de 300 mil dominicanos están en situación migratoria vulnerable en Estados Unidos y Europa. ¿Dónde está la defensa legal del Estado dominicano? Necesitamos una red de abogados de oficio pagados por el Estado en las ciudades con mayor concentración dominicana, como ya lo hace México con sus consulados. No es caridad, es obligación constitucional.
Tercero: Inversión productiva de la remesa. Seguimos permitiendo que 10 mil millones se vayan en consumo y en «clavos» y electrodomésticos que se compran en Miami. ¿Por qué no existe un Fondo de Inversión de la Diáspora que permita a un dominicano en Boston invertir en una nave en San Francisco de Macorís, en una finca en Constanza o en un edificio de apartamentos en Santiago, con seguridad jurídica y sin tener que mandarle el dinero a un primo que luego no le contesta?
Y por último, lo más importante: dejar de ver al dominicano de allá como un dominicano de menos.
El que se fue no es menos patriota que el que se quedó. A veces es más. Porque quedarse es difícil, pero irse y seguir amando a tu país desde una factoría en invierno, con las manos rotas y la nostalgia atravesada, eso también es patriotismo. Quizá del más puro.
Hay una segunda República Dominicana que no nos pide que la mantengamos. Nos pide que la respetemos.
Ya es hora de que la primera entienda que sin la segunda, no hay país.






