Por: Jhonny González
La frase es de Javier Milei, de allí las comillas, expresada por el Primer Mandatario argentino durante un evento organizado por Meta, la firma dueña de Facebook, Instagram y WhatSapp, para analizar el contexto de las criptomonedas frente a la actuación de los bancos centrales y el control absoluto sobre el papel moneda. Interesantísimo lo que ahí se dijo, pero quise adaptar la frase a la realidad actual del país.
La República Dominicana enfrenta una crisis de corrupción que definitivamente está enraizada en la estructura misma del Estado. La nación vive una preocupante espiral de irregularidades que alcanzan hasta las más altas esferas del poder.
La administración del presidente Luis Abinader, quien prometió cambios profundos en la transparencia y en el manejo de los fondos públicos, ha protagonizado varios casos de corrupción, aunados a una desenfrenada política de endeudamiento, generando desilusión y un sentimiento de que el Estado continúa operando bajo una lógica insaciable de poder y saqueo.
Uno de los temas más sensibles que han salido a luz pública, recientemente, ha sido la contratación de inmuebles para oficinas gubernamentales a precios exorbitantes. En vez de impulsar una gestión pública eficiente, se opta por alquilar edificios con pagos excesivos que sobrecargan el presupuesto estatal.
No se trata solo de una mala decisión administrativa, sino de un claro abuso de poder donde el dinero público parece usarse en beneficio de grupos específicos. ¿Por qué alquilar cuando el gobierno tiene inmuebles propios que podrían ser adaptados a costos menores? La respuesta se vuelve evidente al observar las conexiones entre algunos propietarios de edificios y funcionarios de alto nivel.
Otra de nuestras grandes tragedias es la creciente deuda pública. Durante la pandemia, muchos gobiernos se endeudaron para paliar los efectos económicos, algo comprensible hasta cierto punto. Sin embargo, en la República Dominicana, la deuda sigue creciendo de manera alarmante -ya sobrepasa el umbral de los 45 mil millones de dólares-, mientras que la ciudadanía desconoce en qué se están invirtiendo esos recursos.
Los préstamos no solo comprometen las finanzas futuras, sino que colocan a la población en una posición de vulnerabilidad. A pesar de los constantes anuncios de desarrollo, los dominicanos no ven mejoras significativas en los servicios públicos, en la infraestructura o en la calidad de vida.
Resulta inquietante pensar que este patrón de comportamiento pueda estar replicándose en muchas otras áreas de la administración pública. La cleptomanía estatal es como una máquina voraz: la corrupción no solo absorbe los recursos financieros, sino que destruye la confianza pública y socava las bases de la democracia.
No hay responsabilidad ni transparencia en el manejo de los recursos, y el descontento popular crece ante un Estado que parece siempre hambriento de más, pero que rara vez satisface las necesidades de su gente.
La sociedad dominicana necesita que se impongan controles estrictos y se promueva una cultura de transparencia, donde el acceso a la información pública sea real y no meramente formal. Es vital que el Estado se convierta en un verdadero servidor público, no una maquinaria insaciable, cuyas fauces, devoran el erario público sin el más mínimo rubor y, al mismo tiempo, destruye las esperanzas de un mejor futuro para el país.
El autor es licenciado en Estudios Internacionales, Periodista y ex diplomático.





