Por JHONNY TRINIDAD
Nos encanta decirlo en los discursos de graduación de las escuelas públicas: «De aquí saldrá el próximo Albert Pujols, la próxima Cardi B, el próximo empresario». Aplaudimos. Nos emocionamos. Repetimos la frase como un mantra: La pobreza genera talentos.
Yo crecí escuchándola en Higüey. La decía mi abuela mientras colaba café a las cinco de la mañana. La decían los locutores de radio cuando un muchacho del barrio bateaba de 4-4. La decían los políticos cada cuatro años. Y durante mucho tiempo me la creí tal cual, como si la pobreza fuera una especie de academia militar que forja carácter.
Hoy, después de ver a demasiados talentos apagarse antes de los 25 años, pienso distinto. Sí, la pobreza genera talentos. Pero no los genera por nobleza. Los genera por necesidad. Y cobra una comisión demasiado alta por cada uno que logra salir.
INGENIERÍA DE LA ESCASEZ
Un niño de clase media aprende robótica con un kit de 200 dólares que le llega por Amazon. Un niño de Los Mina aprende ingeniería inversa desarmando el único control de televisión que hay en la casa y volviéndolo a armar para que funcione. Los dos aprenden. Pero solo uno tiene derecho a equivocarse.
Esa es la primera gran diferencia. La pobreza no te da tiempo de practicar. Te exige perfección inmediata.
El muchacho que corta pelo en una silla plástica debajo de una mata de mango no puede decirle al cliente «vuelve mañana, estoy aprendiendo». Si queda mal, no come. Entonces aprende a pulso, a ojo, a memoria muscular, en una sola pasada. Desarrolla una precisión que ningún curso de barbería de 500 dólares puede enseñar.
La niña que vende habichuelas con dulce en Semana Santa aprende a los 10 años a calcular costos, margen, inversión y ganancia, sin saber que eso se llama finanzas. Aprende a leer al cliente, a negociar, a guardar. Esa es la escuela de negocios más exigente del mundo, y no da título.
Por eso, cuando ese muchacho llega a una academia formal, vuela. Porque ya trae 10,000 horas de práctica que nadie le contó.
EL PRECIO INVISIBLE
Pero aquí viene lo que no contamos en los discursos.
Por cada bachatero que sale de un colmado, hay cien guitarristas que vendieron la guitarra para pagar la luz. Por cada pelotero firmado, hay mil que se quedaron con la rodilla rota a los 17 sin seguro médico y sin plan B. Por cada programador autodidacta que hoy trabaja para una empresa en Texas desde su casa en Villa Mella, hay veinte que se quedaron sin laptop porque tuvieron que empeñarla.
La pobreza genera talentos, sí, pero los genera en modo lotería. Uno gana y el sistema usa a ese uno para justificar que los otros 99 no lo intentaron lo suficiente.
Y eso es cruel. Porque convierte una falla estructural en una falla individual. Si no saliste, es porque no fuiste suficientemente talentoso, suficientemente fajador. No porque no había agua potable en tu escuela, ni transporte, ni internet, ni un maldito profesor de inglés que llegara todos los días.
Además, el talento que nace de la pobreza casi siempre nace con culpa. El que se va siente que traiciona. El que se queda siente que fracasa. El pelotero que firma por 1.5 millones no solo compra una casa; mantiene a seis familias, paga la operación de la tía, la universidad del primo. Su talento deja de ser suyo. Se vuelve una empresa familiar de supervivencia.
¿Cuánto talento se pierde por esa carga? ¿Cuántos dejan de experimentar, de fallar, de crear cosas raras, porque no pueden darse el lujo de fallar?
LO QUE REALMENTE GENERA EL TALENTO
Entonces, ¿qué es lo que realmente genera el talento? No es la pobreza. Es la dignidad dentro de la pobreza.
Es la madre que, aunque gana 15,000 pesos al mes, dice «en esta casa se lee». Y pone a sus hijos a leer el mismo libro de Nacho tres veces. Es el padre motoconchista que no sabe de software pero le dice a su hijo «tú vas a ser mejor que yo, pero vas a tener que madrugar el doble».
Es esa obstinación dominicana de poner la mesa con mantel aunque el piso sea de tierra. De ir limpio aunque el uniforme esté remendado. De decir «buenos días» con orgullo aunque anoche no se cenó.
Eso no es pobreza. Eso es resistencia cultural. Eso es una ética del trabajo que viene de los campos, de los bateyes, de las abuelas que guardaban 25 pesos debajo del colchón «por si acaso».
El dominicano pobre no es pobre de espíritu. Es rico en estrategias. Esa es la materia prima del talento.
EL TALENTO NO NECESITE SER POBRE PARA NACER
Yo no quiero que dejemos de generar talentos. Quiero que dejemos de necesitar ser pobres para generarlos.
Quiero un país donde un niño pueda aprender a tocar tambora porque ama la tambora, no porque es la única forma de que lo miren. Donde una niña pueda ser buena en matemáticas porque tiene una profesora excelente y una pizarra que sirve, no porque tiene que calcular cuánto falta para la renta.
Que el barrio siga pariendo genios, claro que sí. Pero que el genio no tenga que pedir perdón por haberse ido, ni el que se quedó tenga que pedir perdón por no haber podido irse.
La pobreza genera talentos, es cierto. Pero una República Dominicana justa generaría más. Y no le cobraría la vida por ello.





