Por JHONNY TRINIDAD
La diáspora dominicana solo sirve para ser reconocida en discursos pendejos. Esa es la verdad cruda, sin maquillaje diplomático. La mencionan en cada campaña, la aplauden en cada acto en el exterior, le dicen que es la «octava provincia», que es «patria grande», que es «orgullo nacional». Pero a la hora de la verdad, ni siquiera se le respeta para nombrar un simple viceministro del INDEX que salga del corazón de ella y con trayectoria probada de servicio a su comunidad.
No piden la Presidencia. No piden una embajada en Washington. Piden algo elemental: que el Instituto de Dominicanos en el Exterior sea dirigido por alguien de ellos. Por alguien que haya sudado la diáspora, que conozca el olor de un basement en El Bronx en invierno, la angustia de una cita en inmigración, el sacrificio de enviar 100 dólares dejando de comer.
Pero no. El INDEX se ha convertido en una pasarela de actores mediocres, en una agencia de colocaciones para amigos del poder, en una vitrina para egos.
El caso de Carlos de la Mota fue la bofetada más grande. Un actor de novelas, de esas novelas que lo que hacen es embrutecer, sin ningún contenido cultural, sin ningún aporte social, sin ningún vínculo con la comunidad dominicana en el exterior. Un hombre radicado en México, donde probablemente vive la menor cantidad de dominicanos y cuya diáspora, si es que existe alguna organizada, no aporta nada significativo a la economía del país en términos de remesas, de lobby político o de incidencia comunitaria.
GALAN DE TELENOVELA
¿Y por qué lo pusieron? Quizás por ser blanquito, por tener apariencia de galán de telenovela, por ser telegénico. Porque en República Dominicana el criterio sigue siendo la cara bonita y no la hoja de servicio. Ese señor estuvo la mayor parte de su tiempo de licencia por estar filmando sus novelas de pacotilla. La diáspora importaba menos que su contrato con Televisa. Cobraba en República Dominicana, actuaba en México. Y la comunidad real, la que trabaja en factorías, en bodegas, en hospitales, limpiando oficinas, tuvo que mirar cómo su supuesto representante estaba más preocupado por su rating que por su gente. Y el premio por esa burla: ahora es embajador representante nuestro.
Si aquello fue malo, lo de ahora es la confirmación del desprecio. Ahora tenemos a Celinés Toribio, otra «actriz», que nunca fue conocida en la diáspora por ninguna labor en pro de su desarrollo. Que nadie recuerde en 30 años de activismo comunitario en Nueva York, Nueva Jersey, Boston, Madrid o Providence. No estuvo en las luchas por la doble nacionalidad, no estuvo cuando se peleó por el voto en el exterior, no estuvo cuando se denunció el maltrato en los consulados, no estuvo organizando operativos médicos, ni becas, ni defensa legal.
Pero parece que es más importante tener otra cara bonita, otra actriz sin mucho vuelo, para que desde un ministerio pagado con los recursos de los pendejos, con el sudor de los que sí trabajan, pueda viajar por el mundo, tomarse fotos en foros internacionales y darse a conocer, tal vez en busca de algún famoso que la descubra como actriz. El INDEX como trampolín personal, no como instrumento colectivo.
Es el mismo guion: usan a la diáspora como escenografía.
Y mientras tanto, ¿qué hace la diáspora? Lo que siempre ha hecho: enviar más dinero. Más de 11 mil millones de dólares al año. Sostener la estabilidad macroeconómica de un país que le da la espalda. Pero claro, no lo hace por motivación del Gobierno. No lo hace porque el INDEX la inspire. Lo hace por compasión hacia los suyos en República Dominicana. Por culpa, por amor, por compromiso familiar. Porque si no manda, su madre no come, su hijo no estudia, su hermano no se opera.
LA GRAN ESTAFA MORAL
Esa es la gran estafa moral: nos quieren para la remesa, pero no para la decisión. Nos quieren como billetera, pero no como cerebro. Nos quieren para el aplauso, pero no para el nombramiento.
En Nueva York, en Lawrence, en la Florida, en Paterson, en Madrid hay decenas de líderes comunitarios con 20 y 30 años de trabajo voluntario, con organizaciones serias, con capacidad de gestión, con doctorados, con experiencia probada. Gente que no necesita actuar, porque su vida ya es un acto de servicio. Pero esos no son blanquitos de novela. No son caras bonitas. No tienen un manager. Por eso no califican.
Hasta que el INDEX no sea dirigido por la diáspora real, seguirá siendo lo que es hoy: una oficina cara, inútil y ofensiva.
Esa es la gran estafa moral: nos quieren para la remesa, pero no para la decisión. Nos quieren como billetera, pero no como cerebro. Nos quieren para el aplauso, pero no para el nombramiento.
En Nueva York, en Lawrence, en Paterson, en Madrid hay decenas de líderes comunitarios con 20 y 30 años de trabajo voluntario, con organizaciones serias, con capacidad de gestión, con doctorados, con experiencia probada. Gente que no necesita actuar, porque su vida ya es un acto de servicio. Pero esos no son blanquitos de novela. No son caras bonitas. No tienen un manager. Por eso no califican.
Hasta que el INDEX no sea dirigido por la diáspora real, seguirá siendo lo que es hoy: una oficina cara, inútil y ofensiva.





