Por Antonio García Castellano
El espectáculo que ofrece el mundo de hoy es una auténtica Diablada. Dicho de otra forma: por el momento, parece prevalecer más el mal que el bien.
Si se acusa y se condena a personas por rescatar vidas en el mar; si se desmantelan los sistemas sanitarios, educativos y el aparato de protección social destinado a las mayorías; si los ingresos de las familias no crecen, sino que disminuyen; si se redactan constituciones que jamás se cumplen; si cada individuo camina por el mundo sin importar el otro; si la Navidad en Occidente se reduce únicamente a consumo… entonces estamos frente a una situación verdaderamente fatídica.
Hoy, gana el Diablo.
Es el vencedor del hedonismo contemporáneo.
La gente debería reflexionar sobre el hecho de que esa “Navidad económica” ya murió. Urge volver a una vida sencilla, incluso ayudando a los demás cuando sea posible, porque todo ser humano tiene la capacidad —pequeña o grande— de aportar algo que vaya más allá de sí mismo.
¿Para qué vive la mayoría? ¿Solo para “disfrutar”, como llaman a ese acto inevitable de perder el tiempo?
De vez en cuando aparecen gestos aislados de rechazo frente a los genocidios o injusticias, pero aún estamos muy lejos de un cambio real.
El mundo actual está plagado de problemas y desgracias, y, a juzgar por la actitud de los poderes públicos —y la pasividad de las mayorías—, todo indica que estos males seguirán incrementándose: conflictos, guerras, hambrunas, desastres ecológicos, violencia psicológica y un largo etcétera.
Amigos: que las luces artificiales de Navidad no los deslumbren.
Nada es realmente lo que dice ser.







