La censura es inmoral

Por JHONNY TRINIDAD

Hay pactos que una sociedad no puede romper sin traicionarse a sí misma. Uno de ellos es este: ningún hombre, ningún comité, ningún gobierno tiene derecho a decidir qué ideas merecen existir. Cuando lo hace, no protege: degrada. Por eso la censura es inmoral.

Censurar es tratar al ciudadano como a un menor de edad. Es decirle: “No confío en tu juicio, así que yo elijo por ti”. La democracia parte de la premisa opuesta: que cada persona es capaz de escuchar, dudar, comparar y decidir. Negar esa capacidad es negar su condición de adulto libre. Y no hay acto político más humillante que ese.

MATA LA VERDAD ANTES DE QUE NAZCA 

John Stuart Mill lo dijo hace 160 años y sigue vigente: si la idea censurada es verdadera, perdemos la oportunidad de cambiar el error por la verdad. Si es falsa, perdemos un beneficio mayor: el choque claro y vigoroso entre la verdad y el error, que es lo que le da vida a la verdad. La censura no derrota ideas. Las entierra vivas. Y una idea enterrada no se refuta: se pudre o se convierte en mito.

El autor es periodista. Reside en Nueva York

Dale a un grupo la autoridad de borrar libros, y borrará primero los que hablen de sus abusos. Dale el poder de silenciar voces, y silenciará las que pidan rendición de cuentas. La historia no tiene una sola excepción: desde la Inquisición hasta los ministerios de “verdad” modernos, la censura siempre termina protegiendo al censor. No al niño, no al vulnerable, no al pueblo. Al poder.

EL FALSO REFUGIO DE «PROTEGER» 

Se invoca a menudo la protección: “Hay discursos que hacen daño”. Es cierto. Las palabras pueden herir, mentir, incitar. Pero el remedio a la mala palabra es más palabra, no menos. Es el argumento, la evidencia, el ridículo, la ley que castiga actos, no ideas. Cuando confundimos ofensa con daño, convertimos la incomodidad en delito. Y una sociedad que no tolera la incomodidad no tolera el pensamiento.

Gritar “fuego” en un teatro lleno para provocar una estampida no es opinión: es una acción que pone vidas en peligro inmediato. Distribuir pornografía infantil no es expresión: es registro de un crimen. La línea es nítida: se sancionan actos que dañan directamente a otros. No se censuran ideas por si acaso, ni por si ofenden, ni por si desafían al poder.

LO QUE PERDEMOS 

Perdemos ciencia, porque Galileos callan. Perdemos arte, porque escritores se autocensuran antes de la primera página. Perdemos corrección política en el sentido literal: la capacidad de corregir al político. Una sociedad censurada no es una sociedad segura. Es una sociedad ciega, conduciendo a toda velocidad.

La censura no es un error técnico. Es una falla moral. Parte de la idea de que unos pocos saben qué puede pensar el resto. Y esa idea, en el fondo, es la misma que sostiene toda tiranía: “Tú no, yo sí”.

Por eso se le resiste. No con gritos, sino con una terquedad más simple: hablar. Leer. Publicar. Discutir. Porque cada vez que una idea prohibida circula, la censura retrocede un milímetro. Y milímetros, sumados, derriban muros.

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