Haitianos con cédulas dominicanas: ¿descuido, desatino o estrategia?

Por JHONNY TRINIDAD

No es un rumor de colmado. Es un hecho verificable en los tribunales, en las oficialías civiles y en las filas de la Junta Central Electoral. Hay haitianos portando cédulas dominicanas. No uno, no diez. Cientos de casos documentados, anulados después, y miles que nunca se anulan.

La pregunta no es si pasa. La pregunta es por qué pasa y a quién le conviene que pase. Y ahí aparecen tres hipótesis que no son excluyentes: descuido, desatino y estrategia. Las tres conviven en el mismo expediente.

EL DESCUIDO: UN ESTADO CIVIL POROSO

República Dominicana tiene uno de los sistemas de registro civil más antiguos de América, pero también uno de los más vulnerados. Y no por falta de tecnología, sino por exceso de historia.

Durante décadas, nacer en República Dominicana era casi sinónimo de ser dominicano, y el subregistro era enorme tanto para dominicanos como para haitianos. En los bateyes, en la frontera, en los barrios de la capital, el acta de nacimiento no la hacía el Estado, la hacía un declarante.

El mecanismo era simple y sigue vigente en su lógica:

1. Un dominicano presta su nombre o un oficial civil inscribe como hijo propio a un niño haitiano a cambio de 5,000 o 10,000 pesos.
2. Ese niño crece, saca cédula con esa acta. La JCE le toma las huellas, le tira la foto. Ya es dominicano en el sistema.
3. Veinte años después, esa cédula vota, saca pasaporte, entra a la Policía, a las escuelas, a nómina pública.

Eso no es una conspiración haitiana. Eso es corrupción dominicana. Es un oficial civil en Elías Piña, en Dajabón, en La Victoria, que vende un libro. Es un inspector de la JCE que no verifica. Es un sistema que durante años no cruzó acta con hospital, ni hospital con madre, ni madre con huella.

A eso hay que sumarle la catástrofe documental haitiana. Haití es un Estado fallido en materia de identidad. Millones de haitianos no tienen acta haitiana. Cuando llegan aquí, indocumentados, la vía más rápida para existir no es ir a su consulado —que no funciona—, es comprar existencia dominicana. El mercado responde a la demanda.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

Si fuera solo descuido, sería un problema técnico. Se resolvería con cedulación biométrica, con cruce con hospitales, con auditoría de oficialías. Y en parte se está haciendo. Pero el descuido no explica la magnitud ni la persistencia.

EL DESATINO: UNA POLÍTICA MIGRATORIA ESQUIZOFRÉNICA

El desatino es peor que el descuido, porque es un descuido ideológico.

República Dominicana ha tenido, durante 30 años, dos políticas migratorias al mismo tiempo, contradictorias entre sí:

Política A, la oficial: Frontera cerrada, deportaciones, discurso de soberanía, sentencia 168-13, ley de migración. El Estado dice: no hay regularización masiva.

Política B, la real: Economía abierta a la mano de obra haitiana irregular. El 90% de la varilla, del corte de caña, de la cosecha de plátano, del trabajo en fincas, de la empleada doméstica en ciertos estratos, es haitiana. Y el Estado lo sabe y lo tolera porque sin esa mano de obra se paraliza la construcción y la agricultura.

¿Qué hace un Estado que necesita al trabajador pero no quiere al ciudadano? Inventa un limbo.

No le da carnet de trabajador temporal funcional. No le da residencia. No le da papeles haitianos. Pero tampoco lo expulsa del todo. Lo deja en una zona gris: sin papeles, pero indispensable.

En esa zona gris, la cédula dominicana falsa no es un error. Es la solución que el propio sistema empuja. Como no hay vía legal real para trabajar 10 años aquí, la gente busca la vía ilegal que le permita vivir.

Y el desatino llega a su clímax con los hijos. La Constitución dominicana desde 2010 es clara: hijo de extranjero en tránsito irregular no es dominicano. Pero durante 80 años antes, la práctica fue otra. Entonces tenemos una generación de jóvenes nacidos aquí entre 1990 y 2010, criados aquí, que hablan español con acento dominicano, que nunca han ido a Haití, y que la JCE les retuvo la cédula con la resolución 12-07. ¿Qué hacen? Algunos aceptan el carnet del Plan de Regularización. Otros, ante el rechazo social, buscan la única puerta que les queda: una acta prestada.

El desatino es haber creado un país que económicamente integra y jurídicamente expulsa. Esa esquizofrenia fabrica cédulas falsas.

LA ESTRATEGIA: PORQUE HAY QUIEN GANA

Y aquí entramos al terreno que nadie quiere mencionar.

¿Hay estrategia? Sí. Pero no una sola. Hay tres estrategias distintas que usan la misma cédula.

La estrategia de la supervivencia individual. Para el migrante haitiano, la cédula dominicana no es un capricho patriótico. Es supervivencia pura. Con cédula dominicana consigue trabajo formal, puede firmar un contrato, puede inscribir a sus hijos en la escuela sin que lo devuelvan, puede cruzar un retén sin pagar 2,000 pesos, puede sacar un chip de teléfono. No es que quiera ser dominicano. Es que ser haitiano indocumentado en RD es socialmente inviable. La cédula es un salvoconducto.

La estrategia de la clientela política. Aquí es donde duele. En cada proceso electoral, en la frontera y en los barrios marginales de Santo Domingo, Santiago y el Este, aparecen operadores que saben que una cédula es un voto. Hay alcaldes, regidores y diputados que han entendido que regularizar de facto, o hacerse de la vista gorda con actas dudosas, es crear una base electoral cautiva, agradecida y barata. No es que el Partido X o Y tenga un plan para haitianizar el padrón. Es que el sistema clientelar dominicano siempre ha funcionado así: yo te doy el papel, tú me das el voto. Antes eran dominicanos sin acta. Ahora son haitianos sin acta. El mecanismo es idéntico.

La estrategia del desorden como negocio. La más rentable de todas. Mientras el registro civil sea confuso, mientras no se sepa quién es quién, hay un mercado millonario. Una cédula limpia con identidad prestada cuesta entre 30,000 y 80,000 pesos en el mercado negro fronterizo. Un pasaporte dominicano obtenido con esa cédula, que permite viajar a países donde el pasaporte haitiano necesita visa, vale miles de dólares. Hay redes dominico-haitianas dedicadas exclusivamente a eso. Y esas redes pagan peaje a todos los niveles.

Negar esta dimensión es ingenuidad.

LAS TRES COSAS A LA VEZ

Entonces, ¿descuido, desatino o estrategia?

Las tres.

Es descuido porque el Estado dominicano permitió durante décadas que cualquier oficial civil con una máquina de escribir creara un dominicano.

Es desatino porque el Estado dominicano quiere la mano de obra haitiana pero no quiere crear una vía legal, digna y controlada para esa mano de obra, empujándola a la falsedad.

Y es estrategia porque, en ese vacío, han surgido estrategias individuales de supervivencia, estrategias políticas de clientelismo y estrategias criminales de negocio que mantienen vivo el problema porque viven del problema.

¿Qué hacer?

No se resuelve con gritos en redes ni con nacionalismo de t-shirt. Se resuelve con lo que ningún gobierno ha querido hacer completo:

1. Auditoría total y pública de las oficialías civiles con más anulaciones, con consecuencias penales.
2. Cedulación biométrica desde el nacimiento, con cruce obligatorio hospital-JCE.
3. Un régimen de trabajo temporal fronterizo real, con carnet biométrico, huella, contrato y retorno, que le quite sentido económico a comprar una cédula falsa.
4. Y una decisión de Estado: o somos un país que asume su frontera y la regula, o somos un país que finge que la regula mientras la cobra.

La cédula dominicana en manos de un haitiano no es el origen del problema. Es el síntoma final de un Estado que no ha decidido si quiere ser muro o puerta. Y mientras no decida, otros decidirán por él, con un sello y una firma prestada.

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