Por Isidoros Karderinis
El deseo del presidente estadounidense Donald Trump de “apoderarse” de Groenlandia constituye un claro esfuerzo neocolonial, propio de un “sheriff” global que demuestra un profundo irrespeto por la soberanía nacional de la isla y por los derechos humanos fundamentales.
Esta postura provocó manifestaciones históricas tanto en Nuuk, la capital groenlandesa —las mayores registradas en la historia del territorio— como en Copenhague, con consignas como «Groenlandia no está en venta» y «Groenlandia pertenece a los groenlandeses», que reflejan de manera contundente la voluntad de autodeterminación del pueblo local.
Las encuestas respaldan ese sentimiento: alrededor del 85 % de los groenlandeses rechaza integrarse a Estados Unidos. En ese mismo sentido, el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, de 34 años, calificó la presión estadounidense como “irrespetuosa”, exigiendo el fin de las amenazas y de la retórica sobre una anexión “entre amigos”.
Por su parte, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, declaró ante el Parlamento el martes 20 de enero de 2026:
“Este es un capítulo oscuro en el que estamos”,
subrayando que “Dinamarca no puede negociar soberanía, identidad, fronteras y democracia”.
Una retirada táctica, no un cambio de fondo
La posterior retirada de Trump de sus planes de utilizar la fuerza militar para ocupar Groenlandia, así como la cancelación de aranceles adicionales contra ocho países europeos miembros de la OTAN que se opusieron a esos planes, resulta un hecho llamativo. Sin embargo, este repliegue no implica una disminución de sus intenciones agresivas, mientras la fractura del eje euroatlántico se profundiza, poniendo en jaque la cohesión del mundo occidental.
¿Por qué Groenlandia es tan importante?
Groenlandia es la isla más grande del planeta, con una superficie de 2,166,086 kilómetros cuadrados. Aunque Australia es mayor en extensión, se considera un continente y no una isla. Groenlandia es actualmente un territorio autónomo que pertenece al Reino de Dinamarca desde 1721, país miembro de la OTAN y aliado histórico de Estados Unidos.
Fue colonia danesa hasta 1953. Desde entonces, pasó a ser un condado y, posteriormente, obtuvo autogobierno en 1979, ampliado en 2009, cuando se le reconoció el derecho a explotar sus recursos naturales, lo que muchos interpretaron como un paso previo hacia la independencia plena.
El jefe de Estado es el rey Federico X de Dinamarca (desde el 14 de enero de 2024), representado por un alto comisionado. El jefe de Gobierno es el primer ministro, elegido por el Parlamento. El Parlamento groenlandés, compuesto por 31 miembros, es elegido mediante un sistema proporcional por un período de cuatro años, y el derecho al voto corresponde a todos los ciudadanos mayores de 18 años.
Población, geografía y condiciones extremas
La población asciende a aproximadamente 56,000 habitantes, en su mayoría inuit, mezclados con descendientes de colonos daneses y noruegos. Se hablan groenlandés y danés.
Geográficamente, la isla se encuentra en América del Norte, pero mantiene vínculos culturales, políticos y demográficos con Europa. Está rodeada por el océano Atlántico, el mar de Groenlandia, el océano Ártico y la bahía de Baffin.
Alrededor del 80 % del territorio está cubierto por una gigantesca capa de hielo. Solo el 20 % costero es habitable. Durante el verano, se vive el Sol de Medianoche; en invierno, la Noche Polar.
No existe una red vial que conecte ciudades y pueblos. El transporte se realiza por mar y aire, además de motos de nieve y trineos.
Economía limitada, recursos estratégicos
La economía de Groenlandia es reducida. Su PIB oscila entre 3,500 y 4,000 millones de dólares, según el Banco Mundial. La pesca representa el 95 % de las exportaciones. La agricultura existe de forma muy limitada.
El territorio recibe un subsidio anual de 520 millones de euros de Dinamarca, equivalente a unos 9,000 euros por habitante, lo que explica las dudas internas sobre una independencia inmediata.
Aun así, Groenlandia posee yacimientos de oro, uranio, carbón, posibles reservas de petróleo y gas, y vastos depósitos de tierras raras. De hecho, 25 de los 34 minerales considerados críticos por la Comisión Europea se encuentran en la isla.
El factor militar y estratégico
Estados Unidos no solo ve a Groenlandia como una fuente de materias primas, sino como un enclave geoestratégico clave para el control del Atlántico Norte y el Ártico.
Washington mantiene la Base Espacial Pituffik, en el noroeste de la isla, cerca de Kanak. Esta instalación alberga radares de alerta temprana, integrados al sistema de defensa antimisiles y al NORAD, para detectar lanzamientos de misiles balísticos a través del Ártico.
Dinamarca, por su parte, ha reforzado su presencia con buques de guerra, drones e infraestructura satelital.
El destino de Groenlandia solo puede y debe ser decidido por su pueblo. Permitir que se violen los principios del derecho internacional conduciría a un mundo regido por la ley del más fuerte, donde la soberanía y los derechos se conviertan en letra muerta.
Por ello, toda persona con pensamiento democrático y racional no puede evitar exclamar con firmeza:
“¡Trump, no toques Groenlandia!”
Isidoros Karderinis: Periodista, corresponsal de prensa extranjera acreditado por el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Miembro titular de la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera de Grecia.







