Por Milton Olivo
Cuentan los viejos navegantes que existió en el corazón del Mar Caribe, un reino tan hermoso que parecía haber sido dibujado por la mano de Dios. Sus tierras eran fértiles. Los ríos descendían de las montañas como cintas de cristal. El Reino de las Oportunidades Pérdidas
El mar entregaba peces abundantes. Los árboles ofrecían frutos durante todo el año. El sol calentaba sin quemar y las lluvias llegaban cuando eran necesarias. Quien llegaba a aquel lugar pensaba que sus habitantes debían ser los más felices y prósperos del mundo.
Pero no era así. En los caminos se veía a hombres trabajando de sol a sol sin lograr salir de la pobreza. Madres que hacían milagros para alimentar a sus hijos. Jóvenes que soñaban con partir hacia tierras lejanas porque no encontraban oportunidades en la suya.
Y cada tarde, desde el puerto, partían enormes barcos cargados de los productos del reino. Llevaban cacao, frutas, madera, pescado y todo cuanto la naturaleza ofrecía. Los barcos desaparecían en el horizonte.
Meses después regresaban. Pero regresaban con algo extraño. Traían chocolate hecho con el cacao que había salido del reino. Traían muebles fabricados con su madera. Traían alimentos elaborados con sus cosechas. Traían riqueza creada con aquello que un día les perteneció.
Y los habitantes compraban a precios altos lo que antes habían vendido a precios bajos.
Un anciano observaba aquella escena cada tarde sentado frente al mar. Había visto pasar generaciones enteras. Había visto niños convertirse en hombres y hombres convertirse en ancianos sin que nada cambiara.
Una tarde, una niña se acercó y le preguntó: —Abuelo, si nuestra tierra es tan rica, ¿por qué nuestro pueblo sigue siendo pobre?
El anciano guardó silencio. Tomó una semilla que había caído de un árbol cercano y la colocó en la mano de la niña.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Una semilla.
—¿Y qué puede llegar a ser?
—Un árbol.
—¿Y ese árbol que puede dar ?
—Puede dar cientos de frutos.
El anciano sonrió. —Exactamente. Los frutos no fueron creados para ser vendidos. Fueron creados para ser transformado, para multiplicar su potencial de generar riqueza al ser procesado, transformado, industrializado.
La niña permaneció pensativa. Entonces el anciano señaló hacia el puerto.
—Nuestro pueblo lleva siglos vendiendo sus productos primarios. Y luego comprándolo transformado por otros. Donde multiplican su capacidad de producir riquezas.
La niña miró los barcos. Y por primera vez comprendió. Comprendió que el problema no era la falta de riqueza. La riqueza estaba allí. En los campos. En los ríos. En el mar. En las manos de la gente. Lo que faltaba era aprender a transformar los productos en lugar de vender los productos frescos.
Aquella conversación corrió de boca en boca. Llegó a los campesinos. Llegó a los pescadores. Llegó a los maestros. Llegó a los gobernantes. Y poco a poco comenzó a cambiar la manera de pensar del reino. Inclusive de las autoridades para reorientar la inversión pública.
Los agricultores aprendieron a transformar sus cosechas. Los jóvenes aprendieron oficios y tecnologías. Los emprendedores descubrieron que los residuos podían convertirse en nuevos productos. Las comunidades aprendieron a crear empresas. Las escuelas enseñaron a construir, innovar y producir. El pueblo tenía el conocimiento, falta la visión para ser articulado. Y el estado y el sector privado tenían los recursos.
Y por primera vez, las riquezas dejaron de salir del reino para regresar transformadas por otros, por aquellos donde tenían que ir los jóvenes del reino a buscar empleos y oportunidades.
Ahora eran los propios hijos del reino quienes las transformaban. Los empleos comenzaron a multiplicarse. Las familias recuperaron la esperanza. Los jóvenes dejaron de soñar con marcharse y comenzaron a soñar con construir.
Los pueblos crecieron. Las ciudades florecieron. Y la prosperidad empezó a llegar como llega el amanecer después de una larga noche.
Muchos años después, cuando el anciano había partido de este mundo, la niña —convertida ya en una mujer sabia— reunió a sus nietos bajo la sombra de un tejado de un bar bajo una enorme Torre.
Tomó una de sus semillas y les dijo: —Nunca olviden esta lección. Los pueblos no son pobres porque carezcan de recursos. Los pueblos son pobres cuando olvidan multiplicar y transformar los dones que han recibido.
Dios no entrega semillas para que sean consumidas. Las entrega para que sean sembradas, multiplicadas y transformada en productos con potencial exportables. Y cada talento, cada idea, cada recurso y cada oportunidad que no se multiplica es una cosecha que nunca llegará.
Los nietos levantaron la mirada. Frente a ellos se extendía un reino próspero, construido por generaciones que habían aprendido la lección. Entonces comprendieron que la verdadera riqueza no estaba en los árboles, ni en los ríos, ni en el mar. La verdadera riqueza estaba en la capacidad de un pueblo para creer en sí mismo, trabajar unido y transformar sus bendiciones en futuro.
Y desde aquel día, cada niño del reino aprendió una frase que se convirtió en el alma de la nación:
«La pobreza comienza cuando vendemos nuestras semillas. La prosperidad comienza cuando decidimos sembrarlas y transformarla.»
*El autor es escritor, dirigente político y articulador de propuestas de desarrollo estratégico. Su visión integra producción nacional, tecnología, seguridad y economía circular como ejes para una República Dominicana más fuerte, independiente y soberana; una Quisqueya potencia.






