Por JHONNY TRINIDAD
Hay un periodismo dominicano en Nueva York que no cabe en una credencial de prensa. No tiene edificio con logo, ni departamento de nómina, ni seguro médico. Tiene una mochila con una cámara, un celular con la batería al 10%, un grupo de WhatsApp que no para y una determinación que en Quisqueya aprendimos a llamar «tirarse pa’ la calle».
Son los que se la juegan. Todos los días.
Mientras la conversación pública sobre la diáspora se entretiene con el desfile, el plato del día y la nostalgia, estos reporteros sostienen, casi a pulmón, la infraestructura informativa de una comunidad de más de un millón de personas. Son la primera y a veces la única línea entre el dominicano de Washington Heights, El Bronx o Queens, y lo que realmente le afecta: la redada de ICE en la 181, el aumento de la renta, el cierre de la bodega de la esquina, el concejal que no aparece, el consulado que no responde, el voto en el exterior que nadie explica y la sentencia de embargo a la Junta Central Electoral que nadie más investiga.
Hacer periodismo dominicano en Nueva York es ejercer en el exilio y en la precariedad al mismo tiempo.
INFORMAR SIN ECOSISTEMA
En Santo Domingo, el periodista, con todos sus problemas, pertenece a un ecosistema. En Nueva York, el periodista dominicano es el ecosistema.
Es director, reportero, camarógrafo, editor, community manager y cobrador. Levanta la nota a las 7 de la mañana en el Tribunal de Manhattan, la edita en el tren 1, la publica a mediodía, y en la noche tiene que vender dos cuñas para pagar la renta del estudio donde también edita. No hay cierre. Hay supervivencia.
La mayoría no vive del periodismo. Vive para el periodismo y sobrevive de otra cosa: taxi, delivery, notaría, traducción, animación de fiestas. Esa doble jornada no es romántica. Es corrosiva. Le quita tiempo a la verificación, le quita profundidad a la historia, le quita salud al que informa. Pero es el peaje que impone un mercado que consume vorazmente contenido dominicano y paga muy poco por él.
Y sin embargo, están. Con 30 años cubriendo la parada dominicana bajo sol y lluvia. Con un programa de YouTube que llega a más gente en Baní que muchos canales nacionales. Con una página de Facebook que alerta antes que el Departamento de Policía.
EL SÁNDWICH DE LA LEGITIMIDAD
El periodista dominicano en Nueva York vive apretado entre dos sospechas.
Para el establishment anglo de la ciudad, es demasiado «étnico», demasiado de nicho, demasiado en español. No entra en los briefings de City Hall, no recibe la pauta de las grandes ONGs. Es invisible para el poder que cubre.
Para el establishment dominicano, tanto de la isla como del liderazgo tradicional de la diáspora, es demasiado independiente, demasiado incómodo, demasiado de Nueva York. Si critica al cónsul, le quitan la acreditación. Si fiscaliza al líder comunitario que reparte fundas, le quitan el anuncio. Si cubre la política local estadounidense con criterio, le dicen «te olvidaste de tu país».
Ese es el verdadero riesgo de «jugársela». No es solo la calle a las dos de la mañana. Es atreverse a romper el clientelismo informativo que ha secuestrado a parte de la comunicación de la diáspora, donde la nota de prensa pagada vale más que el reportaje y donde la lealtad partidaria se confunde con línea editorial.
Los que se la juegan son los que han decidido que su audiencia no es el funcionario que los invita, sino el dominicano que los ve o lee desde el celular mientras trabaja en construcción.
EL COSTO DE CONTAR LO QUE NADIE QUIERE CONTAR
Hay historias que solo ellos cuentan.
La salud mental del inmigrante indocumentado que no puede ir a un hospital. La estafa de las escuelas de inglés fantasma. La explotación laboral en restaurantes dominicanos contra dominicanos. La política del voto exterior, que mueve millones en la isla y aquí apenas se entiende. La gentrificación que está empujando a nuestra gente de Washington Heights hacia El Bronx profundo, hacia Paterson, hacia Pennsylvania.
Contar eso es caro. Cuesta fuentes, cuesta tiempo, cuesta enemistades.
En los últimos cinco años hemos visto a colegas amenazados por denunciar a supuestos líderes comunitarios, hackeados por cubrir fraudes de notarios, marginados por no aplaudir en ruedas de prensa. No tienen un departamento legal. Tienen a su familia en WhatsApp diciéndoles «cuídate».
Y aun así, prenden la cámara.
LO QUE NOS DEBEMOS
Si la comunidad dominicana en Nueva York es hoy el corazón económico, cultural y político de la diáspora, es también porque hubo periodistas que narraron ese corazón cuando nadie más lo hacía. El problema es que hemos normalizado que lo hagan gratis, solos y a riesgo.
Necesitamos tres cambios urgentes y honestos:
Primero, profesionalizar el apoyo, no solo el aplauso. Las empresas dominicanas que viven de esta comunidad – bancos, remesadoras, aerolíneas, supermercados – no pueden seguir pautando solo en medios de la isla para «llegar a la diáspora». La diáspora ya está aquí y tiene sus propios medios. Pautar en ellos no es caridad, es inteligencia comercial.
Segundo, formación y gremio real. Dejar de vernos como competencia y empezar a vernos como sector. Necesitamos una asociación de periodistas dominicanos en EE.UU. que no sea un sello para fotos, sino una cooperativa de servicios: acceso a abogados, entrenamiento en seguridad digital, cursos de fact-checking, agencia de empleo, fondo de emergencia. Menos placa, más protección.
Tercero, narrativa propia. Dejar de ser la sucursal del debate de Santo Domingo. Nueva York tiene su propia agenda dominicana y es profundamente estadounidense: vivienda, educación, policía, inmigración, salud, representación política local. El periodista que se la juega aquí no es un corresponsal de allá. Es un cronista de aquí. Y su valor está precisamente en entender los dos mundos y no ser vocero de ninguno.
Los periodistas dominicanos que se la juegan en Nueva York no piden homenajes póstumos. Piden lo elemental para ejercer en vida: respeto por su trabajo, pago justo por su audiencia y garantías para informar sin miedo.
Porque cada vez que uno de ellos enciende un live a las 6 de la mañana frente a un edificio incendiado en El Bronx donde viven cinco familias dominicanas, cada vez que traduce una orden ejecutiva que nos afecta, cada vez que pregunta lo que otros callan, no está haciendo «contenido étnico». Está haciendo democracia. En español, con acento dominicano, y a pulmón. Desde la capital del mundo.





