lunes, marzo 4, 2024
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El cienciólogo de Los mina y sus enigmas

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO ESTE.- En el trasfondo de nuestro barrio, había un personaje intrigante cuyo nombre de pila aún permanece desconocido para mí. Este individuo, siempre elegantemente vestido, se erigía como el cienciólogo local, un auténtico maestro en el arte de la locura que dominaba cualquier tema que se le presentara.

Luis Ortega, un joven de nuestra comunidad, se aventuraba a desafiar su conocimiento con preguntas dignas de Cicerón y Zeneca, recibiendo respuestas que oscilaban entre la verdad y la mentira, pero siempre expresadas con una convicción que dejaba a todos perplejos.

Este peculiar cienciólogo, un exponente de la extravagancia, transitaba por la vida ataviado con trajes de la época y una vestimenta militar que desafiaba las normas civiles. Sin embargo, su estatus casi mítico le confería el privilegio de infringir reglas que a otros nos resultarían inquebrantables.

Su fama y verborrea eran tales que incluso lo veíamos aparecer en programas de televisión, donde su presencia era solicitada para desentrañar los misterios que su mente aparentemente iluminada guardaba.

Luis Ortega, el joven del barrio, asumía el papel de Sancho Panza, cuestionando con ingenio las afirmaciones del cienciólogo. Sus preguntas, a veces dignas de Cicerón y Zeneca, eran lanzadas como lanzas contra los molinos de las ideas extravagantes del cienciólogo. Sin embargo, a pesar de nuestras dudas y cuestionamientos, la figura del cienciólogo permanecía inquebrantable, como si estuviera destinado a desafiar las convenciones de la realidad.

El nombre del cienciólogo resonaba en cada rincón del barrio, y su reputación era tan intrigante como sus respuestas a las preguntas de Luis Ortega. ¿Quién era realmente este enigmático personaje? ¿De dónde provenía su conocimiento aparentemente ilimitado? Estas eran incógnitas que alimentaban la curiosidad de la comunidad, convirtiéndolo en un ser tan fascinante como desconcertante.

La mención del cienciólogo despierta una sinfonía de anécdotas y leyendas urbanas, convirtiéndolo en un personaje con historias que contar. Su influencia no solo se limitaba a los límites de nuestro vecindario, sino que trascendía a través de las ondas televisivas, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.

El cienciólogo, cuyo nombre verdadero seguía siendo un misterio, se revelaba como una suerte de Don Quijote moderno. Su vestimenta elegante y su inquebrantable confianza en su propio conocimiento le conferían una presencia que desafiaba las normas establecidas, al igual que el caballero de la triste figura de la obra maestra de Cervantes.

Aunque la veracidad de sus respuestas podía ser cuestionada, la habilidad del cienciólogo para tejer historias convincentes le confería un encanto único. En un mundo donde la realidad y la ficción a menudo se entrelazan, este personaje se convirtió en un reflejo de la complejidad y diversidad que caracterizan a la sociedad.

El Don Quijote moderno, a diferencia del caballero de la triste figura, era recibido con aplausos en los programas de televisión. Su fama y habilidad para cautivar a las audiencias le conferían un estatus de celebridad, elevándolo por encima de los límites de nuestro barrio. Él no luchaba contra molinos de viento, sino que navegaba por las ondas de la televisión, conquistando nuevos territorios con sus historias y respuestas convincentes.

A medida que el cienciólogo se convertía en una leyenda viva en nuestro vecindario, nosotros éramos sus seguidores leales, dispuestos a embarcarnos en sus locuras y a desafiar juntos la realidad establecida. En esta relación entre el Don Quijote moderno y sus Sancho Panza, descubríamos que la magia de la vida a menudo reside en la capacidad de abrazar la fantasía y la extravagancia, aunque solo sea por un momento, antes de regresar a la realidad que todos compartimos.

Así, el nombre del cienciólogo resonaba como un misterio envuelto en la extravagancia, una figura que desafiaba las convenciones y dejaba a su paso un rastro de preguntas sin respuesta. En un barrio lleno de historias, el cienciólogo ocupaba un lugar destacado, recordándonos que la realidad, a veces, puede ser más intrigante que la ficción misma.

 

 

El deber de un hombre, es estar donde es más útil. ​

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