Por JHONNY TRINIDAD
Hay países que se miden en kilómetros cuadrados y países que se miden en la distancia que recorre su gente. República Dominicana cabe apenas tres veces en el estado de Nueva York. En el mapamundi es un punto, una manchita entre el Atlántico y el Caribe que muchos confunden. Pero pon un pin en cada lugar donde suena una bachata a las seis de la mañana en una cocina ajena, donde hay un salón con la bandera, donde alguien dice «qué lo que» en una fila del supermercado en Massachusetts, y verás que el país no termina en la frontera. Empieza ahí.
La diáspora dominicana es la refutación más hermosa a la idea de que somos pequeños.
Nos enseñaron en la escuela que somos una isla de 48 mil kilómetros cuadrados. Nadie nos enseñó que somos también la bodega de Washington Heights, el taller de Providence, el food truck de Orlando, la barbería de Madrid, el consultorio en el Bronx, la oficina de concejal en Lawrence, la tarima de la Parada Dominicana en la Sexta Avenida. Somos un país portátil. Un país que se lleva en la maleta, en la sazón, en la forma de saludar.
Y eso, que parece poesía, es geopolítica pura.
UN PAIS QUE NO SE FUE, SE MULTIPLICO
El dominicano no emigró solo para irse. Emigró para quedarse en dos lugares al mismo tiempo. Esa es la diferencia. Otras diásporas rompen con su origen; la nuestra lo alarga como un cable de extensión. Por eso aquí no hay «ex-dominicanos». Hay dominicanos de aquí y dominicanos de allá, que es otra forma de decir dominicanos, punto.

Esa doble presencia es una fuerza económica que ninguna reforma tributaria ha logrado entender del todo. Son más de 10 mil millones de dólares al año en remesas, sí. Pero la cifra es lo de menos. Lo importante es lo que esa cifra significa: que hay casi dos millones y medio de personas fuera que, aunque les dieron la oportunidad de olvidar, decidieron recordar pagando.
Cada envío de 100 dólares a Baní, a San Francisco de Macorís, a Villa Consuelo, es un voto. Un voto de confianza en un país que muchas veces no le dio razones para confiar. Es un acto de fe más grande que cualquier discurso de inversión extranjera. Es decir: «Yo me fui porque tuve que irme, pero mi casa sigue siendo allá».
Ningún Ministerio puede comprar esa lealtad. Ninguna campaña de Marca País puede fabricarla.
EL TRABAJO QUE NO SALE EN FOTOS
Nos gusta celebrar a la diáspora en agosto, con la parada, con la bandera gigante, con el merengue en la Gran Manzana. Pero la inmensidad de la diáspora no se hizo en un desfile. Se hizo en el frío.
Se hizo limpiando nieve a las cuatro de la mañana en Nueva Jersey. Cuidando niños ajenos en Queens para poder criar a los propios por videollamada. Manejando taxi doce horas. Trabajando doble tanda en factorías que nadie quería. Estudiando inglés con un diccionario en el tren. Aguantando el «go back to your country» con la cabeza baja porque había una familia que dependía de esa cabeza baja.
La diáspora dominicana no es exitosa a pesar del sacrificio. Es exitosa por el sacrificio. Convirtió la precariedad en escuela de negocios. El que aprendió a administrar 200 dólares para que rindieran un mes en Nueva York y alcanzaran para mandar 50 a su madre, sabe más de finanzas que muchos que han pasado por Harvard.
Y de esa escuela salieron los dueños. Porque la historia no se quedó en el empleado. El bodeguero se hizo distribuidor. La que limpiaba casas puso su compañía de limpieza. El barbero abrió cinco barberías. La muchacha del salón ahora tiene una línea de productos. El muchacho que cargaba cajas en El Congo de Washington Heights ahora es concejal y decide el presupuesto de esa ciudad.
Ese es el arco que no contamos lo suficiente: de la supervivencia a la propiedad. De pedir trabajo a dar empleo, allá y aquí.
EL ACENTO COMO HERENCIA
Si la primera generación sostuvo el país con remesas, la segunda lo está expandiendo con influencia.
Son los hijos que crecieron traduciendo a sus padres en el hospital y hoy son doctores en ese hospital. Los que fueron castigados por hablar español en la escuela y hoy dan clases de literatura en español en esa misma escuela. Los que escondían el locrio porque olía mucho y hoy tienen el restaurante de moda donde la gente hace fila por ese mismo locrio.
No tienen que elegir entre ser dominicanos y ser americanos, o españoles. Son ambas cosas sin pedir perdón. Y al no pedir perdón, nos hacen más grandes. Porque por primera vez, ser dominicano no es solo una nacionalidad. Es una cultura que compite en el mercado global de las culturas. Y compite bien. Nuestra música, nuestra forma de hablar, nuestra alegría ruidosa que a algunos les molesta, hoy es cool. Hoy se estudia. Hoy se imita.
Convertimos el estigma en estilo. Y eso solo lo logran los países inmensos.
UN PAIS PEQUEÑO QUE NO CABE EN SU ISLA
República Dominicana tiene 11 millones de habitantes en el territorio. Y otros dos millones y medio fuera que viven con un pie aquí todos los días. Si sumas los dos, si sumas lo que producen, lo que influyen, lo que votan allá y lo que deciden aquí, entiendes que nunca fuimos pequeños. Nos miramos en un mapa equivocado.
Pequeño es el país que cuando su gente se va, se olvida. Inmenso es el país que cuando su gente se va, se lleva el país consigo y lo siembra en otro lado.
La diáspora dominicana es la prueba de que no se necesita ser grande en tamaño para ser inolvidable en presencia. Es la prueba de que 48 mil kilómetros cuadrados pueden estirarse hasta cubrir la Sexta Avenida, y una esquina en Madrid, y un edificio entero en el Bronx donde a las siete de la noche huele a habichuelas con dulce.
Somos una isla, sí.
Pero somos una isla que no termina donde termina el mar.





