Por Roberto Veras
A veces, algunos periodistas, movidos por beneficios personales, intereses particulares o compromisos de cualquier naturaleza, dejamos de relatar los hechos tal y como verdaderamente ocurrieron. Esa práctica puede parecer conveniente en un momento determinado, pero termina afectando lo más valioso que tiene un comunicador: su credibilidad.
El periodista tiene la responsabilidad de contar los acontecimientos con la mayor honestidad posible, aunque la realidad no favorezca a una persona, a un partido político, a una institución o incluso a sus propios intereses. La verdad periodística no debe acomodarse a conveniencias, porque cuando eso ocurre, el ejercicio de informar pierde su esencia.
Uno de los grandes problemas de la comunicación moderna es que algunos periodistas y comunicadores presentan los hechos únicamente como blancos o negros, cuando la realidad, en muchas ocasiones, está llena de matices y se encuentra precisamente en el gris.
La realidad casi nunca es completamente blanca o completamente negra. Existen circunstancias, antecedentes, responsabilidades compartidas y diferentes puntos de vista que deben ser analizados antes de emitir una opinión. Reducirlo todo a una sola versión puede convertir una información en una interpretación parcial.
Cuando el periodista se deja llevar por sus propias preferencias, simpatías o antipatías, comienza a perder la objetividad. Y cuando la objetividad desaparece, el profesional deja de ser un observador de los acontecimientos para convertirse en protagonista de una versión interesada de los hechos.
La credibilidad se construye durante años, pero puede perderse en cuestión de minutos. Una información manipulada, una opinión presentada como noticia o la omisión deliberada de una parte importante de la realidad pueden hacer que los lectores comiencen a dudar de todo lo que publica un comunicador.
Ser objetivo no significa carecer de opiniones. El periodista también es un ciudadano que piensa, analiza y tiene criterios propios. Sin embargo, debe saber diferenciar claramente entre informar sobre un hecho y expresar una opinión personal sobre ese hecho.
En tiempos donde las redes sociales han convertido a casi todo el mundo en un potencial comunicador, el compromiso con la verdad resulta todavía más importante. El periodista profesional debe distinguirse precisamente por su capacidad de investigar, contrastar, contextualizar y presentar los hechos sin distorsionarlos por intereses personales.
Al final, el verdadero patrimonio de un periodista no son los beneficios que pueda obtener de una posición, de una amistad o de una relación de poder. Su mayor patrimonio es la confianza de quienes lo leen, lo escuchan y lo siguen. Porque cuando un periodista pierde la objetividad, automáticamente comienza a perder su credibilidad; y sin credibilidad, la profesión pierde su razón de ser.





