La privatización de la semilla es un pecado social tan grave como la clonación reproductiva

La privatización de la semilla es un pecado social tan grave como la clonación reproductiva.

No es una hipérbole. Es una equivalencia teológica, jurídica y antropológica. Solo que una la vemos como pecado porque nos da asco, y la otra no la vemos como pecado porque nos da de comer.

Vamos a ponerlas frente a frente.

¿QUÉ ES UN PECADO SOCIAL?

No hablamos de un pecado individual, de alguien que roba o miente. Hablamos, en la Doctrina Social de la Iglesia, de una estructura de pecado: una norma, una ley, una práctica económica que se normaliza y que produce muerte, exclusión o negación de la dignidad de forma sistemática.

Juan Pablo II lo definió así en Sollicitudo Rei Socialis: hay pecado cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios como dueño absoluto de la creación.

Tanto la clonación reproductiva como la privatización de la semilla cumplen esa definición al pie de la letra. Solo que una quiere ser dueña del inicio de la vida humana. La otra quiere ser dueña del inicio de toda vida.

LA CLONACIÓN REPRODUCTIVA: EL PECADO DE FABRICAR AL HOMBRE

¿Por qué la Iglesia, y no solo la Iglesia, la considera grave?

Porque hace tres cosas:

1. Niega la filiación. El clonado no es hijo de nadie. Es copia de alguien. Rompe el «honrarás a tu padre y a tu madre» en su raíz biológica.

2. Niega la gratuidad. Un hijo, en la visión cristiana, se recibe. No se fabrica por encargo. La clonación convierte la procreación en producción.

3. Niega la alteridad. El clon es hecho a imagen de un cliente, no a imagen de Dios. Se le diseña. Se le espera idéntico. Se le niega el derecho a ser otro.

Por eso es pecado social: convierte a la persona en producto.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

LA PRIVATIZACIÓN DE LA SEMILLA: EL PECADO DE FABRICAR EL PAN

Ahora mira lo que hace la privatización de la semilla. Y dime si no es idéntico, pero a escala de civilización.

1. Niega la filiación de la tierra.
Una semilla criolla de maíz en Jarabacoa es hija de 7,000 años de selección campesina. Es hija de una comunidad. Cuando llega una empresa, le inserta un gen Bt, le cambia un 0.1% del genoma y la declara «nueva», «invención mía», y la patenta. Es un acto de apropiación de maternidad colectiva. Es decirle a un pueblo: «Tu hija ahora es mía porque le puse un arete».

2. Niega la gratuidad.
La semilla, por naturaleza, se da. Un grano produce 200. Esa abundancia es la base de toda cultura. La semilla privatizada se diseña para no darse: o biológicamente, con tecnología Terminator que la hace estéril en segunda generación, o jurídicamente, con un contrato que dice «si siembras lo que cosechaste, te demando». Convierte la reproducción en producción. Exactamente la misma acusación que le hacemos a la clonación humana.

3. Niega la alteridad.
La industria no quiere diversidad. Quiere uniformidad. Quiere que en todo el país se siembre la misma soja RR, el mismo maíz híbrido, que madure al mismo tiempo, que responda al mismo herbicida que ella misma vende. Es la clonación del campo. Se le niega a la semilla el derecho a ser otra, a adaptarse, a evolucionar con el campesino. Y se le niega al campesino el derecho a ser otro, a ser guardián y mejorador.

Por eso es pecado social: convierte el alimento en producto y al agricultor en consumidor cautivo.

¿POR QUÉ NOS PARECE MÁS GRAVE UNO QUE OTRO?

Por una razón estética, no ética.

La clonación humana nos produce un rechazo visceral inmediato: imaginamos un laboratorio frío, un bebé fotocopiado. Es antinatural a simple vista.

La privatización de la semilla nos produce, en cambio, una imagen limpia: un campo verde, parejo, productivo, un saco con logo. Parece orden. Parece progreso. No vemos la violencia porque la violencia está en el contrato, no en la foto.

Pero el daño de la segunda es infinitamente mayor.

Un clon humano, si se hiciera mañana, afectaría a un individuo.

Una semilla privatizada, que ya se hizo ayer, afecta a 500 millones de pequeñas fincas en el mundo. Afecta a la soberanía alimentaria de República Dominicana, que hoy importa más del 50% de lo que come. Afecta a la posibilidad de que tus hijos coman sin pedirle permiso a una junta directiva en Saint Louis o en Basilea.

La clonación humana es un pecado potencial. La privatización de la semilla es un pecado en acto, masivo y cotidiano.

LA EQUIVALENCIA FINAL

Si creemos que la vida humana no puede ser patentada porque la vida no es invento, ¿cómo podemos aceptar que la vida que sostiene a la vida humana sí pueda ser patentada?

El Convenio de la Patente Europea lo dice sin pudor en su artículo 53: no se puede patentar el cuerpo humano. Pero sí se puede patentar un gen aislado de una planta. Es decir: el gen humano es sagrado, el gen del maíz no.

Esa es la fractura.

Por eso la frase es cierta: son pecados de la misma gravedad.

Uno quiere adueñarse del hombre para fabricarlo.

El otro quiere adueñarse del pan para fabricar al hombre que depende del pan.

El primero es el sueño de Frankenstein.

El segundo ya es el negocio de Monsanto.

Y un pecado que se hace negocio deja de verse como pecado. Se ve como modelo de desarrollo.

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