TEHERAN.- Irán se prepara para una represalia más amplia y contundente si Estados Unidos reanuda una ofensiva militar a gran escala contra su territorio. Aunque Teherán mantiene abierta una vía diplomática, funcionarios iraníes admiten que las posibilidades de que prospere son escasas.
La información fue revelada a Reuters por tres altos funcionarios iraníes y una fuente con acceso directo a las deliberaciones internas. Según esas fuentes, la cúpula militar iraní analiza el alcance, los objetivos y el momento de una eventual respuesta.
El cambio de doctrina es el elemento central. A diferencia de crisis anteriores, Teherán evalúa ampliar el abanico de blancos. No solo atacaría activos vinculados directamente con Washington, sino también a países que respalden logísticamente sus operaciones militares. Y contempla, incluso, objetivos situados fuera de Oriente Medio.
Las discusiones se intensificaron tras el regreso del presidente Masoud Pezeshkian de Nueva York la semana pasada, luego de la Asamblea General de Naciones Unidas. No hay todavía una decisión definitiva, pero sí un consenso en el liderazgo iraní: una nueva ofensiva estadounidense debe recibir una reacción más fuerte que las precedentes.
La lógica es de disuasión. Como explica Hamidreza Azizi, analista del International Crisis Group, Teherán desconoce si el presidente Donald Trump optará por una campaña militar sostenida o por ataques limitados contra instalaciones nucleares. En cualquier escenario, Irán considera que debe escalar para restablecer su capacidad de contención y evitar una cadena de golpes.
ALERTA EN EL EJE DE ALIADOS REGIONALES
Dos de los funcionarios consultados aseguraron que Irán ya instruyó a sus aliados en Líbano, Yemen e Irak para que estén listos ante un nuevo ataque a gran escala por parte de Estados Unidos.
La orden es prepararse para una respuesta coordinada que podría extenderse, según la descripción textual de las fuentes, desde el estrecho de Ormuz hasta los intereses estadounidenses en la región y fuera de Oriente Medio.
En términos operativos, eso implica poner en alerta a Hezbollah en Líbano, a los hutíes en Yemen y a las milicias chiíes en Irak. No se trataría necesariamente de ataques simultáneos, sino de una campaña de desgaste coordinada contra bases, buques, infraestructuras energéticas y socios de Washington.
La referencia al estrecho de Ormuz es deliberada. Por esa vía marítima transita cerca del 20% del petróleo que se consume en el mundo. Su cierre, aunque sea parcial o temporal, provocaría un choque inmediato en los precios del crudo y en las cadenas de suministro globales. Es la principal carta de presión de Teherán.
UNA SALIDA DIPLOMÁTICA CON POCAS OPCIONES
En paralelo a los preparativos militares, Irán mantiene abierta una ventana de negociación. Durante la Asamblea General de la ONU, presentó a Washington, a través de mediadores cataríes, una propuesta que permitiría reabrir el estrecho de Ormuz y detener las hostilidades en la región en un plazo de siete días.
Se trata de una fórmula de desescalada rápida. Sin embargo, los propios negociadores iraníes la ven con escepticismo. En Teherán prima la convicción de que Washington no busca un acuerdo limitado, sino una capitulación que neutralice por completo su programa nuclear y su influencia regional.
En ese contexto se inscribe la declaración del presidente ruso Vladimir Putin, quien calificó de sin duda un error el asesinato de un alto cargo iraní. Moscú, que ha estrechado su alianza militar con Teherán, busca presentarse como mediador, pero también envía una señal de que un ataque sin consecuencias no será tolerado.
EL RIESGO DE UNA ESCALADA GLOBAL
Lo que se perfila no es una amenaza de ataque inminente, sino el anuncio de una nueva doctrina de respuesta. Irán advierte que si es golpeado a gran escala, no responderá de forma proporcional, sino expansiva.
Incluirá en su objetivo a los países que presten territorio o bases para la ofensiva, a intereses estadounidenses fuera de Oriente Medio y a una activación regional de sus aliados. Es una forma de elevar el costo político, militar y económico de cualquier campaña.
La Casa Blanca mantiene una ambigüedad calculada. No ha definido públicamente si contempla golpes quirúrgicos contra instalaciones nucleares o una operación más amplia destinada a debilitar al régimen.
Mientras tanto, Qatar intenta sostener el único canal diplomático activo. Si ese canal se rompe en los próximos días, como temen en Teherán, el escenario no será el de una escaramuza limitada. Será el de una escalada con efectos directos sobre el mercado petrolero, la seguridad de las bases estadounidenses en el Golfo y la estabilidad de Líbano, Irak y Yemen.





