De las remesas al poder blando

Por Jhonny Trinidad

Durante treinta años contamos a la diáspora como se cuenta el dinero en la mesa. La miramos en una columna de Excel del Banco Central. 10,000 millones. 11,000 millones. Récord histórico. Y cada vez que rompía récord, respirábamos aliviados.

Sin darnos cuenta, la estábamos empequeñeciendo.

Porque la diáspora dominicana nunca fue solo una transferencia. Fue una transformación. Y el país está tardando demasiado en entender que pasamos de la era de las remesas a la era del poder blando. Y quien no entienda eso, perderá la oportunidad más grande de este siglo.

LA ECONOMÍA DEL SACRIFICIO

Las remesas fueron y son sagradas. No hay eufemismo que las sustituya. Son horas de frío en una factoría de Nueva Jersey, son dobles turnos limpiando oficinas en Madrid, son noches de insomnio conduciendo un taxi en El Bronx para que en Villa Juana, Los Mina o Villa Mella haya comida, techo y universidad.

Esa economía del sacrificio sostuvo la estabilidad social dominicana cuando el Estado no llegaba. Evitó estallidos. Pagó medicinas. Construyó casas. Es, sin discusión, la política social más efectiva que ha tenido la República Dominicana, solo que no la hizo el Gobierno. La hizo la gente que se fue.

Pero reducir a la diáspora a remesadora es condenarla a ser cajero automático. Es decirle: tú vales por lo que mandas, no por lo que sabes, por lo que eres y por lo que has aprendido.

Y mientras la seguíamos midiendo en dólares, ella, silenciosamente, empezó a acumular otra moneda, mucho más poderosa.

EL SALTO AL PODER BLANDO

El poder blando, como lo definió Joseph Nye, es la capacidad de influir no por la fuerza ni por el dinero, sino por la atracción, por la cultura, por el ejemplo.

La diáspora dominicana se convirtió, sin proponérselo y sin que nadie se lo financiara, en la mayor maquinaria de poder blando que ha tenido la República Dominicana en toda su historia.

¿Qué es una remesa comparada con esto?

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

Es Junot Díaz haciendo que un joven en Berlín quiera leer sobre Washington Heights. Es Cardi B diciendo “soy dominicana” en los Grammy y que millones de niñas busquen de dónde viene su padre. Es David Ortiz entrando a Cooperstown y que un niño en Tokio aprenda a pronunciar Santo Domingo.

Es el salón de belleza dominicano en Queens que impuso una técnica de blowout que hoy usan mujeres en todo el mundo. Es la bachata, que salió de los colmadones donde era despreciada como música de guardia, a ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, porque la diáspora la bailó en discotecas de Italia y la defendió en fiestas de Holanda hasta que la UNESCO no tuvo más remedio que escucharla.

Es el médico dominicano jefe de cardiología en un hospital de Boston. Es la profesora dominicana que dirige un departamento en la Universidad de Salamanca. Es el concejal dominicano en Providence que decide sobre el presupuesto de una ciudad estadounidense.

Eso no es una remesa. Eso es influencia. Eso es hacer que un país de 11 millones pese como uno de 50 millones. Eso es lograr que el mundo no pueda hablar de béisbol, de música latina, de cultura caribeña, de migración exitosa, sin tener que mencionar la palabra dominicano.

Ninguna campaña de Marca País, por costosa que sea, puede comprar eso.

LO QUE EL ESTADO AÚN NO VE

El problema es que el Estado dominicano sigue operando en modo remesas.

Creamos instituciones para que la diáspora “envíe” más fácil, para que “invierta” aquí, para que “no pague tanto por la maleta”. Todo útil, pero todo pensado desde la lógica del que recibe.

El Estado no ha creado la arquitectura para lo que la diáspora “trae” en conocimiento, en contactos, en prestigio, en capacidad de abrir puertas.

Un dominicano que ha dirigido una cadena de suministro en Nueva York por 20 años no quiere que le pongan una alfombra roja en diciembre. Quiere que cuando proponga un modelo logístico para el puerto de Caucedo, alguien lo escuche sin pedirle una carta de un partido.

Una doctora dominicana que investiga Alzheimer en Madrid no quiere un reconocimiento en un acto. Quiere un convenio entre su universidad y la UASD para formar doctorandos.

Mientras sigamos viendo a la diáspora como billetera, seguiremos perdiendo su cerebro. Y en la economía del siglo XXI, el cerebro vale infinitamente más que la billetera.

Por eso la discusión sobre el voto en el exterior y sobre la creación de un Ministerio de los Dominicanos en el Exterior no es un tema migratorio. Es un tema de inteligencia nacional.

Cada país que ha dado un salto al desarrollo lo hizo cuando entendió a su diáspora como extensión de su poder. Israel con su diáspora judía. India con su diáspora tecnológica en Silicon Valley. Irlanda, que era más pobre que nosotros en los 80 y hoy es una potencia, porque convirtió a sus irlandeses-americanos en su principal lobby de inversión.

Nosotros tenemos todo para hacer lo mismo, pero más: tenemos una diáspora joven, trabajadora, orgullosa y que, a pesar de todo, sigue mirando hacia República Dominicana con amor.

Pasamos de las remesas que sostienen hogares, al poder blando que sostiene la reputación de un país. El siguiente paso es el más difícil: convertir ese poder blando en poder de transformación nacional.

Dejar de preguntarle a la diáspora cuánto mandó este mes, y empezar a preguntarle qué aprendió y cómo lo construimos juntos en República Dominicana.

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