Qué hace especial a la diáspora dominicana?

Por JHONNY TRINIDAD

Hay diásporas que se van. Y hay diásporas que se multiplican. La dominicana pertenece a la segunda.

No somos la más numerosa de América Latina en Estados Unidos, pero somos, quizás, la más presente. Estamos en cada esquina donde hay una historia que contar. Y esa es nuestra primera rareza: una isla pequeña que exportó un país entero sin dejar de ser isla.

El dominicano no emigra con la idea de ruptura. Emigra con la idea de extensión. La casa de Los Mina sigue siendo su casa aunque viva hace 20 años en El Bronx. La cédula se guarda con el mismo celo que el pasaporte americano. El dominicano en Lawrence, en Madrid, en Paterson, no es un ex dominicano. Es un dominicano en otro código postal.

Esa doble lealtad no es conflicto, es superpoder. Mientras otras diásporas viven el desgarro de elegir, la nuestra inventó una fórmula: vivir aquí, pero pertenecer allá. Por eso el dominicano vota en dos países, envía remesas como si fueran impuestos de amor — más de 11,000 millones de dólares al año — y regresa cada diciembre no de visita, sino a pasar balance.

LA ECONOMÍA DEL MANDADO

Ninguna otra comunidad entendió tan temprano que emigrar era una empresa familiar. El bodeguero del Alto Manhattan no es un comerciante, es el Ministerio de Economía de su familia extendida.

El autor es periodista. Reside en Nueva York.

La diáspora dominicana creó un modelo económico propio: el del sacrificio circular. Un hermano se va, trabaja 12 horas, manda para que el otro estudie. Ese otro termina y cuida a la madre. La madre cría al hijo del que se fue. Y cuando el que se fue vuelve, encuentra la casa de dos pisos que nunca habitó, pero que construyó con cada dólar doblado.

No es remesa. Es arquitectura social. Hemos levantado más casas desde Queens que muchos gobiernos desde la capital.

LA CULTURA QUE NO PIDE PERMISO

La diáspora dominicana no se asimiló. Se impuso.

No tocamos la puerta de la cultura estadounidense para pedir que nos dejen entrar. Le cambiamos la música. La bachata pasó de ser música de amargue en cabarets de mala muerte a ganar Grammys en Nueva York. El dembow sale de un barrio de Santo Domingo y 24 horas después está en una discoteca de El Bronx y en un bar de Usera, en Madrid.

¿Y el béisbol? Somos el único país que entiende que Washington Heights no es un barrio, es una extensión de San Pedro de Macorís. Cada vez que un niño dominicano firma en Grandes Ligas, no firma solo él. Firma su barrio, su tío que lo llevó al play, su madre que vendió frío frío para comprarle el guante.

SOLIDARIDAD SIN PROTOCOLO

Hay algo que los sociólogos no logran medir: el dominicano llega y busca a otro dominicano.

No hay dominicano solo en una ciudad. Si hay dos, ya hay una asociación. Si hay tres, hay una liga de softball. Si hay diez, hay una parada dominicana. Somos expertos en convertir la nostalgia en institución.

En la pandemia, mientras otros cerraban, las cocinas dominicanas de Nueva Jersey repartían comida. En el terremoto de 2010 en Haití, la diáspora dominicana en Boston cruzó la calle para ayudar. Cuando un joven dominicano muere en un enfrentamiento en Madrid, el primero que aparece no es el consulado. Es la comunidad.

Esa red invisible es más fuerte que cualquier política pública. Es un Estado paralelo hecho de favores, de «yo te resuelvo», de «dime a ver».

EL ORGULLO SIN COMPLEJOS

Y aquí está lo que nos hace realmente especiales: el dominicano en el exterior no esconde de dónde viene. Lo grita.

En Estados Unidos hay comunidades que, por décadas, intentaron pasar desapercibidas. El dominicano hizo lo contrario. Pintó su bandera en la bodega, puso la bachata a todo volumen, habló español más alto, no más bajo. Convirtió el acento en marca.

El dominicano no quiere ser «latino» a secas. Quiere ser dominicano. Con su plátano, su pleito, su orgullo. Esa afirmación identitaria, en un mundo que empuja a la homogeneización, es un acto de resistencia cultural.

EL PRECIO Y LA PROMESA

Claro, no todo es épico. La diáspora también es la historia de la madre que no vio crecer a sus hijos, del título universitario que no vale en otro idioma, del joven que se pierde entre la banda y la escuela.

Pero si algo hace especial a la diáspora dominicana es que nunca ha entendido la migración como pérdida. La ha entendido como multiplicación.

Somos once millones en la isla y tres millones fuera. Pero no somos catorce millones. Somos once millones elevados a la potencia de la distancia.

Somos la prueba de que un país pequeño puede ser inmenso si sus hijos aprenden a llevarlo a cuestas.

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